Universo Perpendicular |
![]() El microcosmos de vega
(vega es la quinta estrella más brillante del firmamento. En el año 14.000 sustituirá a la estrella Polar como la estrella del norte debido a pequeñas variaciones orbitales en los equinoccios) |
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Se muestran los artículos pertenecientes al tema Yo veo.... Lol es una adolescente francesa, estudiante de un instituto parisino, ex novia de un idiota, amiga de un músico de padre antiguo e hija de una de esas madres herederas del espíritu del 68 que llevan mal comprobar cómo sus hijas, poco a poco, empiezan a ser capaces de vivir los postulados que ellas teorizaron en la universidad. Lol es una comedia francesa, deliciosa, que les recomiendo a todos esos que van al cine a pasar un buen rato y a todos esos que creen en la posibilidad de sacar algo en claro del buen rato. No sé por qué fui a verla, así sin más referencias que el cartel que inunda las estaciones de transportes públicos madrileños. Incluso la de Sol que pude estrenar el domingo y que estaba llena de curiosos haciendo fotos a los azulejos relucientes del vestíbulo y a los vestigios de muralla. No sé muy bien cómo conseguí convencerle de ir a verla en versión original, porque al salir me confesó que se esperaba un bodrio. Sé que me alegro. Que ayer fue un día fantástico y una noche fantástica. No sólo una tarde de cine tranquila. Que terminamos en esa maravilla de terraza con piscina y azotea desde la que había una vista increible de Madrid anocheciendo, con gente guapa y gente tratando de ser guapa, mientras nosotros, en nuestra mesa cama, nos limitábamos a sentarnos raro y bebernos mojitos comentando como a saltos sobre la peli, el futuro, el pasado, nuestras tonterías. Y se gestó una paz que llevan ofreciéndome demasiado tiempo. Una cosa que tenemos las chicas viscerales, guerreras, robinjudes idiotas como yo es que no somos capaces de la indiferencia. No sé ser indiferente, se habrán dado cuenta. Siempre reacciono a los estímulos. Siempre. Y tengo una dificultad innegable para tragarme la bilis. Me come mucha energía. Al final dice él, que me conoce y me soporta desde hace siglos, que mi sistema se ha demostrado buen sistema. No sé si es bueno pero sí que es el único del que soy capaz. Y que después de todo a lo mejor queda una esperanza y la gente, incluida yo, es capaz de cambiar y aprender algo conscientemente en este proceso. Dice también que por mucho que me joda tengo una visión bastante budista de la vida. Sólo que sin reencarnaciones. Todo está aquí, en estos años que nos dan la oportunidad de recomenzar a cada rato. LOL significa "Laughing out loud", que es básicamente lo que hicimos la tarde de ayer. Reirnos mucho y muy alto. Al llegar a casa a las 21.00, hora local del nómada, sonó el teléfono. Seguimos esperando un veredicto sobre nuestro futuro. Paradójicamente la espera es mejor que otros estados. J.J. Abrams está como una cabra. Y tiene una mente paranoica que ve conspiraciones posibles en cualquier situación. Eso le permite ser un guionista retorcido y brillante muchas veces. Otras se le va la mano. Dice Rub que el título es gramaticálmente incorrecto. Cinematográficamente a mi me parece correctísimo. Pero yo no soy objetiva ni lo pretendo. A mi me encanta Woody Allen desde los tiempos inmemoriales de insomnio y carcajadas con Annie Hall. Tierra. Si no les apasiona Miró, no vayan. Casi todo son obras "menores" si se me permite (si me permito a mi misma) considerar menor algo pintado por Miró. Decir que El Caballero Oscuro es un peliculón es lo mismo que no decir nada. Mi padre, ya lo he dicho muchas veces, quería dos niños y tuvo dos niñas. Pero dos niñas raras: de las que nunca jugaron con muñecas, de las aficionadas a cualquier deporte por poco deportivo que sea: el golf incluido. Nunca jugaría al golf (creo) pero disfruto como una enana viéndolo. Es divertido. P.S. La foto de arriba es de Reuters. Riccó bajando ayer, después de la exhibición de su subida. Goya no sabía dibujar caballos, ni piernas, ni niños. Le salían deformes. Goya no era un gran dibujante. Pero pintaba con alma. Y eso es lo que marca la diferencia entre los grandes y los que no lo son. Igual que Velazquez era capaz de reflejar la maldad, la idiocia, la personalidad más profunda de sus retratados. Igual que Velázquez tenía una infinita paleta de grises bellísimos y un don único para pintar la luz, Goya tenía una sensibilidad extrema que filtraba la realidad y la convertía en obras inquietantes. Siempre me encantó aquella serie. Me recuerdo de muy pequeña sentadita en el sofá viejo, con los pies apenas asomando por el asiento, atenta a la trama. Supongo que tal vez sacase de ahí aquel comentario tan mítico en la familia: "San José no sale en el dibujo porque creo que está en LAS ALEMANIAS". Tanto telón de acero y tanta guerra fría y tanta compleja misión en cascada donde todo estaba medido, pensado y repensado, hasta los errores. Donde nada nunca salía mal y uno sólo podía dedicarse a tratar de averiguar cómo pensaban liberar al preso, terminar con el dictador de una república bananera o cualquier otra compleja misión "si decidían aceptarla". Toda aquella parafernalia de sentarse en el sofá y lanzar sobre la mesa las fichas plastificadas de los agentes entre los que siempre estaba la bella Cinamon, que ejercía de bella y punto. "Recuerda que te conduciré yo, si alguien repara en ti dejo de llamarme mujer" y diálogos por el estilo de mujer fatal en un mundo machista. La estoy volviendo a ver. Ya la revisité brevemente en mis veranos irlandeses (la emitían por cable a las mil de la mañana). La estoy volviendo a ver y me estoy dando cuenta de lo que de pequeña no recuerdo apreciar: el tonteo entre Cinamon y el jefe de la fuerza especial. Esas miradas cruzadas, inocentes en este siglo XXI, pero que demuestran que todo estaba ya inventado en el 67, incluso la "tensión sexual no resuelta" aunque fuese poca tensión, poco sexual y nada resuelta. Por lo menos de momento. Es curioso lo casi nada que cambiamos: me encantaban los thriller de pequeña, engullía libros de Agatha Christie, me aprendía de memoria las aventuras de Sherlock Holmes, disfrutaba con los misterios de aquella colección infantil "Alfred Hitchcock y los tres investigadores", creo que fue gracias a aquellos libros que descubrí el impresionismo. Y así sucesivamente. Mi padre sigue admirándose de que ver o leer "cualquier mierda" me lleve a alguna parte interesante. Yo creo que hay muchas formas de ver telebasura, cinebasura o leer basura (como revistas femeninas, por ejemplo). Y así sigo: viendo con deleite toda la saga del Mito Bourne, disfrutando con cada peli de espías que el star system de hollywood me sirve como comida rápida. Saltando en el asiento como si siguiesen colgándome los pies del sofá ochentero de mis padres. Y el chasquido de una cerilla al encenderse, al más puro ejemplo de condicionamiento clásico, me trae siempre a la cabeza la dichosa cancioncilla: tan tan, tan tan tan tan, tan tan tan tan piruliiiiiii Tengo en descarga un montón de capítulos. Van lentos, pero no hay prisa. Los veo a sorbitos cortos esperando que llegue ese que recuerdo completo, enterito, que a mi mente de niña le resultó desazonador y le hizo tener pesadillas durante una semana. Quiero que llegue, para comprobar si, como imagino, era una tontería. O no... Supongo que ya se habrán dado cuenta en episodios anteriores de lo antipatiquísimo que puede llegar a resultarme "Farnando" Alonso. Pero este año que es tan complicado, quiero que gane. La vida es una cachonda. Y Alonso muy buen piloto aunque me caiga tan mal. Una cosa no tiene nada que ver con la otra. Esta es mala temporada para Renault, que aun no había conseguido adaptarse a los neumáticos bridgestone, que lleva mucho tiempo de retraso y este año sufre también las nuevas normas de la FIA y problemas aparentemente irresolubles con su "carga aerodinámica". Fuentes bien informadas (de dentro de Renault, vamos) me contaron que Fernando Alonso es el piloto que más ayuda a los ingenieros, que