Universo Perpendicular |
![]() El microcosmos de vega
(vega es la quinta estrella más brillante del firmamento. En el año 14.000 sustituirá a la estrella Polar como la estrella del norte debido a pequeñas variaciones orbitales en los equinoccios) |
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Se muestran los artículos pertenecientes al tema Puntos Suspensivos. Pides pista con las prisas del que sabe que aterrizar es siempre una emergencia. Mis pulseras suenan tintineantes mientras camino moviendo las caderas de lado a lado del pasillo, subida en unos tacones vertiginosos que me convierten en una mujer frágil e inestable. Desequilibrada con la literalidad por bandera. El vuelo a Fortaleza sale a media noche. En São Paulo hace frío y cielo gris (ahora negro porque está anocheciendo). Las previsiones para el destino (en el nordeste) son 29 grados y posibilidad de lluvia 0%. Ponernos en la picota en viernes alternos de ganas eternas de no saber nada de nada de un mundo raro. Río fue delicioso. Copacabana fue delicioso. Ipanema fue mejor. En Leblon tomé el mejor chop del mundo (o el que mejor me supo). Santa Teresa tiene un encanto delicioso con su tranvía y sus tiendas de atelier (artesano) y sus botequinhos. Barcitos encantadores, gente en la calle. El carioca simpático nos enseñó los secretos de su ciudad para turistas. Lapa fue la explosión sambera de mi culo de negra (zumbona). El Pan de Azucar pararme a pensar, dentro de una nube nada figurada. Esperar a que despeje como una metáfora exquisita. Vistas espectaculares no sé si más o menos o diferente que desde el Cristo de Corcovado. Río fue sentirme en una peli de los 70. Fuera del mundo. Al volver me estabas esperando con los ojos verdes casi pardos. Las manos llenas de ganas de no sé muy bien qué. Un desayuno lejos de cualquier cama, infinitos cafés. Al volver me estabas esperando planeando una cena japonesa, una comida carnívora de dientes potentes. Sangre en los platos. En la mirada aborigen. Al volver me estabas esperando para beber caipirinhas de sake con fresa. Mirándome comer la fruta mientras hablaba del ensayo sobre la ceguera. De vete a saber qué. De nada. Pidiéndome a gritos mudos un futuro en la ciudad. En el mundo. Quédate. Quédate. Quédate. Nuestra historia es torcida, aparentemente irregular, poco derecha. Como los dibujos del empedrado de Copacabana. Yo nunca fui la garota de Ipanema, con sus casicírculos encerrados. Sus principios, sus finales. Y vamos siguiendo el paso lento de no saber qué nos depara la suerte, el destino, el tiempo, la vida. Caminando derechos pero torcidos haciendo eses deliciosas de borrachos con el contentillo. Alargando innecesariamente una línea recta que nos terminará conduciendo al mismo punto. El futuro. Vivir es también, casi siempre, caminar haciendo eses. Divagar. No saber como sacarte de aquí adentro. No saber si lo que quiero es que salgas o que entres más. Más. Más adentro. Buenos Aires y Quique González. Otra forma de huir de las certezas que me asaltan como dudas malcuradas. Reforzadas. "Necesito un amor que no cueste trabajo". P.S Diccionario rápido: un chop es una caña, pa entendernos. Los 4 Km de playa de Ipanema tienen al lado un paseo marítimo con el dibujo de la foto de arriba. Los 2 km largos de Ipanema tienen otro dibujo diferente. Divagar en portugués significa también "recorrer". Si tienen oportunidad pasen unos días en Río. Hospedense en Ipanema si pueden elegir (no en el centro de la ciudad) y disfruten sin miedo del Río para turistas. Es delicioso. No se pierdan Lapa las noches del fin de semana. Es una especie de Malasaña brasileña. Con todo lo que eso implica. Yo también podría contar mi vida uniendo casualidades. Todas las vidas son sucesiones de casualidades que no son casuales. Algunas mañanas me levanto con las ganas intactas de encontrar nuevas casualidades. otras se me olvida que Medem existe y rueda ese cine, que Quique González escribe versos certeros como dardos. Versos que aun no he escuchado. Yo también podría contar mi vida como una espiral que une casualidades sin cerrar nunca del todo ningún círculo. Achicando o agrandando el arco. Ya nunca escribimos nombres dentro de ningún sitio. Como mucho rellenando algun formulario idiota de hotel de cuatro estrellas a las 5 de la mañana después de un vuelo en línea recta bajo el océano invisible. Sobre una línea de puntos insuficiente, tu nombre que fue su nombre que no sé de quién más es nombre. Tu nombre de hombre de ojos verdes que me miran cada día de una manera distinta. Como si lo nuestro dependiese también de la puñetera casualidad de tu vida caprichosa. A veces no soy capaz de decir(te) ni una sola palabra. Y tú que no sabes quién coño es Isabel Coixet, que no soportarías una peli de Medem, rompes el silencio para decirme "si no me besas ahora me pongo a gritar". Y gritas. Te pido 65 palabras. Sólo eso. En cualquiera de los 3 idiomas en los que tratas de comunicarte conmigo. 