Universo Perpendicular |
![]() El microcosmos de vega
(vega es la quinta estrella más brillante del firmamento. En el año 14.000 sustituirá a la estrella Polar como la estrella del norte debido a pequeñas variaciones orbitales en los equinoccios) |
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Se muestran los artículos pertenecientes al tema Revista de Verano. Un calor que se pega a la piel cayendo pesado y sin avisar sobre cuerpos acostumbrados al exceso acondicionado. P.S. La foto aquí El monitor de la escuela de surf local está contento. Es martes y el mar ya no parece un plato de agua así que los niños que empezaron ayer el intensivo podrán experimentar hoy mismo la sensación de estar en la cresta de la ola. Va de neopreno negro y naranja fluorescente y el sol le ha dejado las mechas típicas de los surfistas y la piel bronceada del color preciso, acaramelado. El grupo de ocho niños y niñas lleva camisetas amarillas sobre el neopreno y hace estiramientos disciplinados y esforzados en un corro en el trozo de arena mojada que dejó la marea al bajar. Los miro sin que se den cuenta, absortos en sus ejercicios, como si no supieran aun que lo importante es dentro del agua. Sin una pizca de impaciencia que sí se nota en cambio en la sonrisa anchísima del monitor cuando dice “coged vuestras tablas y al agua”. Sé que quiere que pasen pronto las dos horas, que no amaine el viento perfecto, para meter la tabla en la furgo y subir a “los locos”, la playa que da nombre a la escuela para la que trabaja y a él, que es otro de esos locos que pierden la noción del tiempo y el peligro buscando la ola perfecta, el tubo. La sensación casi orgásmica allí dentro. Yo no sé ponerme de pie sobre la tabla, ni tengo demasiado interés en aprender. Porque puedo meterme en el mar a saltar olas a lo bestia o subirme encima, perder pie. Pasarlas por debajo. Justo igual que cuando tenía 6 años, pero con más potencia en las piernas y más control de un cuerpo que sabe hacer ondas y adaptarse, arquear la espalda a distintos ángulos, esperar la espuma a todas las alturas. Rescatar la parte de abajo de un bikini que quisiera llevarme completo de vuelta aunque sea viejo y tenga que peleárselo al mar. Hacer el pino bajo el agua mientras recuerdo a mi madre regañándome “Esta chiquilla, siempre tan al fondo, haciendo pinos y volteretas. No le tiene ningún miedo al mar. Está loca”. Una vez le respondí que el abuelo decía que no había que tenerle miedo pero sí respeto al mar y le dije también: “y yo respeto le tengo un poco, porque el otro día vino una ola muy grande, de las blancas y me dio así, muchas vueltas que ya no sabía donde era arriba y donde abajo y no veía nada y se me metió agua por la nariz, con lo que duele eso. Pero ahora ya sé que si la ola es muy gorda para que no te de vueltas hay que pasarla por debajo” Y mi madre cabeceó como cabecea aun hoy cuando algo no le gusta nada y se muerde la lengua. Por eso los entiendo a ellos, aunque no sepa ponerme de pie en la tabla. Quizá intuyo que es mejor no aprender. Porque me conozco... P.S. Las cuatro fotos: una de la tienda-escuela, otra de la playa de los locos, otra de los niños de la escuela entrando al agua en otra playa menos peligrosa y uno de los profes sobre una ola. Era colocadora titular en el equipo de voley ball del instituto. El entrenador volvía locas a la mayoría de las jugadoras de mi categoría y a buena parte de las del equipo cadete. Yo nunca lo entendí. Y compadecía a todas esas que iban allí tres días por semana a seducir al chico mayor con coche y moto. Porque jugar a voley me enseñó a desconfiar de las mosquitas muertas, a saltar muy alto. Que los hombres (las personas) no cambian, a zafarme cuando me arrinconaban contra un espejo y otras cosas absurdas (o no tanto) que no habría comprendido/aprendido si hubiese tenido que posar, maquillarme, fingir debilidad, desmayos, mareos, lesiones, ofrecerme voluntaria (burdamente) a masajear cuellos y otras técnicas servidas directamente de la “Nuevo Vale” a nuestro vestuario. Yo iba a jugar, a divertirme, a ganar los partidos porque es un deporte emocionante que me gusta. Así que cuando acabó la temporada el objeto de deseo me eligió para ir a entrenar