más capaz es de diagnosticar lo que le pasa al coche y cómo puede mejorar. Y eso justo necesita Renault para intentar recortar tiempos. Yo creo que vamos a mejorar, que la sed de victoria del asturiano nos permitirá subir, con mucha suerte (salidas de pista, safety cars y errores en boxes incluidos), un par de veces al podio. Firmo ya. Dos podios para Renault este año es muchísimo. Aunque mi optimismo me hace pensar que quizá puedan ser incluso más... Pero ya ha empezado el baile. No ha hecho más que ponerse el semáforo en verde esta temporada y ya se empieza a hablar de incumplimientos de contrato y de que Alonso el año que viene correrá dentro de una bala roja. Y también empiezan a decirle los del "cavallino rampante" que ni lo sueñe. Y él haciendo guiños absurdos como celebrar "poles" de Raikonen como si fuesen propias. Para mi eso demuestra mi teoría inicial de que la gente no cambia: después de comprobar que un ambiente laboral irrespirable nunca es buena idea, esta temporada parece ir por el mismo camino. Le ciegan las ganas de ganar. Es muy desagradecido con un equipo que confió en él cuando nadie confiaba, que le hizo campeón del mundo y le volvió a acoger cuando NADIE lo quería. Él, que tan amargamente se quejaba de la falta de confianza, es la primera rata en abandonar un barco que no reflota. Y es tan poco hábil como para que quede clarísimo que está buscando la manera más rápida de salir del barco... Una pena, pero no una sorpresa. Y pronostico que pronto tendrá también conflictos donde vaya. Tiene problemas para llevarse bien con la gente, para el compañerismo, para la mano izquierda. Aunque Renault, consciente de su mala imagen, le haya hecho ese lavado tan estupendo que me parece además un anuncio buenísimo "a todos nos cambia el humor cuando estrenamos coche". Casi parece humano, cercano... Los publicistas de Renault son incluso milagrosos. Y a mi me sigue pareciendo precioso el Megane, qué quieren que les diga. Precioso. Si pudiese me compraba uno nuevecito, con todas las pijadas. P.S. Tic tac tic tac. Me voy a ver a la Fierecilla en horas. Maleta a tope de modelitos y grandes planes. Prepárense que allá vamos. Como nos decía mi profe de salsa a Sonia y a mi "ustedes están sueltas y sin vacunar". Pues algo así. Ahora sólo me falta convencerla de que no hay mejor plan para un mediodía de domingo que ver la fórmula 1 en pijama, tiradas en el sofá, comentando durante los interminables anuncios, la jugada del día anterior... Resumiendo ganas de este finde y ganas de puente con cambio de planes incluído... He metido las sandalias en la maleta... por si el sol se deja hacer... De lo que no tengo demasiadas ganas, no me pregunten por qué, es de trabajar. Afortunadamente no hay excesiva presión este viernes. Andan todos de pre-acueducto. Y va Mario Muchnik y me cambia el rumbo de una mañana con esta frase: “las mejores imágenes son las que no tomé" Y a mi me dan ganas inmensas de niña caprichosa de ir a ver su exposición en la Casa de América. "Volverte a ver", se llama, un viaje de vuelta a Argentina para redescubrirla y fotografiar su infancia. O eso dice. Argentina, fotos y la lucidez de un hombre que aprieta el disparador por una necesidad sensual (supongo que en las dos primeras acepciones). Un hombre que habla del olor del sudor y las flores, y las mandarinas. Olores y recuerdos. A la niña caprichosa le dan ganas inmensas de oler Argentina a través de unas fotos y de intuir por lo que veo cuáles son las mejores. Las que se quedaron fuera del objetivo. Porque yo nunca he sabido hacer fotografías, y todas las buenas se me quedan sólo en las retinas. Alguien viene? Entrada libre Del 10 de abril al 25 de mayo de 2008. Horario: de lunes a sábado de 11:00 a 20:00 h / domingos y festivos de 11:00 a 15:00 h P.S. La foto es suya, claro, de la exposición. Todo empieza tan bien que es difícil mantener el nivel. Empieza con un juego de espejos entre la sala de conferencias y la sala del cine. Empieza con un guiño a los espectadores. Puro cine. Y un profesor dramatizando en medio de una conferencia. Y un alumno recién llegado tratando de llamar su atención. Todo empieza bien y todo avanza con bastante fidelidad al libro. Con una fidelidad sorprendente algunas veces. Ese no es el problema. Pero hay un problema (yo veo un problema). Supongo que es cierto, pero no soy capaz. Sé que sólo se basan en los libros, que no tratan ni de mejorarlos ni de reproducirlos. Pero no puedo evitarlo. Y hay algo sutil, como polvo sobre muebles, que convierte al personaje de Leonor Watling en mucho menos relevante en la peli que en el libro. Ella, Lorna, la enfermera, era la mujer vitalista, la hedonista, la terrenal, la que mantiene al estudiante pegado a la tierra, la que le da razones suficientes como para dejar el teorema de Gödel. Y eso no está en la peli, o yo no lo veo, a pesar de que sí pretendían que estuviese si tenemos en cuenta lo que la propia Watling decía sobre la película. Yo la prefiero en su faceta musical, supongo. De todas formas me gustó como película y me alegro del éxito de Alex de la Iglesia, uno de esos hombres con los que me encantaría irme a cenar. Pianista. Eso siempre me recuerda a aquel chiste: “no le digas a mi padre que soy periodista, él cree que soy pianista en un burdel”. No disparen al pianista. Dirigen Santi Alcanda y Ana Mazuecos. Presenta Ruth Jiménez, aquella mujer que tiraba de atractivo personal (no hablo sólo de belleza) en Ticket. Entrevista a Juanes que nunca fue y nunca será mi favorito. Hablan de política, legalización de drogas, educación... Pero poco, en general, por encima. Normal, por otra parte. Además toca en directo tres canciones del disco nuevo. Resulta que me gustan las tres. Debe ser que coinciden nuestros momentos... No puedo con Diana Navarro cuando canta, así que paso la grabación en mitad de la primera canción, hasta que llega Marlango. Leonor Watling imponente. Su música interesante. Ella borde como suele y especialmente acertada cuando “La Mala” con gesto de hastío responde una incongruencia. Reportajes con ritmo. Estilos variados. Colaboradores variados. A pesar de que sólo una invitada me apasiona musicalmente (la mala, no sé por qué, me gustaba mucho más antes), el programa se me hace corto. Pero la única relación que veo con “El séptimo” es que la música suena en directo. Y eso es precisamente lo mejor. Me gusta que exista, espero que dure. No tenía una idea previa así que ni me ha decepcionado ni me ha deslumbrado. En el próximo, Pereza... Veremos. P.S. Ya lo saben, pero la audiencia fue discretísima. Un share horrible (menos del 3%), pero como dice Lorenzo Milá: en una tele pública el share no debería ser lo más importante. Y como dice Rub... es casi medio millón de personas... Ah y la imagen está sacada de aquí donde además hay información sobre los pasos del proyecto... Si me dijesen que Clooney ha rodado una peli sobre la reproducción del berberecho en cautividad, siguiendo el manifiesto Dogma, pero me asegurasen que se le ve a él, pagaría la entrada. No nos engañemos. He ido incluso a ver Solaris. Esa en la que Soderbergh y él patinaron completamente en mi nunca modesta opinión.... Michael Clayton me parece una buena película. Y me lo parecería también aunque no saliese Clooney. Quizá entonces me limitaría a pensar que el protagonista no acaba de convencerme. Es la historia de un perdedor. Leí por ahí que Clooney no era creíble en el papel de perdedor. Yo me lo creo. Completamente. Es la historia de un perdedor y de cómo la ambición y el poder nos ciegan. Y de un hombre que entiende exactamente el papel que juega en la historia. Puede que tarde, pero lo entiende. Y nos muestra también cómo la suerte influye.O no cuenta nada de eso. Yo que sé. “In medias res”. Me gustan los saltos temporales en el cine, me gusta que el director, el guionista y los actores me dosifiquen la información en píldoras, me lleven de la mano, decidan qué me muestran y cómo. Jueguen conmigo avisándome de que juegan conmigo. Si me avisan me dejo hacer. Así que miro los primeros planos agresivos de Clooney, veo