65 palabras que ahora mismo no sé si soy capaz de escribir. En la vida no hay títulos de crédito, ni guiones, ni marcas en el suelo. Ni finales felices. Hay felices y hay finales. Y yo siempre quise cuentos llenos de ventajas... P.S. Gracias, Marlon, porque desde ese eterno noviembre azul trajiste a la memoria ese fragmento. Luego tiramos del hilo un poco y salió esto... Es imposible no enamorarse de Trancoso. Es imposible no caer rendida dentro del cuento de hadas de su quadrado de juguete lleno de tiendas deliciosas, posadas llenas de un encanto sorprendente si uno se guía solo por las fachadas y no entra a ver las hamacas, piscinas con vistas al mar... ... nos hemos convertido en una pareja. Hemos perdido la emoción absurda de cosa prohibida, secreta, incipiente. La emociõn adolescente No debería contarte, pero te lo cuento, cómo se me acelera el pulso sólo con verte venir. Salir sincronizado, como si estuviéses esperándome desde el otro lado del pasillo, desde la escalera de la derecha. No debería contarte que a pesar de todo. De no tener 15 años, de llevar más de 3 meses con este asunto sin nombre entre las pieles, sigo notando el placer de mi columna vertebral desencajada, y el cuerpo erizado y la sonrisa involuntaria, y el brillo insultante y el pellizco-mordisco gigantesco en el estómago. Eso sólo con nuestro juego de cortesía y puerta. Un juego que yo instauré sisemuybiencomo y que tú captaste al vuelo. Un mus con señas, chulesco como yo. Pacífico como tú. Cómplice como los dos. A pesar de que insistas en decir que no tienes ni idea de complicidades. Mejor. Será instintivo e involuntario. Pero es. Tan real como esto. Como yo descontroladapasionada con ganas de abrazarte por la espalda, de morderte, arañarte, lamerte y todas esas cosas que no puedo hacer contigo en esa excesiva cantidad de horas que pasamos encerrados en la jaula. Esta jaula a la que le debo la suerte inmensa de tu presencia, aunque sea provisional (¿qué no lo es, después de todo?) en mi vida de quinceañera entradita en años que encuentra un placer insano en sentirse derretir cuando la besas. Cuando me besas... P.S. Obviamente de la nevera. Porque toda la tecnología, las webcam, la telefonía sobre IP y los correos electrónicos no pueden ni siquiera acercarse a suplir tu olor, por ejemplo. O tus sabores. Y esta mañana de calor pegajoso sobre piel embadurnada de crema me he despertado soñando contigo. Mientras, los gurús de la gestión empresarial siguen decidiendo sobre nuestro futuro, la proximidad y la frecuencia de las pieles fundiéndose... Ayer fue otro de esos días de locos. Uno de mis días, vamos. Maldito nómada robacorazones que no se queda nunca en ninguna parte. Condenado culo de mal asiento (bonito culo, por cierto) que viene de visita a la segunda ciudad más fea que conoce y no quiere salir de mi casa luminosa de ventanas abiertas al bullicio de una calle que ni me intuye desmadejada, descompuesta, llena de ganas, de hambre voraz. En la lista de cosas que te debo añadiré haberme descondicionado dos ciudades y haberme devuelto la mitad de las canciones de "Adicto". Me gusta creer que vas a recordarme al menos un tiempo y podría garantizarte, sin correr ningún riesgo, que no voy a ser capaz de olvidarte. No voy a intentarlo siquiera. P.S. El título es de "Tendido al sol" canción con letra de Lara Moreno y música de Paco Cifuentes. Explota lo animal y te trastorna. Sonoro. Ruidoso entre las ruinas de una vida con tendencia a autodestruirse. No sé cuando empezamos todo esto ni quién fue el primero. Ni siquiera sé si hay turnos o la pura sincronía de lo bueno. (51 palabras) El Miró es "Escaleras en arcos de fuego atravesando el azul" Cómo se terminan las cosas que no han empezado. De qué manera. Si es que hay alguna. Alguna tendrá que haber. ¿Muriéndose?. ¿Alguna menos radical? Más reversible. Los finales reversibles. Eso quieres, claro. Finales reversibles. A eso se le llama pausa. No es posible la pausa. La situación impide cualquier forma de pausa. Hay una sola forma de pausa. No, hay pausas de un segundo, pausas de años. Pausas de antes de besarla. De cuando me mira casi retándome. Y pausas de no querer verla, de empacharme de ella. De agotarme de ella. De preocuparme porque ella. Hay muchas pausas, y la de ahora tendría que ser una pausa casi definitiva. ¿Eso dices? Cerrar la puerta pero comprarte un cortavidirios y hacer butrones. Un butrón es otra cosa. Sí, un arte de pesca con forma de cono para que entren los peces. Una trampa para peces. Y un agujero en la pared. Se trata de volver si quiero. Sólo si yo quiero. ¿Y lo que quiere ella? Ella tiene que quererme a mi. ¿Entiendes? Sí, como un niño de 3 años que no sabe salir de las faldas de su madre. Terminar como si no terminases algo que ni siquiera ha empezado. Los finales franceses. Resnais podría ayudarnos a ti y a mi. A ti lo que te jode es que si terminas definitivamente ella tardará 30 segundos en encontrar otra cosa. En buscar otra cosa. Ahora no está buscando. Lo que pasa es que no quiero cerrarme puertas. Teoría del abanico. Eso sólo funciona en teoría. Entonces no es una teoría. Los finales franceses. Un paraiso sin finales. ¿Por qué hay que terminar cosas que ni nos hemos atrevido a empezar? Porque es mejor que tener una conversación. Una de verdad, quiero decir, una a la antigua usanza. Como se hacía antes. ¿Tú crees que antes se hacía? Antes se inventarían otra forma eficaz de incomunicación. Es la incomunicación la que hace avanzar el arte. Es tratar de decirle algo que ni siquiera puedo repetirme en la cabeza mientras me lavo los dientes cada mañana. Es esconder, revueltas en un cajón todas las cosas que me provoca y adornarlas de colores, de formas, de capas de pintura. Por eso pinto, por eso ella compone, por eso los dos hacemos fotos. Por eso todo el mundo escribe blogs. Porque hay que buscar maneras de dejarse mensajes incomprensibles, polivalentes, finales franceses, finales reversibles, principios invisibles. Los principios invisibles. Cuál es la fecha, ¿cuándo entró en ese sitio del que no sabes sacarla aunque