a la playa fluvial ante la incomprensión de algunas (porque no era ni mucho menos la mejor). Algo oí de un torneo de voley playa. Lo que no entendí fue “Suances”. Es mítico ese torneo. Voley, sol, playa, Cantábrico, noches locas. Vienen jugadores buenos y otros que pasan el rato. Ya lo he contado alguna vez. Me gusta ver jugar a los buenos, armar tantos con velocidad e inteligencia. Siempre me fijo más en los colocadores a pesar de que destacan más los remates como latigazos. Voley playa bueno. Brisa. Sol borrando las marcas blancas en la piel. El hombre de la megafonía como siempre, haciendo un chiste detrás de otro mientras el D.J. pincha R&B del bueno y siguen pasando las rondas hasta la final del domingo por la tarde, donde todo el mundo está cansado pero feliz. Ligar es una palabra que me hace gracia. Me suena rara, como a peli de Marisol. Debe ser que no la entiendo muy bien. Pero me hace gracia la danza de cortejo intrascendente que busca ratos cortos y muescas en revolver. Lo complejo que hacemos a veces eso tan sencillo que decía Miguel Dantart tan bien y que tanto hemos repetido después. Eso del “este, este” (este mismo sirve). Ligar. ¿Saben que en Cantabria a uno no le tiran los tejos?? Allí lo que tiran es el viaje. Tampoco lo entiendo pero también me hace gracia el tono cantarín, el pasado simple (te tiró el viaje??) Al final el voley ball no fue más que otra excusa, para tantas cosas... Desde el principio hasta este post. Excusas. P.S. Me hizo gracia leer algo sobre excusas en un mail el otro día. Con este texto escrito con letruja de bruja al lado en la mesa. Casualidades, supongo. ;) P.P.S. La foto es de uno de los partidos de esta edición del torneo (la 21 ya). Mi estilo favorito es espalda. Quizá por eso era el que mejor se me daba en los tiempos en que alguien cronometraba. No sé por qué me gusta tanto esa ondulación rítmica que es como un baile ensayado. El giro del tronco mientras las piernas baten blandas equilibrando. Es mi favorito pero casi siempre nado a crol. Respirando en el lado derecho. Estirando el cuerpo, con los brazos cortando el agua. Siempre nado lento. Lento y mucho tiempo. Precisa, rítmica, tranquila. Sin ir a ningún lado, batir ningún record, ganar ninguna carrera. Por el puro placer de oir el silencio. Ese chapoteo zen y constante. Mi respiración. Los ruidos que yo misma provoco. Abstraerme de todo lo demás, el griterío, el chapoteo ajeno. Plis plas. Aspirar por la boca, espirar por la nariz. Siempre al lado derecho mientras las piernas se agitan desde la cadera hasta el último dedo. Pensar y pensar a la vez que braceo. Salir del agua con la agitación justo y los gemelos blandos, comprendiendo otra vez que he vuelto a pasarme. El sábado pasado el Cantábrico era como un plato de agua o un mar caribeño: transparente y calmo. Extrañamente pacífico. Un día ideal para nadar. Pero para eso hay que estar solo. Y no estaba sola: así que después de 50 brazadas escasas acabé contribuyendo al griterío feliz, dando saltitos, haciendo el tonto y colgándome como un koala. Jugando en el agua. Pero esas 50 brazadas me dieron ganas de playa vacía al atardecer. En ese momento en el que sólo yo hago el ruido y el mar pone el silencio y se deja molestar. P.S. La imagen no soy yo, claro. Ni es el mar. Pero es tan refrescante y hace tanto calor... Tengo un bisabuelo “pseudo-célebre”. Hay un busto suyo en una plaza cántabra como impulsor de los bolos. Pero bolo-palma, no el de los zapatos de payaso y las pistas enceradas. Alguien me dijo hace mucho años (cuando yo era una niña con lazo en el pelo) que se me notaba el apellido. Bajé por primera vez a la arena de la bolera familiar (ahora convertida en pisos) y lancé una de las bolas de madera desde el tiro. Debí hacerlo mejor de lo previsto porque alguien aplaudió y dijo “mira, mira, como se le nota el apellido”. Pero no es por genética que me gustan tanto los bolos. O no por lo menos por la rama previsible. Porque yo creo que me gustan, como casi todos los deportes, por mi padre que me enseñó las reglas y el espectáculo en la bolera. Se juega con 9 bolos de madera en una matriz de 3X3 (osea 3 filas y 3 columnas). Las bolas también son de madera. Tres por jugador: se lanzan primero desde el tiro (a distancia variable) y luego desde donde han caído. A eso se le llama “birle” o “birlar”. Todas las bolas se lanzan desde el tiro y desde el birle con los 9 bolos colocados en su sitio y luego se contabiliza el total de derribos. Es más fácil de explicar in situ, pero se hacen una idea... El caso es que me encantan. El sábado era el campeonato regional en Torrelavega y aprovechando que después de comer se nubló, me empeñé en ir a los bolos. A ver ganar a la figura. Oscar González tiene nombre de dependiente, pero es el mejor jugador de bolos de nuestra generación. Y un “sex symbol” a pequeña escala. Tiene algo. Moreno, flexible (el junco, lo llaman) y elegante en el juego. Verlo birlar es lo más parecido al ballet que conozco. Se mueve limpio, se contorsiona, se abre y los músculos de su espalda tensan el polo blanco reglamentario. Tira 6 bolos como si fuese fácil. Seis es mucha tela. Tira 5 como si se cayesen solos. Tira 4 y es un fracaso y nadie aplaude. El sábado no estuvo excesivamente brillante: su principal rival, Salmón (el mejor jugador de la generación anterior y uno de los mejores de la historia) andaba lesionado así que le faltaban alicientes. Pero en la final pareció oirme: “Oscar, no me jodas”. Y le pegó una paliza a Emilio Antonio Rodríguez, hijo de otro mito viviente y que nunca será ni la mitad de bueno que su padre. Le barrió tirando bolos y más bolos. Haciendo espectáculo, dejando caer su cuerpo flexible y fuerte sobre la arena de la bolera. Suave. Controlando. Mirando la trayectoria de la bola, cruzándose con mi mirada que seguía desde el otro lado la misma trayectoria. Enarcando levemente una ceja irónica cuando caían y caían los bolos. Lo mejor son los sonidos de la bolera: madera contra madera, metal contra metal. Tierra. Tablón. Aplausos, pasos, gravilla, rastrillo, bolos contra el suelo, choques, cruces. Silencio y cuchicheos. Bolos contra el suelo. Lo mejor son los sonidos que Oscar González saca a la bolera cuando juega como sabe. Vayan. Yo les explico las normas con precisión. Les explico lo que es un emboque (y les cuento que nunca vi ninguno en directo). Vayan a ver jugar a Salmón y a Oscar. A escuchar caer bolos y más bolos. A verlos pensar y acertar con el punto exacto de golpeo. A ver como gira la esfera de madera entre sus manos. Como si fuese el mundo. Porque cuando tiran ellos la bola es justo eso: un mundo. Vayan y disfruten. Como yo el sábado. Más quizá no se pueda. No al menos viendo jugar a los bolos. P.S. La foto, ya ven, es de Joaquín Gómez Sastre. Está hecha el sábado en la bolera. Un poco más arriba, en las gradas de encima de las que se ven estaba yo, disfrutando de la perspectiva y haciendo fotos también, pero las mías malas... así que: dejemos a los profesionales. Soy norteña. Respecto a qué?? Dónde está el centro que determina qué es el norte y qué el sur?? Marruecos y Túnez son el norte de África y tan sur para mi... Todo es cuestión de perspectiva. Supongo. Con norte no me refiero a Siberia. Pero sí a algo difícil de explicar, a la percepción de determinados vientos y algunos olores, y el aprecio por ciertos sabores. A lo mejor no soy norteña: soy de allí, de eso, de ese Cantábrico delicioso que llama y empuja y enamora y me hace recordar otra vez a Benedetti: “el mar suele invadirnos como un dogma y nos obliga a ser orilla” Soy orilla de un mar que me parece norte y a otros les parecerá sur. Qué más da. NO tengo brújula. Allí no la necesito. En casa uno no necesita brújulas y fuera de casa tampoco: sólo un camino de vuelta. Mirar el mapa del cielo, desandar los pasos si es necesario o si no queda más remedio. He vuelto, al casicentro geográfico de esta Península oliendo todavía a Norte. Con ganas de contar todo lo que veo allí, lo que me pasa allí. Porque no me puedo creer que alguien no se enamore de todo eso. P.S. Hay un norte de vacaciones, ocio, descanso, sol, agua y protectores solares. Y en cinco días me ha dado tiempo a hacer muchas cosas. A disfrutar... Y quiero contarles... Quiero enseñarles por qué me gusta tanto (aunque no pueda explicarlo: hay cosas que no se explican: se entienden o no se entienden... y para entenderme hay que ir, estar...) |