como le crecen y le decrecen las ojeras, voy recorriendo con él un camino tortuoso que hace con el empaque del acostumbrado al desastre. Y me pongo de su parte independientemente de la decisión que tome cada vez. Y sonrío cuando cabecea y lo dice todo ahorrándole trabajo a los guionistas. Son muy buenos actores todos los que participan en la película. Están todos impecables. Desde Sidney Pollack hasta la inquietante Tilda Swinton. Pero mi favorito es él, que pasea una camisa inmaculada de un lado para otro. Mi favorito es el perdedor, continuo probador de la ley de Murphy, experto en ponerse en el punto en el que nada podría ir peor para demostrar que todo es susceptible de empeorar.Mi favorito es el que encaja los golpes sobrio, como si no doliesen. Y sigue caminando. Pone un pie delante del otro, piensa, actúa, decide, trata de arreglarlo. Mi favorito es él, porque siempre lo intenta. Y porque consigue que mezcle al personaje, que lo confunda con el actor. El guionista de Bourne, Tony Gilroy, se pasa a la dirección, apoyado económicamente por Sidney Pollack y el duo Soderbergh/Clooney. Es una peli difícil. Una que obliga a estar atento mientras las piezas del puzzle están mezcladas, revueltas, del revés, y alejadas. Sin contacto. Pero poco a poco, entre todos, van colocándonos las piezas en su sitio, y como en un truco de magia nos hacen intuir lo que va a terminar pasando. Supongo que quizá me gusta tanto porque obliga a la complicidad con el espectador. Y ya saben que para mi la complicidad es siempre decisiva. Casi para cualquier cosa o situación. El final, con los títulos de crédito pasando en el lado derecho, es una secuencia larguísima de la cara de Clooney que, sin aspavientos, consigue hacernos creer que pasan por su cabeza muchas cosas. Casi todas las cosas y las sensaciones que una persona puede experimentar.Y no lo digo porque sea guapo. Lo guapo y estupendo que me parece se lo cuento mañana (aviso para que se abstengan de visitarme los no interesados en leer una carta de lectora de Super Pop. Que es lo que, no lo neguemos, terminará siendo el post de mañana...) El cuadro, como casi todos, me lo mostró él por primera vez. Y me dejó sin aliento y sin entender por qué me quedaba así. Luego llegarían las explicaciones teóricas de libros de Arte: el primer cuadro “moderno” (aunque esta etiqueta la recibieron varios por motivos diferentes) donde el paisaje, con tintes impresionistas, es protagonista y no un mero fondo, los detalles eróticos, incomprensibles, inquietantes, misteriosos, lo que los rayos mostraron debajo de la pintura definitiva. La perspectiva, el paisaje, las escalas. No sé nada de todo esto, me limité a leer con curiosidad, pero lo innegable de aquel cuadro era que impactaba. O que me impactó. Luego viajé a Venecia obsesionada por verlo en directo, por tenerlo delante de mis narices. Y mirarlo mucho tiempo. Demasiado tiempo, quizá. Me gustan las tempestades. Es evidente. Hacía mucho que no pensaba en este cuadro, pero leyendo “El olvido que seremos” de Héctor Abad Faciolince, en el que el autor cuenta los recuerdos que conserva de su padre asesinado, me he encontrado este fragmento: “era un cuadro que mostraba a una mujer desnuda, el pubis apenas semicubierto por unas ramas, que amamantaba a un niño, mientras un hombre joven la observa, con un bulto protuberante entre las piernas. Al fondo se ve un relámpago, y el trueno de aquel cuadro fue como el estallar de mi vida erótica. En ese tiempo el nombre de la pintura o del pintor no tenían importancia para mi, pero hoy sé que se trata de La Tempestad, de Giorgione, y que el cuadro fue pintado a principios del cinquecento. Las formas llenas y carnosas de esa mujer me parecían lo más perturbador y apetecible que había visto hasta ese momento” Y he sonreído porque mis ojos veían otra cosa, pero me pregunto ahora qué vieron los suyos, qué quería él que yo viese cuando me lo enseñó... Veo latir un corazón humano en un reportaje de National Geographic. Y el mío se acelera. Es raro, es feo, y es maravilloso, ver como se contrae y se expande ese trozo de carne ensangrentada, esa bomba que distribuye la sangre por las venas. “Si te transplanto el corazón seguirás siendo tú”. Dice Arthur W. Toga (profe de neurología de UCLA) en el documental, pero si algo hago en tu cerebro tu carácter, tu personalidad, tus reacciones cambiarían. Tú eres tu cerebro. Mientras tu corazón bombea incansable sangre hacia él. Hoy me he levantado con un dolor sordo en los huesos. Cansada. O lo que sea. A lo mejor son solo micro-agujetas. Puede que sea eso, o una mala postura. Me he levantado con dolor en la espalda y sé que cuando me duche con agua hirviendo se me pasará, y que la muñeca derecha cada vez me duele más, por culpa del teclado compacto del ordenador portátil. Y bostezo mientras el café se calienta, y bostezo mientras traigo el café de la cocina, lenta, con las manos rodeando la taza, y bostezo mientras me siento y me petrifico, y reacciono, bebiendo a sorbos cortos. Y recuerdo lo que me contó mi padre: sólo tenemos dos cuerdas vocales, y carraspear las irrita muchísimo pero bostezar las relaja. En las temporadas en las que fuerzo mucho la garganta bostezo más, debe ser una reacción instintiva de mi cuerpo que no va al foniatra. Igual que reacciona provocándome la risa absurda cuando estoy al borde del colapso. Cuando llevo mucho sin dormir y estoy realmente cansada, estresada y agobiada, cuando el cerebro empieza a encharcarse y las piernas dejan de responder, todo me da una risa tonta, como de gas hilarante, antinatural y ridícula. Involuntaria. Y de pronto las articulaciones duelen menos, el cansancio se diluye en endorfinas y puedo seguir funcionando otra temporada. Un día leí que la risa a carcajadas disminuye el agotamiento y entendí que tal vez mi risa sonase tonta, pero era sorprendentemente inteligente. Droga legal, barata, automática, eficaz y sin bajadas. Sin desequilibrios brutales, sin paranoias, sin el encasquille. Resulta que las endorfinas tienen una estructura similar a la de los opiáceos (razón por la que estos nos hacen efecto), pero claro, sin sus efectos negativos (el cuerpo deja de fabricar endorfinas si le damos un sustituto y cuando el efecto del sustituto desaparece viene la bajada, porque nos quedamos sin los naturales y sin los artificiales). Se segregan con la risa, el ejercicio físico, el sexo, el amor, el café, los masajes, y están también en la leche materna. Qué sencillo y qué barato. Mi amiga Estefanía fue al psicólogo con 9 años. Estaba deprimida o algo similar. El psicólogo la puso delante del espejo. Le dijo: “a ver, con esa cara de acelga, mírate y di ja y luego ja ja y luego ja ja ja, ya sé que te parece una idiotez, pero hazlo” Y al día siguiente vino emocionada al cole. Y nos pasamos el recreo frente al espejo de los baños del patio diciendo “ja” “ja ja” “ja ja ja” hasta que nos daba el ataque de risa. La carcajada no fingida, el bienestar. Lo recuerdo y algo cálido me recorre por dentro. Risoterapia. Chute de endorfinas. Una tontería. Puede. Pero a mi me funciona. Ya saben que yo soy una simple. Y todo esto por la presentación del nuevo reportaje de National Geographic . Se llama “La increíble máquina humana” y por lo visto moderniza uno de sus documentales clásicos estrenado en 1975. Y hoy mi increíble máquina humana lucha contra los bichitos mientras recuerda embobada las increíbles versiones de “días que se escapan” y “polvo en el aire” con las que Quique González volvió a deleitarnos. La crónica de ayer aquí. P.P.S La imágen es de la galería de la web. Gavatin le ganó la final del European Poker Tour de 2006 a su compatriota sueco Olander. Y yo vi la retransmisión de la partida en riguroso diferido más de un año tarde. Hold´em. Esa modalidad en la que sólo se reparten dos cartas a cada jugador y el resto se ponen descubiertas sobre el tapete, son comunes. Me gusta el Holdem. Y me encanta el empaque de Gavatin en esa final irlandesa, ese casiniño de ojillos inteligentes, urdiendo trampas al alocado Olander. Esperando durante toda la partida