lo intentes con tantísimas ganas? Nunca. Eso te gustaría, que la respuesta fuese nunca. Terminar lo que no ha comenzado debería resultar sencillo, bien mirado. Bien mirado es estúpido. Mal mirado es ridículo. Sin mirarlo es igualmente absurdo. P.S. Esta fue la versión primera de un texto que escribí hace siglos para el taller en torno al teatro del absurdo. Sonaba todo el rato "El año pasado en Marienbad" esa canción de Marienbad basada en la película del mismo título y de la que salen los fotogramas del collage de arriba. Este texto tiene un final. Uno que no es demasiado francés. Pero he cogido la tijera. Lo dejo aquí. Me gusta la "nouvelle vague" a pesar de no entender nada en un sentido racional. Pero las pelis de Resnais o Truffaut dejan una película recubriendo la piel y otros órganos sensoriales... Había viento de locos y locuras. Viento huracanado de excesos. Había viento de locos que al salir del café nos revolvió el pelo, nos anudó los abrigos, nos dio la vuelta a las faldas, a las corbatas. El título es también el título original de una peli. Por ponerme a tono con el taller del que me vi obligada a salir corriendo como un bombero de guardia. La foto es del gran David Ruiz Idem y está en su panopticon El proceso de ingnición autodestructiva de lo nuestro ha comenzado. Alguien apretó el botón rojo y han saltado las alarmas. En la nueva rutina de las noches en vela, igual de insomnes aunque las pase a tu vera, vega siente algunas veces que su oido y su olfato y su gusto y su tacto se agudizan, abriendo la veda, convirtiéndola en un animal que caza, husmea, olisquea, buscando una veta, un resquicio de luz en los ojos cerrados en noches abiertas de neón en vena . Y algunas de esas noches, a las horas en las que nadie es capaz de entender otra geografía que la de los cuerpos, en las que todos hemos renunciado a cualquier forma de ortografía, algunas de esas noches, que terminan siendo todas las noches, vega te besa. Será mi cuerpo con efecto memoria de tus dedos, como los colchones de viscolatex. Eres la mariposa que agitó sus alas en mi vida. Apenas una aparente anécdota que desencadenó una tormenta de dimensiones aun sin determinar un corrimiento de tierras inesperado Y ni siquiera lo entiendes. Sigues agitando las alas. Tal vez debería explicarte todo esto. Para que pares. O revolotees conscientemente. Las mariposas extienden también el polen de las plantas Fertilizan Hacen florecer. Tampoco lo sabes. Eres una mariposa y apuesto algo a que odiarías la metáfora. Demasiado vista, dirías Demasiado obvia, dirías Demasiado femenina, pensarías Pero eres una mariposa agitando mis palabras, mi vida, las líneas absurdas de este texto absurdo... Papillon. En francés es masculino. Hay una marca de tus labios de canibal junto a mi ombligo. Odio que me señales la piel como si fueses su completo propietario y en cambio resigo la mancha del tamaño de una moneda de dos euros y la forma de un símbolo. La veo enrojecerse primero y amoratarse después, cambiar de color, hacerse cada vez más evidente hasta que los bordes empiezan a desdibujarse. P.S. No recuerdo de donde saqué el cuadro ni quién lo pintó, sé que nadie conocido. También sé que se titula "I bit back" que yo traduciría como "mordí a cambio". Pasen buen fin de semana. Les veo esta tarde en "El ladrón de tinta". Es mentira, como cantaba Chaouen, que la luna esté cansada de ser el amor de todos. Si esto fuese CSI, tú, ahora, ampliarías con zoom mágico la foto de arriba buscando alguna pista. Dónde, cuándo, cómo, con quién. P.S. De la nevera (más bien del congelador). Tengo mucha prisa y muy poco tiempo hoy. Admirábamos un atardecer deslumbrante y como a coro, las dos reparamos a la vez en la esfera brillante tan cerca de Venus. Júpiter y Venus siguen acercándose, allá, en el cielo... (la de arriba es del jueves pasado, la de abajo de ayer, casi a la misma hora... hay menos luz y menos distancia entre los planetas, como pueden observar si se fijan.) Si pinchan podrán verlas en tamaño más grande, y quizá no tengan que achinar los ojos para distinguir los puntitos... Todo daba vueltas anoche. Tantas vueltas, tantísimas vueltas que creí estarme desmayando. Todo daba vueltas y Chaouen sonaba muy muy alto mientras tú, reconvirtiendo un poema de Bécquer, clavabas tu pupila en la mía. Con toda esa fuerza bruta que tienes por arrobas. Toda esa fuerza bruta que a mi me falta ahora mismo, en este momento en el que podría dormirme de pie si me descuido. O si te descuidas. "Eres para mi risa de arlequín y caramelo La foto de aquí La entropía es la medida del desorden, la medida de la incertidumbre y la cantidad de energía que no puede utilizarse en un sistema. P.P.S Feliz fin de semana a todos Dice Benedetti que el mar suele invadirnos como un dogma y nos obliga a ser orilla. Yo, que no soy poeta, culpo al hecho de ser piscis, haber nacido en día par. Digo tonterías como que las estrellas decidieron, determinaron mis gustos, algunos de mis gustos, al menos. Fue por eso que a mi año y pico decidiese organizarme una piscina en el suelo de la cocina. Con lejía. No busques señales en la foto de la postal. Ahí no hay nada. La elegí al azar. Sólo quería que supieses que estoy en París, que no vale una misa, que todavía te echo de menos y que sigo buscando un amor que perder enseguida. Uno que te quite la exclusiva. No he pintado nada, ni un solo brochazo. Solo salgo, escucho música infernal, me emborracho, hablo con gente en todos los idiomas que no entiendo. Montmartre ya no inspira