en la mesa, tranquilo, tirándolas, esperando cartas, viendo como los oponentes iban poco a poco desapareciendo mientras él, cauto, perdía poco y ganaba poco. Esperaba mareando las perdices, confiando al prepotente Olander. Dice Spade que qué mas dará como toqueteen las fichas, que él no se había fijado. Y pienso yo que hay que fijarse en los gestos que hacen los jugadores de poker. En todos los gestos por insignificantes que parezcan, en lo que hay detrás de los grandes gestos. El mejor es el más hierático, supongo, el que nunca, bajo ningún concepto, pase lo que pase, mueve ni un solo músculo. El que mira las cartas una sola vez y las posa en el tapete y no las vuelve a tocar. El que no juguetea con las fichas, no enarca cejas, no sonríe ni frunce el ceño. Pero eso es casi imposible, así que quizá haya otra opción para los que no pueden ser hieráticos: los extremos que se tocan. Exagerar las muecas hasta el extremo más insospechado de manera que ya no pueda saberse si es un teatro tonto o la realidad de un desquiciado. Gavatin no es ninguna de estas dos cosas. Quizá nunca llegue a ser el mejor y lo de Dublín fuese solo suerte. Pero empezó la mesa final y yo me puse automáticamente de parte del menudito sueco, del pausado, del tranquilo, del experto. El que no se deja cebar, ni arrastrar al desastre, y pasa cuando tiene que pasar. Y piensa, calcula probabilidades, opciones... para tomar una decisión. Me puse de su parte a pesar de que Olander era, con diferencia, el que más fichas llevaba, el gallito del corral, el rey del mambo. No me impresionan los reyes del mambo, a veces hasta me dan risa sus inseguridades disfrazadas. Lo de siempre: esa necesidad de gustar del inseguro, esas maneras fingidas, decir lo que los demás quieren oir, comportarse como los demás esperan de uno... y al final como Julia Roberts en novia a la fuga: sin saber cómo te gustan los huevos. Gavatin lo tenía claro. Sabía de sobra quién era y cuáles eran sus armas y le daba igual dar bien en pantalla, resultar carismático o sosaina, y acabó ganando. La partida y lo demás. Porque si esa noche de 2006 yo hubiese estado en Dublín viendo en directo aquella final, habría hecho todo lo posible, absolutamente todo lo posible, por salir de aquella sala con Gavatin, a pasear por la orilla derecha del Liffey, incluso aunque Olander hubiese ganado aquella última mano... Porque no era el aura del ganador. A mi eso me da igual. Era la inteligencia brillante, la capacidad increíble de leer la jugada, la personalidad que demostraba, la que lo convirtió en el más sexy de la mesa. Son paisajes que conozco. Con el sepia de los recuerdos que a veces se vuelve vivo e intenso. Son paisajes que conozco desde la infancia. Los decorados de “Las gafas de Mike” son también los decorados de mi vida: la emisora en la que Quique pone música tiene su sede puerta con puerta con la casa familiar. Las carreteras entre montañas, serpenteantes. Casi puedo oler la humedad. Me resulta raro ver a quique ahí, imaginarlo durmiendo en el parking de debajo del Ayuntamiento. Y me resulta raro oir esa genial “Arañazos de piel roja” que dejó marcas imborrables hace casi un año en La Riviera. Y verme ahí, de refilón, entre el público, pidiendo más. Aplaudiendo. Formar parte de “Las gafas de Mike” de esa forma tan tangencial. Saber que estaba allí. Que viví aquello, aquel concierto impresionante. Que con un poco de suerte me quedan muchos más. Es un making off de verdad, y reconozco los gestos de Quique, sus piernas retorcidas, la forma de apartarse el pelo de la cara, esa manera de rebuscar entre las palabras que tiene cuando habla, las pausas. “Dudar es malo” dice como un viejo lobo de mar, con su barba descuidada. Dudar es malo, justo antes de grabar “la vida te lleva por caminos raros”. Dudar es necesario. No sé si bueno o malo, pero necesario. Y creo que bueno. Dudar, la duda, obliga a pararse a pensar, a elegir un camino. Lo malo no es dudar. Lo malo es no atreverse a decidir. Quedarse en la encrucijada. Pero me gusta como dice “dudar es malo”, como un perro viejo. Siempre dije que Quique González tiene ojos de perro fiel. Y en las gafas de Mike su perrazo fiel también lo mira todo con ojos parecidos. El boxeo, Motril, perder aviones, bolos improvisados, las pruebas de sonido. La vida del músico. Del músico, no del artista. Del músico que es artista también, que tiene sus formas, sus tics, sus manías, sus maneras, sus fetiches. Como todos. De verdad. A veces Quique González posa, pero cuando posa pone cara de posar. Se le nota. Y a mi me gustan también sus poses y sus mohínes. Aunque me volvería loca vivir como él. Hay una alusión a “Acordes y desacuerdos”, y las dichosas casualidades que se enredan y aletean alrededor de todo lo bueno. Cuando las cosas empeoran siempre desaparecen las casualidades. Siempre. Porque desaparecen de verdad o porque dejamos de ser capaces de detectarlas... “Dos ladridos” se ha quedado fuera, y yo no entiendo por qué puede quedarse fuera algo que dice “una cruzada de miradas perdidas, una llamada de rutina al 112, blackjack en el casino de provincias (...) una jugada demasiado sencilla”. Me enamoro instantáneamente de esta canción que quizá nunca oiga fuera de esta peli... y que me revuelve y me agita por dentro, con la calma de llorar bajito y sin aspavientos. Los hombres no lloran, a veces cantan canciones a las orillas de los ríos de montaña. Cuántas canciones buenas habrá escrito Quique González. Cuantísimas canciones... Lucinda Williams suena de fondo mientras Quique conduce hacia su casa llena de nieve, y Cantabria parece una película del oeste. Y luego la operación de rodilla, la admisión y el tamborileo impaciente de los dedos, y él fingiendo ser un John Wayne con anestesia al que le quitan una bala. Dan ganas de abrazarle, y de reírse con él de su menisco y de sus ocurrencias. Y después las tomas del disco, las primeras maquetas, en marzo, en su casa, con las muletas, las segundas en Madrid, las terceras en Amasa (en el País Vasco). Carlos Raya aparece en la película, no es que la sobrevuele, es que aparece. Y me emociono. Carlos Raya me vuelve loca. Cuando él toca una guitarra el mundo desaparece por completo o se concentra en sus manos y yo pierdo el control de mi cuerpo. Así que me emociona verlo allí, aunque ya no toque “para mi” una vez al mes... Y lo que no me interesa: la trayectoria, las influencias. De eso no entiendo. No entiendo de nada, más bien. Solo miro y escucho y veo a Quique y la Aristocracia del Barrio trabajando duro, disfrutando con el trabajo duro. El talento y el trabajo juntos dan siempre buenos resultados. Siempre. Viviendo Rock and Roll, viviendo en una peli de vaqueros. El chico que tendría que estar de parte de los indios... El tipo duro que me toca tanto la fibra. La otra tarde nos fuimos Irene y yo al Reina Sofía. Así, sin más. Yo iba sobre todo para purgar mi elevado consumo de telebasura, y las tardes surrealistas de “Arabian Biuti Centerrr” que me hacen sentir culpabilísima (como habrán notado). Y porque una puede quedar muy bien en un momento dado (no sé muy bien qué momento). Y bueno, también porque me encanta el edificio del antiguo hospital y subir en los ascensores y ver la plaza desde arriba y el bisbiseo por las salas contándonos cosas como cuando éramos niñas chicas que charlaban en clase, y que nos regañe alguna cuidadora con maternal gesto. El hecho de que Miró me ponga una sonrisa inmensa en la boca de forma automática no tiene nada que ver. Que el Guernica me resulte extrañamente estremecedor desde la primera vez que lo vi en directo, a pesar de que en las reproducciones de los libros no me pareciese para tanto, tampoco. Subimos a la última planta en el ascensor y comenzamos el recorrido en un museo no demasiado lleno. Solo las acumulaciones de siempre frente al Guernica. Rápido: “este me gusta”, “pues yo no veo que tenga nada”, “me encanta”, “a mi tb”. “Pues eso, lo que te iba diciendo, que entonces llegó mi tía y me dijo... ¡¡¡anda mira, ese de ahí!!!”