a la pintura, pero sí a la vida. P.S. Las otras dos postales que escribí desde el Bremen (o desde París, según se mire). "quiero encontrar un amor y perderlo en seguida" es un verso de Ricardo Arjona, de una canción genial genial genial suya que se llama Quiero. y que dice muchísimas cosas increibles como "quiero regalarle una flor al amor de mi herida", "quiero lavar en el mar lo que no sea futuro" y muchas más. Yo les aconsejo que la escuchen... La foto quizá les suene de algo... Moló el taller de ayer (qué bonita rima tonta) aunque fuese un poco caos y un poco locura. Leí la primera porque sí y decía algo como: La gracia es que tengas que mirar el matasellos para saber por donde ando, que no puedas averiguar, imaginar ni intuir nada de mi vida ahora. Sólo quiero que sepas que estoy vivo. O que estaba vivo hace unos días. Ahora que me lees cualquiera sabe. Tendrás que esperar a la siguiente" Y me voy a trabajar... P.S. La postal no era la de arriba pero se parecía bastante. ...y los pedazos de juguete. Pero no me llamo Alicia, no persigo conejos blancos sin tiempo para mi, no soy ninguna niña y nunca tuve la curiosidad suficiente para mirar detrás de ciertas puertas. Quizá porque hay un cuento japonés, tradicional, para niñas futuras geishas que enseñaba a sentir la curiosidad justa por el mundo. P.S. Nevera del puro verano. Un día muy raro. Pero hoy tengo prisa prisa prisa y no me da tiempo a contarles lo que quería contarles. Sentada, sin hacer nada repitiéndose veinteporciento veinteporciento ceroporciento nada. Glucosa, nada, glucosa transformándose, nada. Sentada desesperada esperando nada veinteporciento ceroporciento. Nada P.S. Yo quería recomendarles un libro hoy, pero me he dejado mi libretilla-pasaporte de muji en el otro bolso y era precisamente ahí donde había escrito el textito sobre el libro. A cambio les dejo esto de la nevera (18 de abril) y una foto en la que salgo yo con el dinamismo habitual que me caracteriza y que me saca siempre desenfocada... Feliz finde! Estás en mis manos. En cada una de las líneas caóticas, enrevesadas de mi palma. Me gusta llevarte en el coche temprano por las mañanas. Transportarte somnoliento y sonriente. Girarme para buscarte en los semáforos y encontrarte frotándote la barba con ese gesto de cuando la ciudad sigue siendo de noche. Me gusta que toquetees los canales de la radio y me dejes escuchar a Francino, pero luego saltes de una cosa a otra sin ton ni son, haciendo tus bromas. Me gusta que te recuestes en el asiento del copiloto, que te dejes, notar tu mirada mientras intento no chocar con el coche de delante en el atasco, que me tranquilices con respecto a la hora, rozar tu pierna cuando cambio las marchas, que me acaricies el cuello. Me gusta tu pereza, como si siguiésemos en la cama, aunque ya llevemos dos cafés, dos duchas y dos horas levantados. Me gustas tú. Supongo que es solo eso. La foto está sacada de aquí P.S. Del congelador. Era uno de los últimos días de noviembre. Atacas mis puntos débiles avisándome de antemano de que piensas hacerme todas las trampas del mundo. Juegas sucio con tu guante blanco que esconde manos morenas. P.S. La foto se llama "falling slowly" Es tu juego de espejos, tu juego raro de espejos cortados. De siluetas reflejadas en superficies casi planas. De aristas invisibles que hieren la piel sensible. P.S. Esto iba ayer, pero me olvidé la foto... Está hecha con el móvil en el pasillo de los servicios de un restaurante increible de Salamanca. En el único fin de semana de abril en el que hizo de verano. La que sale reflejada soy yo, la que hizo la foto soy yo. La que pensó que aquel pasillo tenía algo de juego macabro también soy yo. Distintos trozos de la misma yo. Un poco Alicia sacàndole la lengua a Carroll. Hay unos polvos comestibles, que se aplican con plumero y saben a fresas con cava. Hay también pintura de chocolate y antifaces y esposas de peluche y extraños aceites que hacen subir la temperatura si soplas sobre la piel untada. P.S. Escrito dos días antes de que Vicky propusiese "el erotismo" como tema talleril. Me lo guardé entonces por esa razón, lo recupero hoy, que tengo un día de locos. Animal. Puro instinto, automatismo. Yo tenía 17. Él muchos más. Ya entonces adoraba a Miró casi tanto como él adoraba a las mujeres mórbidas. Había borrado con sus manos morenas declaraciones de amor para otros, escritas con lapiz blando en mi pupitre de adolescente. Cuando no sé lo que me quieres decir y no te digo nada. Porque nada de nada es nada. Siempre nada, yo nado, en tu nada de nada. Que a veces, si me fijo, parece algo. Siempre estamos escribiendo sobre el vértigo, hablando sobe el vértigo o callándonos el vértigo. Viviéndo en el vértigo de las alturas, de comprender nuestra minúscula porción de nada, nuestro minúsculo ombligo, el punto de guía en el mapa. Acotación al margen El vértigo inverso: Vega, una vega que no era la quinta estrella de ningún firmamento y que sólo tenía que ver conmigo en su interés por el jazz, llegó a NY y al mirar arriba sintió vértigo inverso. Yo dije entonces que lo robaba. Lo robo ahora. Lo que no sabes de mí cuando ya crees saberlo todo, conocerme todos los rincones, los trucos y los botones. Lo que ni imaginas de mí cuando me imaginas desnuda, descuidada frente a la ventana. ... la felicidad consiste simplemente en que te besen en secreto y a escondidas en un rincón de la cocina, mientras el agua hierve y se rebosa, indiferente a los cambios en las leyes más elementales de la física. P.S. De