. La colección permanente no ha crecido demasiado desde la última vez que la vi. Y el Juan Gris que me vuelve loca ya no está entre los fondos expuestos o anda cedido a algún otro museo. A cambio descubro dos Kandinsky pequeñitos que no recordaba. Dos sin título. Y ese de tinta china y acuarela... Ese Miró sencillo y precioso, que me hace brillar los ojos y desear robarlo para colgarlo frente a mi cama (no, no en el baño, que no soy Roca). Mi pasión sorprende a un muchacho que mira al cuadro y me mira a mi intentando determinar si bromeo o lo digo en serio. Me llama la atención una Victoria de Samotracia pequeñita de Klein (Yves, el del azul, no Calvin el de la ropa), que parece forrada con terciopelo y luego está pintada de su color fetiche, sólo pintada. Algunos Tàpies son increíblemente bonitos. Y otros no me gustan nada. Disfruto. Y me acuerdo de él, y sus explicaciones, y sus paseos y su forma de espesar el aire en los museos. Y anoto un cuadro llamado “Sur” de José Guerrero. De un azul añil (no exactamente Klein) y del que no consigo encontrar una reproducción en Internet. Las exposiciones temporales me resultan decepcionantes: lo que yo considero el egocentrismo con síndrome de diógenes de Carlos Pazos es descrito por el comisario como “ricos microcosmos autorreferenciales”, “políticas de identidad silenciadas mediante máscaras narcisistas” y “poéticas objetuales ensamblando souvenirs despojados de su tiempo real”. En fin, a mi me suena a eufemismo. No me gusta. De la brevísima “Alteraciones” de Amy Cutler ni voy a hablar... no sabría muy bien que decir salvo quizá: “qué obsesión con el pelo”, demasiado onírico, surrealista y complejo para mi mente simple, supongo. La antología de Luis Gordillo, en la ampliación, es la mejor (en mi opinión, claro) de las tres temporales. Tiene como nombre “Iceberg Tropical” y algunas de las obras sencillamente me encantan. Pero el montaje me recuerda a veces la colección de verano del H&M. Demasiado papel colorido en las paredes que en mi opinión de “no experta” le quita presencia a las obras de colores acuosos (tropicales) de Gordillo. Aunque en la opinión del pintor el montaje escenifica la tensión narrativa que ha caracterizado su trayectoria. Yo no he percibido eso, lo siento. De hecho más bien al revés, como si obviando el papel de las paredes todo fluyese de un modo extraño... Pero a mi no me hagan caso... Me gustó volver, tanto tiempo después, y ver el museo más lleno. Y descubrir esa escultura de Oteiza tan estupenda. Y darme cuenta de mi gran laguna sobre escultura contemporánea, que supongo intentaré empequeñecer en algún momento. Y bisbisear con Irene alrededor del patio donde hace muchos años jugaron niños enfermos. Alguien me recriminó hace unos meses que hubiese dejado de lado la mordacidad en la “crítica televisiva”. Ya saben que, desde mi simpleza, veo “telebasura” y lo digo abiertamente. Y me divierto muchísimo... incluso en los programas aburridos. Porque algunos programas de telebasura serían insufribles si no fuese por la amena tertulia que se organiza en mi salón (a veces en “conersión” via messenger con otros salones) y que nos hace olvidarnos de lo que estamos viendo. Total, que este año otra vez conviven: “Supermodelo” y “Gran Hermano” en la parrilla. Competencia entre la “telerealidad de mentira-seria” y la “telerealidad de mentira-experimento sociológico”. O dicho de otra manera “aquí formamos modelos” “aquí formamos jaleo”. Y yo he decidido hacer algo “innovador” e igual de chorra que estos programas: voy a proceder a contarles lo que opinaba yo el año pasado de estos dos programas. La anti- actualidad. Noticias frescas del año pasado. Ya, si eso, el año que viene les comento lo que opino de lo de este año... si total... Hace un año más o menos: Estas impresiones son de las pausas para publicidad y los últimos momentos de “la gala”... Probablemente no haya acertado en ninguno de mis estereotipos, pero... para esto son estos programas no?? Para juzgar, etiquetar, criticar sin sentir ningún remordimiento... Sobre Supermodelo De entrada son todo chicas, muy jóvenes. El otro día vi estupefacta como se insultaban entre ellas llamándose gordas (creo que el término elegido fue “anchita”) bizcas, con orejas de soplillo, con poca materia prima...como vemos todo muy profundo. Por lo visto hay que aprender que el mundo de la pasarela es muy complejo. Que la gente te critica todo el tiempo. Y también hay que aprender a desfilar con los ojos vendados, y a posar con una tarántula en el escote y un escorpión en el ombligo... No lo veo, la verdad. Y menos cuando Antonia Dellate (no creo que su apellido se escriba así) boicotea a Judit Mascó y su seriedad, ese aire de estar eligiendo la futura presidenta de algo importante (el universo???). La italiana dice cosas como: “yo, si tengo que hacer esto, pierdo el trabajo”. Yo creía que esa mujer estaba loca, ahora pienso que a lo mejor no, que a veces es lúcida...con una lucidez extraña. Luego es que tampoco es entretenido, todo el rato llorando porque están gordas, llorando porque son altas, porque no son suficientemente altas, llorando porque les quedan grandes los zapatos, porque les aprieta el sombrero, llorando porque están bloqueadas, porque les han cortado el pelo... Y alguien abroncándoles despiadadamente. Por su bien, claro. Parece ser que para mejorar la autoestima de alguien es fundamental destruirla primero. Minarla poco a poco, poner a niñas de 17 años en el disparadero. Creo que la seguridad en uno mismo proviene de haber comprobado empíricamente que uno es capaz. Capaz de lo que sea: de hacer gazpacho, de tejer un jersey, de acabar teleco, de entender una película en otro idioma, de conseguir que alguien de tu casa al metro se vuelva para mirarte... de lo que sea. Y lo que nos hace sentir inseguros es lo que no hemos hecho nunca, lo que nos salió mal otras veces, lo que nos sale mal siempre, lo que no podemos controlar. Así que no entiendo cómo llorando y sintiendo que lo hacen mal y son feas y gordas (que manda narices...) van a mejorar ni un ápice ninguna autoestima como no sea la de los espectadores que observan estupefactos que cuanto más miran a esas chicas menos guapas, menos sexy, menos interesantes les parecen. Quizá porque la opinión que uno tiene de uno mismo es parte de lo que los demás ven. Y eso es algo involuntario pero inevitable. Cuando vuelve House?? Eso opiné. Les aseguro que no he cambiado ni una coma. Este post es un experimento sociológico. O algo. (Con el “horario de invierno” ya no llego nada más que al último cuarto de hora de estos dos programas así que supongo que este año podré hacerme la estupenda y decir “ni idea, no lo he visto”. Al final sigo prefiriendo bailar y tomar cafeces, qué cosillas!) Dice Szymborska en su poema “Agradecimiento” Mucho debo Bueno, pues conmigo eso no funciona: es lo que tiene ser una niña caprichosa, que una lo quiere todo, lo quiere ya. Lo espera ansiosa. Y a la vez sabe que hay cosas, algunas veces (casi todas las veces), que no son automáticas. Y entonces de algún modo extraño encuentra la paciencia o el autocontrol o lo que sea y espera aparentemente tranquila, pero con las permanentes ganas compulsivas. Como cuando hacíamos bizcocho mármol de naranja y chocolate en el campamento y jugábamos a juegos tontos mientras se cocía para no quedarnos mirando el horno los 25 minutos. P.S. Los que me ven a menudo o de vez en cuando, lo de siempre... el que los quiera que silbe y se los tuesto en un CD, sin anuncios, claro pero “in english”, eso sí (por practicar, ya saben) Ah y el título es la transcripción fonética, pero en free version porque el título no admite ciertos caracteres: el modo correcto sería (hîr Yo creo que fue su risa. Sí. Creo que fue la risa de Manuela Vellés lo que hizo que Medem la eligiese. Tuvo que ser su risa por encima de su cara preciosa, camaleónica, serena, joven y vieja de siglos a la vez. Su risa por encima de su cuerpo precioso. Su cuerpo de mujer, o de venus prehistórica postmoderna: con caderas, cintura, culo con forma de corazón y unos pechos perfectos: abundantes pero no excesivos. Naturales. Su risa y no su talento