una de mis libretillas para bolso. Fue Sonia, hace tiempo (no recuerdo cuanto y no puse fecha), hablando conmigo la que dijo "kisses in the kitchen" (tampoco sabemos por qué...) Pero yo anoté la frase y salió esto. Como aquella vez de la cordura en el frasco. Siempre "plagio" o utilizo lo que dice Sonia cuando habla de cocinas... Y la foto 12 de Mayo, Rodando por la pendiente. Suave. Césped. Como aquella de mi infancia: los jardines del obispo que inauguraron la primavera del 87. Yo rodaba blanda y la ropa se teñía de verde, ropa de rodar por pendientes, de anunciar detergentes. El frotar se va a acabar. Y yo sigo rodando blanda. Haciendo con mi cuerpo una bola, protegiéndome los órganos vitales. Preparando la sonrisa de repuesto. Cargando baterías, comprando pilas extra, poniendo a punto un generador eficaz que permita a mi luz seguir brillando a pesar de las tormentas, los huracanes, los planes malvados de los bobos que tratan a las personas como fichitas de ajedrez. No soy una torre en un enroque, tampoco fui un peón de rey el año pasado. No tienes ni idea de la apertura clásica. No sabes jugar al ajedrez con blancas ni con negras: avanzar ni esperar, proteger ni atacar. Solo sabes destruir. O intentarlo. Y yo soy experta en cambiar de plano. Imagina por un momento que el peón muta en Karpov de los buenos tiempos, en jugadora de república ex soviética. En reina de la estrategia. Y no lo parece. Porque sonríe y rueda por el césped, porque se hace una bolita y parece blanda e inofensiva, ni siquiera con los pinchos de un erizo. Imagina eso por un momento. Imagina que haces tu jugada maestra y te dan jaque mate. Imagínate perdiendo la partida malévola contra ti mismo: por creer que los estrategas son peones. P.S. De la nevera, claro. O más bien del congelador. Hace muchísimo que termnió la partida absuda y cruel. Pero este post estaba en los borradores. Listo para darle a publicar, hoy es un día de locos y probablemente no me de tiempo a nada. Y mañana quién sabe... Así que... Del congelador directamente al presente. ´Les mando, eso sí, besos frescos! El título es el mate más rápido que se puede dar en ajedrez. Lo da la dama, claro. Dice Aroa que no cavile, que deje que fluya. Pero suena Amy Winehouse con insistencia y llevo dos semanas sin dormir (no es insomnio es falta de tiempo) y tengo doscientas lesiones pero sigo bailando (el tobillo derecho hinchado y la rodilla izquierda desencajándose periódicamente), y la conjuntivitis me seca los ojos. La falta de sueño me convierte, como a los bebés, en un ser irritable. Relativamente irritable. Hipersensible. También en la piel. Hiperestésica. Insoportable. He retrasado media hora el despertador, he aparcado en cualquier lado. Me estiro en la silla de oficina como una niña pequeña. Haciendo mucho ruido. Dice Aroa que no cavile pero yo siempre cavilo mientras dejo que todo fluya. Hay cosas inevitables, hay cosas incontrolables (como que suene un disco 8 veces en una tarde) pero hay otras que no. Y yo cavilo. Y todo fluye sin atascarse. Back to black no me recuerda ni a ti ni a él ni a nadie. Y nunca lo hará. Back to black es un polvo lento y profundo a la hora de la siesta y es también un adiós con maletas en la puerta. Como todas las buenas canciones lo es todo, lo resume todo, lo explica todo. Las cosas fluyen cavile yo o no. La diferencia es saber qué río te arrastra y aproximadamente a donde. Para comprender si merece la pena luchar contra la corriente, si hay que intentar remontar el río, salir del río o dejar que desemboque donde sea. Dejarse hacer. Saberlo puede ser mi única ventaja. Entender... que yo no hago magia, que no soy especial ni diferente, ni más inteligente que los que fracasaron tantas veces. Y que hay cosas contra las que no puedo ni quiero luchar. Agujeros por los que no volver a mirar, caminos que no merece la pena desandar. Pronósticos que terminan siempre por cumplirse. Asquerosamente exactos como Amy cantando con el alma torturada y la lengua vulgar de barriobajera. Certezas inciertas. P.S. El título porque una de las cosas que me han hecho ver el blog y algún texto del taller es que, mis palabras, que para mi son excesivamente transparentes, acaban llevadas a otro sitio. Y eso es a la vez motivo de frustración (no conseguir contar exactamente lo que quieres), de sorpresa, de regocijo (qué palabra más tonta) y a veces incluso de risa. Así que... malinterprétame como haces siempre (parafraseando la canción). Llévate esta tontería a tu terreno, igual que yo me he llevado Back to black a todos esos sitios donde Amy ni siquiera imagina que puede estar... O a lo mejor esta vez lo consigo... quién sabe. La imagen Por las mañanas uso otro perfume. Uno carísimo (más incluso que el de las noches) que no parece carísimo. Es persistente pero sutil, con la mezcla justa de todas las cosas y ese toque sintético que me gusta. Ese toque ligerísimamente plástico. No sé explicarles. Es difícil explicar olores. Mezclas de olores. El perfume de las mañanas tiene notas de limón, jenjibre, bergamota, pomelo, hojas de violeta, rosa, flor de loto, muguet, vainilla bourbon, musc y maderas. Todo eso. Como casi todos. Esa mezcla en una fórmula secreta y exacta (casi nada de jengibre, mucho musc), esa mezcla precisa y preciosa da un resultado delicioso. La persistencia, los juegos de distancias. Todos los perfumes que termino repitiendo huelen diferente en las distancias cortas que en las largas. La vida es un juego muy serio. Los seres humanos somos eternos niños a tiempo