innato para la interpretación, ese empaque en las pausas. Esas miradas reveladoras... Pero definitivamente tuvo que ser esa risa clara con la claridad refrescante y deliciosa del agua de los manantiales que provienen del deshielo. Porque sin esa risa, Ana sería peor. Y no sería esa mujer optimista pero no ingenua que quiere salvarlo a él de sí mismo, de su agujero de luz, de sus sueños intranquilos. Que está dispuesta a hacer lo que haya que hacer para ser feliz, para hacer felices a los que quiere. Alguien calificó esta película de cuento de hadas. Ni es un cuento, ni salen hadas. Es una fábula que asusta un poco. Una fábula que dice que los hombres destruyen lo que las mujeres construyen. Así, a lo bruto. En general. Que los hombres con su miedo y su violencia y sus instintos conquistadores y posesivos estropean y empeoran el mundo, declarando guerras. Ana no es un personaje. Es un arquetipo. Ana es en ella misma todas las mujeres fuertes y poderosas que trataron de enfrentarse a la violencia con amor, a la agresividad con calma. A la fuerza bruta con otra fuerza. Es una exageración. Pero tiene algo de cierto. Titulares en los periódicos de mujeres-botines de guerra a las que se viola hasta la muerte, de esposas asesinadas a navajazos, a cuchilladas, a mordiscos, a patadas. Por amor, claro. De abortos provocados por palizas. Es una exageración: ellos todos violadores, nosotras todas putas. Pero ellos siguen igual de violadores y nosotras somos cada vez menos putas. Eso dice Medem. Eso dice un hombre. Aunque lo ponga en la boca de Bebe (o de Linda), que está maravillosa y parece llevar actuando toda la vida. Talento. Caótica Ana habla de vidas pasadas, de reencarnaciones, de dónde va el alma cuando abandona el cuerpo, de sentir que quieres a alguien desde antes de conocerlo, que lo querías y lo perdiste antes. De sentir que en vez de conocer a alguien lo recuperas. Caótica Ana es un homenaje a la hermana muerta del director. Es una fábula sobrecogedora, una historia de amor, o varias. Una historia de amistad entre mujeres. De amistad sincera y leal, de esa que según ellos no tenemos. Caótica Ana es un pasillo lleno de puertas por abrir, por atravesar. Son dos horas de cine. Al final puede que sea solo eso. Dos horas de “Universo Medem”. Pero todas las chicas lloramos mientras cantaba Antonio Vega, y cuando acabó se hizo en la sala un silencio pesado, espeso, palpable, incómodo para algunos. Roto por una tos. Una tos de un hombre. Y al salir ellos no decían nada. Nada. Aparte de las bromas ligeras de cuando uno no sabe muy bien cómo rellenar silencios sin toser. Y nosotras decíamos algunas cosas. Y caminábamos de otra manera. Todos un poco asustados, pero creo que por motivos diferentes... Vayan a verla. No les he contado nada de la trama. No destripo la peli, creo. Vayan a verla. Uma Thurman entra en la habitación vistiendo un chaqué masculino y moviendo las caderas exageradamente de lado a lado de la sala. Y se para el mundo: el de los espectadores y el de Sean Penn. Siempre me pareció sexy ese contraste que se produce cuando las mujeres usan ropa masculina con la convicción suficiente. Antes de que llegase Chenoa y convirtiese las corbatas para mujeres en algo habitual y empezasen a venderlas en Pimkie, yo tuve una. Una preciosa. Sonia sigue usándolas como cinturón y me parece una idea taaan sugerente que me niego a copiarla: es suya y nadie podría lucirlas como ella. Yo he decidido que siempre puede una hacer un nudo windsord a un pañuelo y dejar que asome por debajo de una camisa (blanca, claro). Hace años que me quité el sombrero ante Saint Laurent y sus smoking para mujer. Aunque siempre me pusieron de los nervios sus vestidos rosa fucsia o verde césped, nunca pude evitar mirar fijamente a esas mujeres vestidas con ropa masculina que sin embargo no parecían disfrazadas... Uma Thurman no me resulta guapa, pero algo tiene y Woody Allen se dio cuenta cuando la eligió para sus “Acordes y Desacuerdos” una peli de 1999, cuando Saint Laurent aun no se había retirado de la alta costura, y yo andaba disfrutando de lo inesperado de la felicidad inmensa que solo empezaba. Un guitarrista de jazz (Emmet Ray) inventado por Allen, un genio loco egoísta e insoportable, que tiene como afición disparar a las ratas del vertedero y mirar pasar los trenes. Bebe más de la cuenta, tiene una fijación con Django Reinhardt, el guitarrista francés, y va pasando de una mujer a otra antes de que se le enganchen y termine “llorando en el fondo de una copa”. Hasta que llega Hattie, una muda de ojos dulces interpretada por Samantha Morton, aparentemente tonta e inofensiva, que no le quita tiempo para hablar, le escucha embobada, le conoce, le quiere y le cuida. Pero eso tampoco dura demasiado y pronto el músico se cansa o se asusta. Entonces entra en escena Uma Thurman, Blanche, con su chaqué y sus maneras, y un par de secuencias después con un vestido de seda azul, absolutamente femenino y unas medias negras con blonda solo un poco después. Una escritora que titula su relato “Acordes y desacuerdos” y se viste de blanco y negro para un atraco y conoce demasiado bien al artista insoportable. No sé si es buena o mala. Ya saben que Woody Allen es otro de esos que no me deja ser objetiva. Suena jazz todo el tiempo, de la época de los felices 20 y la gran depresión. Collares de perlas. Uma luce 4 modelos que me gustaría ponerme alguna vez, Woody Allen narra con sus gafas de pasta y sus gestos de despiste, a la manera de los documentales sobre biografías. Sean Penn está como suele. Hay momentos en que me entra la risa y otros en los que todo es tan absurdo que ni siquiera puedo reírme: sólo mirar la pantalla estupefacta. Y, claro, también hay momentos de asentir y decir “qué gran verdad” a medias sorprendida a medias acostumbrada a esa manera que tiene Woody Allen de entreverar, trenzar y dar unidad a cosas que aparentemente son imposibles de conjugar. P.S. Si no han oído tocar a Reinhardt, no saben lo que se pierden... Tenía suficiente con dos dedos de su mano izquierda...Pinchen aquí si tienen ganas de verle tocar con su maravilloso quinteto! P.P.S. Irenita: si me estás leyendo en algún momento, mándame un correo a la dirección que aparece justo encima de mi monito, tengo que decirte algo que a lo mejor te interesa... Besos para todos. Entre los socios de Danny Ocean no hay mujeres. Y yo quiero ser de la banda. Quiero ser una de esas de camisa y guante blanco. Quiero robar con ellos, vengarme con ellos. Ser de los suyos. Ser parte del engranaje. Dicen que la peli es mala. Seguramente. Yo no lo sé. Yo solo sé que a mi me gustó. Que ADORO a Steven Soderbergh y su forma de construir las historias, y los saltos en el tiempo y el espacio (no. Solaris no me gusta :P) y los primerísimos planos agresivos y la pantalla dividida en trozos que a veces no significan nada y otras todo y esa atmósfera espesa donde casi puedes olerlo todo... Solo sé que me vuelve loca Clooney, George Clooney. Que las camisas blancas de cuellos duros me hacen perder el control de muchas cosas y las historias de ladrones inteligentes y con clase me gustan desde la infancia. Ya saben que mi peli favorita es “El Golpe”... qué le voy a hacer. Y que disfruto como una enana viendo una y otra vez “Atrapa a un ladrón” (dicen los expertos que es una peli “menor” de Hitchcock). Yo es que de cine tampoco entiendo... Oceans 13 me ha gustado: será una americanada, será muy obvio, estará muy visto todo. Pero me encantan las suites orientales del casino. Ocean y sus secuaces. Todos sus secuaces. Los teje-manejes, el juego de muñecas rusas. El “quien roba a un ladrón tiene 100 años de perdón” . Eso que dice Pérez Reverte del código ético del hampa. Incluso entre los delincuentes siempre hubo clases. Y Danny Ocean tiene clase para regalar: con sus trajes bien cortados, ese andar extraño y la eterna cara de guasa. Que no se estire, que no se retoque las arrugas, por favor. Me gusta así: como salía en esta: con la frente sembradita, ojeras oscuras, patas de gallo. Me gusta como lo saca Soderbergh: tan de cerca