parcial. Los niños jugamos con cualquier cosa. Los hedonistas con los sentidos. Por eso no soy capaz de cambiar mi perfume nocturno (nocturno quiere decir para cualquier cosa que no sea trabajo o gimnasio independientemente de la hora del día). La mayoría de "fragancias" tienen una pirámide olfativa. Unas fases en las que predominan unos olores sobre otros. Una mera cuestión de tiempo de evaporación sobre la piel. Hay algunos, ya hablé de ellos antes, que no tienen notas: son una mezcla compacta y moderna que no se modifica con la evaporación. Interesantes. Y luego está el que yo uso. Funciona con facetas. Dicen los expertos que la gracia de mi perfume es que interactúa con la química de la piel más que el resto. No es que modifique el olor concreto de las notas de entrada, medias y de salida, es que en cada mujer esas notas son sutilmente diferentes. Bailan entre ellas, se combinan y se modifican dependiendo de muchas cosas. De la hora del día, de la estación del año. De si sales de la ducha o te perfumas después de haber corrido por la casa buscando con prisas unos pendientes que de todos modos no conseguiste encontrar. Nenúfar, madera, ese toque entalcado y decadente, mandarinas, vetiver (el punto masculino). Todo mezclándose. Han pasado casi 10 años y sigo oliéndome a mi misma. No me he acostumbrado. Ese es el perfume que me resisto a cambiar, porque cambia conmigo, se adapta a mis momentos a mis estados de ánimo, mis cortes de pelo. Y huele diferente de cerca que de lejos. A lo mejor es que quiero que te acerques más a mi cuando me hablas en los bares canallas. Algo en la pituitaria se conecta directamente con esa región del cerebro y dentro de muchos años, cuando ya no recuerdes ni mi cara, ni mi nombre, ni los gestos que hago, ni ninguna cosa mía, tendrás almacenado en el lugar más primitivo un resto de ese olor. Persistente e inutil. Y será como si te acordases de mi, aunque ya me hayas olvidado. No sé de donde saqué la imagen... Termino de leer y David menciona a Medem. Tiene razón. Se parece. Y yo ni siquiera he pensado en Medem durante ningún momento del proceso. Estoy entre la autocensura, la repetición y el plagio involuntario. Con algo que se anuda justo debajo de mi tráquea. Aprieta sin doler. Incomoda. Asusta. He dormido menos de 40 minutos esta noche. Hoy está nublado pero da igual, ya no pienso quitarme las sandalias. Debería pensar en el absurdo. Como concepto. Aroa dice cuando entran dos: "ese tío estaba en el ciber esta mañana haciendo sexo virtual". Voy al baño. En la puerta de chicas hay dibujado un zapato de tacón, en la de chicos una pipa. Alguien aporrea mi puerta cerrada y yo pienso que, o hay un incendio, o la chica que espera debe estar borrachísima. Pero la respuesta correcta es la c: Al salir uno de los del sexo virtual tapona la puerta y casi entra en el cubículo obligándome a mi a pegarme a la pared para conservar mi espacio. Me ha mirado cuando entraba. Quizá nos ha oído cuchichear. - Tu baño es el otro - Es que no tengo muy clara mi sexualidad, ¿sabes? - A mi eso me da igual, el caso es que no llevas zapatos de tacón. Estoy preparada para que responda que tampoco lleva pipa pero me pilla con el pie cambiado (observese el chiste) cuando responde "bueno, tú tampoco" Improviso una idiotez: - Pues mira, mira bien porque sí los llevo - Ya he mirado bien. Y no los llevas. Eso responde con lentitud mientras mantiene sus ojos quietos en los míos. Joder con el del cibersexo, pienso mientras salgo. Pero parece que "el culpable" era el amigo. Algo absurdo... no sé, ahora mismo no caigo. Hice una regresión porque cuando le conté a ella lo que me pasó por el cuerpo cuando lo conocí me respondió que así describen los budistas el encuentro con las almas gemelas. Idénticamente así, como yo. Me pasó un libro. Tenía razón. Hice una regresión y no funcionó. No vi nada. Sigo siendo atea conversa. Pero sigue gustándome la idea. Sigue pesándome la idea. (la de las almas gemelas). Y sigue aquí el nudo apretándose. La sensación del segundo plano. De estar procesando algo. Importante e inconsciente. Puramente cerebral. De intuir que aparecerá pronto una respuesta. Cerrar el caso preguntándome si tiene sentido. Pensando en ese verso de Erentxun que continúa el título de este post. A cambio he escrito muchísimo. Lo he guardado en un sobre. He cerrado el sobre. No quiero leerlo cuando llegue a casa. Quiero abrir el sobre dentro de unos meses, cuando haya olvidado cada una de las palabras. Tengo resaca de fumar demasiado. La boca pastosa. He bebido zumo de naranja para desayunar y nada de café. Son más de las 10 y aun no he hecho nada. No tengo prisa. Ni ganas. Dice P que me favorece el morado y que sonría por favor. Pero yo solo quiero dormir. De algún sitio saco fuerzas para responderle que a lo mejor lo que me favorece es no sonreir. Sostiene que es el morado, que la ausencia de sonrisa inquieta, me hace los ojos más oscuros. Me río a carcajadas: eso son los restos de rimmel de anoche difuminados, no me he desmaquillado y el agua de la ducha no elimina con eficacia suficiente los restos. Ah vale. Estás de resaca. Y se tranquiliza. Y me recuerda que hoy, de postre, pacharán con hielo. Algo absurdo: no se me ocurre... ¿Yo? Acabo de despedirme de la mujer del puestecito. Estaba explicándole algo a su sustituta porque mañana coge la baja. Está embarazada.y se enteró casi nada más llegar yo a la empresa. Tiene que hacer reposo hasta el parto, en la ecografía del lunes le dijeron que es una niña y cuando le he