que podemos leerle los ojos tramposos. Los críticos no le ponen casi estrellas a esta peli. Yo le voy a dar los 5 diamantes. Porque me da la gana. Porque he disfrutado otra vez viéndoles poner las trampas y el queso, pero sobre todo viendo a Danny Ocean decirle al ratoncito: te has quedado sin queso: por avaricioso. Le voy a dar 5 diamantes porque Al Pacino no parece Al Pacino y no parece tampoco Al Pacino intentando no parecer Al Pacino para llevarse premios. Porque Ellen Barkin está estupenda. Porque hay caras que pone Brad Pitt que algunos actores no serán capaces de poner nunca, por mucho Stanislavsky que apliquen. Porque Matt Damon crece y encoge y hace meta-interpretación y lo borda. Porque todos lo hacen bien, muy bien. Y nadie dice nada. Porque se les nota que son amigos y la química traspasa la pantalla. Estas pelis son intrascendentes y para ganar dinero. Pero yo pago la entrada y salgo del cine sonriendo y con la cabeza todavía dentro de su mundo de mentira. El cine es fantasía... Así que: 5 diamantes. Y que se forren el riñón, porque yo quiero ser el socio nº 14 de Ocean. Ya me estoy viendo: experta en planes de huida. Esa quiero ser yo: la que les saque de la ratonera justo un segundo antes de que salte la trampa: para que dentro solo quede el ratoncito intentando alcanzar el queso, que no es queso... solo parece queso. P.S. Arriba uno de los fotogramas finales No quiero tener hijos. Así de entrada no quiero ser madre. Sólo una vez me planteé tenerlos pero no por instinto maternal, sino porque él quería 3 hijos futbolistas y yo le quería mucho a él. Dicen que no es una razón suficiente. A mi me parece la mejor. No es que no me gusten los niños. Me encantan, me caen bien, me llevo bien con ellos, me gusta como huelen los bebés, y sobre todo me encantan sus manitas y sus piececitos, como miniaturas de los de los adultos... Así que el otro día, cuando vi a House acariciando esa manita minúscula y ensangrentada sonreí así, con esa sonrisa dulce. Me encanta esta serie. Hay al menos 3 post sobre House que escribí y no publiqué nunca por variados motivos, quizá este sea el cuarto. No lo sé. Me encanta esta serie aunque todo el mundo diga que va de mal en peor. A mi no me lo parece. En este capítulo House no ganaba, no tenía razón y se cogía vacaciones. Pero antes salvaba la vida de dos personas, contra su voluntad. Y luego se quedaba en casa a ver la tele, recordando el tacto de la mano minúscula de un bebé de 21 semanas de gestación al que el llamaba feto hasta que tuvo un mínimo contacto con su piel. Hugh Laurie no necesita decir nada: tiene dos ojos azules que hablan por sí mismo. Esta serie no podría existir sin él: porque es capaz de conseguir que no odiemos a un ser odioso, que tengamos lástima a alguien que se empeña en no dar lástima y que nos hagan gracia bromas que no tienen ninguna gracia. Y hace que sonriamos así, y frunzamos el ceño así, y nos mordamos el labio así. Nos convierte en previsibles. Siempre tengo la sensación de que juega conmigo y con todos los espectadores: a provocar nuestras emociones. Todas. Y quiero que siga haciéndolo cada semana. Quiero seguir viendo el capítulo en diferido, hecha un ovillo en el sofá, con la cabeza en el cojín y los pies descalzos, mientras intento infructuosa que me entre el sueño, poderle dar al pause y dejar el jueguecito para mañana. Pero siempre acabo. Y a las 2:13 me meto en la cama con mi libro, pero con una imagen del capítulo fija en la cabeza. A Juanjo Oliva dan ganas de llevárselo a casa. Es un diseñador y estilista español. Yo no tengo muy claro qué es un estilista. Pero sí sé que confiaría en Juanjo Oliva y sus maneras dulces y sus ojos perrunos, y sus gestos suaves. Es el prota de “Desnudas”, un programa que Cuatro ha emitido ya 3 viernes, pero del que solo he visto una edición. El “anti cambio radical”. Nadie es operado ni pasa por el quirófano. Ni falta que hace. Por lo visto hay mujeres que no se sienten nada contentas con su cuerpo porque no se parece al de Kate Moss. La chica del otro día era una mujer negra bastante impresionante. Curvilínea y fibrosa. Con una piel oscura, suave y brillante. Unos ojos enormes y preciosos y unos labios para anunciar cosméticos. Un huequito también entre los dos paletos. Eso la hacía más guapa. Contra lo que pueda pensar el odontólogo del otro programa... El caso es que ella se veía unas piernas feas. Y se tapaba con la ropa. Y llegó Juanjo Oliva con sus abrazos que parecen sinceros, sus manos de dedos juntos... y la convenció de la evidencia. Ayudado por hombres guapos y heterosexuales que veían fotos gigantescas de la mujer en el centro de Madrid y le daban 8 sobre 10 y decían que era preciosa. Ante su incredulidad. La pregunta es: daban 8 de 10 porque ella les encantaba?? Porque ver una foto en gran formato colgada de una fachada aumenta la puntuación?? Porque estaba la tele?? Por una mezcla de todas?? El otro día (quizá haga meses, pero a mi me suena al otro día) decía Pérez Reverte que los diseñadores odian a las mujeres y se están vengando. Nos odian supuestamente porque son gays. Juanjo Oliva es diseñador. Y no parece odiarnos independientemente de con quién se acueste. Parece entender que una cosa son las pasarelas y otra muy diferente la calle. Las mujeres de verdad tienen curvas, decía esa película. O no. O son palos, rectas como tablas, lisas. Y no hace falta operarse de nada. Ni ser Kate Moss, ni la Belucci ni nadie para que se vuelvan a apreciarnos por las aceras. Y más en primavera... P.S. Vale, lo he buscado. He decidido invertir algo de mi tiempo de este lunes festivo y buscarlo. Me refiero al artículo de Pérez Reverte. Por cierto es de 22 de abril, así que sí, fue el otro día. Acabo de comerme dos naranjas deliciosas. Dos. Una detrás de otra. Seguidas. Las he partido en cuartos y me he puesto perdida, chorreando de zumo oloroso. Como siempre que las naranjas están buenas. No hay manera de evitarlo, por lo menos yo no la he encontrado. Estaban deliciosas. Las dos. Por eso me he arriesgado con la segunda. A pesar de intuir que estaría peor que la primera, como manda Murphy. Pero no. Hoy era mi día de suerte. Al terminar he ido corriendo a lavarme las manos (gen paterno funcionando). Y me he acordado de “Son de mar” (la peli esta vez). Y el aire que le dieron Bigas Luna y Leonor Watling a la forma en la que ella se come una naranja en esa secuencia. Que es desde luego lo contrario de lo que acabo de hacer yo, que parecía más bien una niña pequeña que una mujer fatal (se me da fatal hacer de mujer fatal). Y entonces me ha venido a la cabeza una cosa que dijo el director sobre la Watling en una de las múltiples entrevistas de presentación de aquella peli y que me encantó. Dijo: “ella lo va incendiando todo por donde pasa”. Dudo que él se acuerde, pero yo anoté la frase y acabo de recordarlo. Igual que me vino a la cabeza al escuchar cierta canción por primera vez. Acabo de recordarlo. Y de comerme dos naranjas deliciosas... P.S. La peli no estaba mal, naranjas aparte. Además Eduard Fernández demostraba otra vez que es un actorazo. De todas formas me gustó más la novela, que quieren que les diga. Ah! Y hoy hace un día santanderino en Madrid. Un día precioso. Cuando he salido de casa esta mañana temprano he sentido la necesidad de ir paseando desde Pereda al Chiqui y tomarme un cortado mirando a la Bahía, oliendo a bahía. Juraría que soplaba norte hoy. Pero aquí no hay paseo de Pereda, no hay Sardinero no hay Bahía. Cortados sí, pero sin vistas. Así que me he tomado un cortado sin vistas, que era lo que estaba en mi mano. Y he vuelto a casa sonriente y cadenciosa. Empapándome voluntariamente. Esto también es primavera! El año pasado en Marienbad dices q te encontré Es como si no hubiera nadie que sepa más de mi que tu En los pasillos de este hotel me has querido engañar... No se si fue el sueño realidad esa historia q cuentas tan bien Si en Marienbad quizá o tal vez Tu me besaste y yo te besé Da lo mismo si te creo o sólo te quiero creer. El año q viene en Marienbad se hablará aun de este affaire Dirán “fue un caso digno de ver Una historia de cine con final francés” El laberinto de este hotel, el mundo gira al revés el tiempo corre marcha atrás (Fragmento de la letra de “El año pasado” canción de Marienbad. La he sacado de oído y ya hay experiencias previas que demuestran que en eso me parezco a un gato de escayola) Llevo dos días cantando esta canción en la cabeza. Lleva dos días sonando repetida en mi MP3. Ayer fui a comprar los últimos regalos. Sola. Los regalos es mejor comprarlos sola. Caminaba por una ciudad que nunca me ha gustado en exceso. Pero ayer estaba preciosa. Esculturas callejeras: meninas que parecen muñecas rusas de bronce. Cabezas anidadas por pensamientos. Puestos de artesanía. La fuente reloj marcando la hora exacta (supongo. Demasiado complejo de comprobar). La nueva acera de Recoletos ya no parece una pista de aterrizaje. La Plaza Mayor en Navidad es más un parque temático que otra cosa. No queda ni rastro del patio de los mejores veranos. Los de miradas cómplices y excesos y duchas con gel de verbena y felicidad infinita. Ya no siento pena, sólo nostalgia de la de esbozar una sonrisa pequeñita. Un moño improvisado, nada de maquillaje, los ojos aun un poco hinchados. Cara de recién levantada. Irradio, la gente me mira mientras canto y marco con la cabeza los golpes de la música. Nadie pone cara de pensar que estoy loca, o mejor dicho de que mi locura cantarina les moleste. Más bien parece gustar. Camino muy rápido con unas botas que aun no se han hecho a mis pies (o viceversa). Pienso en la película de Resnais, en los finales franceses, en los 400 golpes de Truffaut, en Hiroshima, mon amour, en el libro de Durás leído en una línea circular de metro, una casi-noche de verano y en como la “nouvelle vague” me gusta a pesar de la falta de linealidad, de coherencia aparente en el mensaje, en las imágenes, a pesar de que el racor sea muchas veces inexistente. Pero la risa, la desazón, algunas inquietudes... Las imágenes grabadas en la retina y en otros sitios más persistentes... Pienso en lo onírico, en lo oníricos que estamos todos últimamente. Soñar tanto, recordar tantos sueños, despertar deseando seguir soñando tiene que querer decir algo. No creo en interpretaciones freudianas aunque me divierte comprobarlas. Nunca he anotado mis sueños. Siempre pensé que son simples descansos cerebrales que a veces son bonitos y otros feos. Pero y si todo fuese un sueño?? Me acaban de venir a la cabeza los pelos del perro en “El mundo de Sofía”. Creo que voy a releerlo en algún punto de 2007. Con calma. No sé que me pasa.... Ya es 31 de diciembre de 2006. El último día del año. Son casi las 4 de la mañana (más bien de la noche). Acabo de llegar a casa. Vengo de ver Babel, impresionada. El día que ETA volvió a matar. Un alegato contra las armas. Contra el racismo, la incomunicación, las fronteras. Contra los nacionalismos también. Iba predispuesta a favor. Eso sólo perjudica. Cuando esperas algo bueno aumenta el riesgo de decepción. Soy muy poco llorona en el cine, quizá porque lo soy mucho en la vida... o a lo mejor porque me cuesta mucho olvidar que son personajes, un guión, dos dimensiones. Que no hay olores, ni sabores, ni tacto, que faltan sentidos. Pero este mexicano... que le den el “Oscar”, a él y a su película! No quiero contar nada de la trama, ya se sabe demasiado. Pensé muchas cosas viendo Babel. Pensé estas y otras que no puedo dar forma y que me recorren el cuerpo, disueltas en la sangre: - Qué se siente cuando uno no puede oír ni siquiera sus propios sollozos...??? - Las celebraciones humanas tienen música. Probablemente bailo las mismas cosas que otros en cualquier punto del planeta - Y si no quedase tiempo suficiente?? Para disculparse, para no necesitar disculpas. O siempre se acaba encontrando el modo aunque no sea el mejor, aunque llegue tarde?? - Hay que creer en los seres humanos. Parafraseando a Quique González y en los milagros mundanos, en todos los milagros mundanos. - El amor es otra forma de arrancarse la ropa. El amor es otra cosa, muchas cosas. Y Brad Pitt un actorazo. - No nos comunicamos lo suficiente. No nos comunicamos bien en este tiempo de telecomunicaciones. ... mira, no leas mis tonterías, simplemente ve a ver Babel. Cuando ruede la primera lágrima redonda y perfecta pero no se deshaga el nudo, cuando crezca tu desazón, tu angustia, tu incertidumbre, acuérdate de mi. Y cuando empieces a boquear y notes como poco a poco vuelves a respirar, cuando se encienda una llamita de esperanza, acuérdate un poco más. Luego dime que te acordaste. A mi o a quien sea por lo que sea, da igual. Ahora mismo quiero darle las gracias a González Iñárritu por dejarme acabar el año así y empezarlo así también. Por el regalo. P.S: Lo escribí sin lentillas en una libreta, con un boli plegable, con la nariz pegada al papel y una caligrafía asquerosa. Para poder irme a la cama y dormir tranquila y soñar cosas bonitas y confiar, a pesar de las malas noticias. Pero el 31 era el día de celebrar cosas, de hacer propósitos, de pedir deseos. Así que lo guardé para hoy. Un día gris, húmedo, con aspecto un poco sucio, invernizo. Hoy no parece que acabe de empezar un año, pero sigo pensando que Babel tiene que ganar todos los “oscares” del mundo. Y ahora estrena Babel. Otra vez esa forma de narrar historias separadas y darles una unidad. En ésta parece que las diferentes líneas no convergen en ningún lado. Tengo ganas de verla. Ya las tenía antes pero después de leer la entrevista que publica el suplemento de “El País” (10/12) aún tengo más. Ya hablaré de la peli cuando la vea. Pero en mi viejo “universo” tuvimos una conversación sobre la violencia en el cine en general y en el suyo en concreto. Y en esta entrevista él dice que trata la violencia en sus películas como una consecuencia. Dice que le molesta que se banalice y que le parece una estupidez que se mate a diestro y siniestro y luego se haga un chiste, y el público se ría. Para él la muerte de un personaje tiene que tener un peso dramático, tiene que doler. Si no, se deshumaniza... Yo escribí en aquel momento que la violencia, las cosas duras que pasaban en “Amores Perros” o en “21 gramos” pasaban por algo. Parece que estaba entendiendo lo que quería contarme. También en aquel momento opiné que quizá los directores que me gustan son los que saben qué me quieren contar y consiguen contármelo para que hasta yo lo entienda. Ahora pienso también que tiene que haber algo previo en los ojos del que mira. Pero no sé qué es... Ah!, en la misma entrevista contaba además que cuando rodaron en Marruecos, sus hijos (De 11 y 9 años) jugaban con los niños del lugar sin hablar su lengua y se reían todo el día y que él se dio cuenta de que somos los adultos quienes establecemos prejuicios que no existen en realidad. Cuando era pequeñita, tendría unos 3 o 4 años, fui con mis padres de vacaciones a Salou. Aún recuerdo el nombre de los apartamentos (Flandria, se llamaban, no se qué significaba y ya no existen, o por lo menos no los encontré cuando volví a buscarlos). Mis padres insistían todo el rato en que repitiésemos el teléfono, la dirección, nuestro nombre e infinitos apellidos, por si nos perdíamos (y recordar estos datos ya demostró su eficacia a mis 2 años). El caso es que jugaba en el jardín de los apartamentos, en el césped, con otros niños. Alemanes y holandeses. Obviamente no nos entendíamos (o quizá sí y los que no nos entendían eran los adultos) pero jugamos juntos todas las vacaciones. Apacibles, tranquilos, divertidos. Nos buscábamos por las tardes y nuestros padres acabaron también comunicándose, mirándose a los ojos, sonriendo con simpatía, saludándose en la recepción, por los pasillos, en el paseo marítimo. Aunque tampoco se entendiesen. Hace un par de años vinieron unas chicas rumanas a mi clase de baile. No hablaban apenas español y nosotras no sabemos ni una sola palabra de rumano. Pero nos mirábamos cómplices. Como si hubiese una cierta telepatía algunas veces. Me gusta creer que algo queda en los adultos de esa capacidad infantil de dejar todo de lado y simplemente entenderse... |