contado que ya no estaré el día que vuelva al trabajo me ha dicho que su hija se va a llamar como yo, por mi. Será la segunda niña en el mundo que tendrá ese nombre por mi culpa, del mismo modo en que yo lo tengo gracias a aquella mujer navarra. Es un nombre precioso, con un significado aun más bonito, así que me parece una buena cadena. Y me emociona la chica del puesto. No sé su nombre y ella sabe el mío sólo porque cuando le compro la ensalada césar me la guarda en una bolsa hasta la hora de comer y escribe cómo me llamo con rotulador. No sé su nombre pero sí cómo y cuándo conoció a su marido. Sí que nunca se ha llevado bien con su madre pero en cambio adora a su suegra. Sí que odia los martes aun más que los lunes, que le gusta la pasta carbonara, que se pasa la vida a dieta estricta, que es incapaz de dejar de fumar, que tiene miedo a que su hijo se convierta en un hombre agresivo y cuando le ve pelearse con otros niños se asusta mucho. Sé todas esas cosas pero no sé cómo se llama ella. Y su hija llevará mi nombre. Le pregunto por qué. Me cuenta que un día, en marzo, hablando con una chica de sistemas, yo dije algo que le gustó mucho. Repite mi frase y yo no puedo recordarla, ni siquiera me parece mía. Pero en cambio recuerdo muchas de las cosas que ella dijo sobre el amor y las miserias. Cosas que quizá ella no sea consciente de haber dicho. Hace una lista de virtudes mías, virtudes que seguramente no sean ciertas, pero que me gusta creerme una mañana de oficina. Una de mis últimas mañanas en esta oficina. La vida es rara. Subo en el ascensor con un nudo tonto en la garganta preguntándome si algún día, esa niña que ahora le provoca a su madre náuseas y otros malestares tendrá algo en común conmigo, alguna cosa, por minúscula que sea, que la vincule a mi. Un hilo fino e imperceptible, una señal microscópica como la que me une a mi a la mujer que me regaló este nombre que escondo aquí detrás del nombre de una estrella (otro regalo valioso). Y pienso en las perpendiculares. Las vidas que se cruzan, se modifican, se influyen, se transforman, se trenzan y destrenzan sin que nos demos demasiada cuenta. Es bonito. Es bonita esta vida loca, a pesar de todo... Un instrumento de cuerda haciendo virguerías. El cielo gris de primavera recién estrenada. La maleta. Estoy de bajada de montaña rusa. Sabía. También sabía que iba a llegar la bajada. Entran la flauta y el yembé. Una voz de hombre canta con mucho aire. En árabe y francés. Toques de jazz. Eva me enseñó a bailar esto. Es una balada triste. Las baladas tristes hay que bailarlas con cara de llorar. Y yo tengo cara de llorar. Pero no exactamente ganas de llorar. No ganas reales de llorar. Ya vendrán. Vendrán y sé que vendrán pero todavía la prepotencia absurda de creerme capaz. De todo. Me cuesta no hacer círculos lentos con el pecho. Me cuesta seguir sentada con mi cara de llorar y mis manos apretando suaves las teclas. Me cuesta no sonreír imaginándote hacer virguerías, como las de ese instrumento de cuerda. Y contar sin contar nada. El flautista, ahora, casi se queda sin aliento. Hay una palabra. La clave de este código indescifrable. Una sola palabra que convertiría todo en algo obvio. Una que no pienso teclear. Pero que tal vez mencione de pasada un día de estos. Como si nada. Porque me gusta verte mirarte las manos y negar con la cabeza. Negar insistentemente con la cabeza. Como si pudieses convencerte. Necesito verte negar para convencerme yo. Supongo que es solo eso. Convencerme de que no cuando todo el cuerpo me grita sí. Porque sigue aquí, en el fondo, el instinto martilleando, la certeza, el pensamiento mágico. Cualquier estupidez que me permite creer que a veces todo funciona de un modo absurdo y extraño y erróneo, y ridículo. Pero funciona. Bien. Mejor que esos relojes tan perfectos que terminan siempre atrasándose un segundo por año. La imprecisión gigantesca haciendo que todo encaje. Es otra forma de verlo. Como aquellos cubos de EVA que montábamos de pequeños. El morado se podía hacer de dos maneras, al menos. Y era el más difícil. La forma más bonita de resolverlo era la menos obvia. El hombre empieza otra balada. Como un lamento de dolor. Y ya no sé poner cara de llorar. Pero sin darme cuenta estoy, por debajo de la mesa, haciendo círculos hacia dentro con la pierna. Y el ocho maya anunciándose en mis caderas. Mientras el yembé... se acelera. Es magia. Otra vez. El lamento ha dejado de ser un lamento. Y la canción suena alegre y sale el sol, y entra el sol por la ventana. Y ahora, definitivamente, las caderas piden "vuelta africana" P.S. Eva (la mujer, no el material) sigue de baja. Estamos preocupadas por ella y la echamos mucho de menos con su dulzura. Consiguió enseñarnos, incluso a nosotras, los pasos básicos de la danza oriental. Y seguimos acordándonos. Y nos siguen saliendo sin querer cuando suena una "tabla" o una balada triste, o folcklore egipcio... Tiene mérito. El texto no existiría sin ella, bien mirado... P.P.S Los dibujos no sé de quién son, los he ido encontrando por ahí. Lo siento por sus autores (si casualmente alguno pasase que se identifique) Una luna de scooby doo y una avenida vacía con semáforos que cambian incesantes de verde a rojo para coches que no terminan de pasar. P.S. El título, ya saben, verso de Quique González. La foto de la luna no es mía, está aquí Hoy iba una recomendación de un libro, pero se cae el cielo y lo veo en primer plano Hoy iba una recomendación pero parece un recado y no nació como un recado, así que me la guardo. Hoy iba un recado pero se cae el cielo y yo lo veo en primera fila. Hoy había doscientos post posibles y ninguno era este. Este en el que estoy frente a la ventana gigantesca viendo la nube gris, bajísima, pesada de lluvia, deshacerse en agua casi sobre nuestras cabezas. Quiero creer, aunque no sea así, que es la misma que me bañó ayer por la tarde justo al salir del trabajo. Los conductores de los coches del aparcamiento me miraban como si estuviese loca, ahí sola, sin paraguas, medio desnuda, con la cara mirando al cielo y los ojos bien abiertos. Pero yo sé que todos hemos hecho eso alguna vez. O hemos deseado hacerlo y no nos hemos atrevido. Quiero creer que es la misma nube que me empapó anoche, a las once y sin mi permiso. Esa que olía a tormenta de verano. Sé que esta es otra nube. Pero parece siempre la misma. La de los veranos cántabros e irlandeses. La de amanecer y no ponerse el bikini y marcharse a Santillana. A nada. Me sé Santillana de memoria, podría enseñártela con los ojos cerrados si quisieses, podría llevarte justo a los dos sitios que más iban a gustarte. Podría contarte un par de curiosidades de las que no vienen en los folletos de la oficina de información turística. Santillana es un parque temático que a mi me huele auténtico. Hoy hace día de comprar artesanía en esa tienda carísima. De mojarse menos de lo previsto y empaparse enteras las ganas de pelea. De embarrarse la piel con fines terapéuticos. De ver llover con la sonrisa, de atenderte como quien oye llover. De dejarme ganar y entender que dejarse ganar nunca es una derrota aunque lo parezca. De repetirme en la cabeza "oído barra" mientras espero un relámpago que cruce el cielo. Hoy hace un día de salir a bailar con la lluvia la misma canción de tantas veces o esa canción recién descubierta. De condenarme a la felicidad efímera del no saber lo de mañana. Lo de luego. Hoy ETA ha vuelto a asesinar, sin avisos. Hoy suben los muertos en Myanmar, en China. Las catástrofes artificiales y las naturales podrían alcanzarnos fulminantes mientras nosotros aquí, nos miramos el ombligo por diversos procedimientos. Cada uno el nuestro. (nuestro ombligo y nuestro procedimiento). No se puede vivir con tanto miedo. Me niego a vivir con toda esa rabia. No estoy dispuesta a enfadarme por casi nada. Cerrar la puerta. Bajar a la lluvia. Saldremos a la lluvia, dice Manolo García. Un disco cretense. Los cretenses pintaban delfines en las paredes de sus palacios y escribían unos signos aun no descifrados (dicen que silábicos). La civilización minoica disfrutaba del Mediterráneo, del vino, de la vida efímera, de las lluvias que podrían matarnos pero en mañanas como hoy nos acarician. Saldremos a la lluvia. Yo, por lo menos, ahora mismo. Con dos lágrimas redondas embalsadas en mis conjuntivas y la canción 9 sonando. La preciosa letra de la canción 9 martilleando. Sadremos a la lluvia. A la lluvia voy. Vuelvo, empapada, en un rato. Espérenme, no llevo paraguas. P.S. Ella, la del cuadro, sí lleva paraguas. Pero me encanta. Imaginen que soy yo, que se moja lluvia de colores. Se llama "rain princess" y es de Leonid Afremov Hace ya lo suficiente del "the end" que empezó siendo un "to be continued". Pero a veces no hay nada que continuar. A veces la vida, esa cachonada, te da un sartenazo en las narices (no necesariamente un rayo partiendo nada), para que te enteres. A veces te pone la certeza delante de esas mismas narices de forma inesperada. Y lo que antes estaba bien de pronto pasa a ser mentira. Y tú, que eres de todoso o nadas, dejas algo por nada. Y estás feliz. Y te sientes mal por estarlo. Y sabes que has subido en una montaña rusa que ya conoces. Que corres riesgos, que tienes las de perder, pero estás viva. En ebullición. Aterrizajes forzosos. Despegues candorosos. Arriesguemos, hagamos las cosas lo mejor posible, aunque sea mal. Controlemos lo controlable, dejemos que nos pase lo incontrolable (pero por favor que no nos arrastre... al desastre) No nos arrepintamos aunque la química siga existiendo, aunque nada haya cambiado en el otro lado de la ecuación, porque todo ha cambiado en este lado. Y eso, ya sabemos, determina el resultado. "en días como ayer pienso que podría salir bien, después de todo y a pesar de todo" (25/01/08) Dicen los que me conocen que debería leerme mejor a mi misma, que se veía venir. Pero yo creo que las cosas inesperadas, a veces, lo transforman todo. El cuadro (...) Hay segundos en los que un rayo lo destroza todo. Hace sol, y una nube veloz cubre el cielo. Se prepara una tormenta eléctrica sin avisar. Y un rayo parte en dos el tronco de la secuoya. De un arbol centenario, gigantesco y fuerte. Lo destroza. Punto. La vida tiene esas cosas. Y por eso los "de momento". Sólo por eso. Podría saltar todo por los aires. Por cosas que ni imaginamos o por las obvias. Podría pasar. (...) La imagen Las mismas locas que se toman dos susana bombón seguidos, encendidos, ardientes, descongestionantes La imagen El satélite pasa con su cadencia de faro gigantesco dando luz y taquígrafos a lo que ocurre en nuestro mundo, y se topa de pronto, quiero creer que por azar, con una lujuriosa tormenta de arena que envía, en remolinos como embudos gigantescos, el Sahara pulverizado contra el Atlántico pulverizado. Gotas de agua contra granos microscópicos de arena. La imagen me resulta preciosa. La foto y lo que no es la foto. Las infinitas imágenes. La arena nutre al océano de plancton que a su vez nutrirá a la diezmada población del océano, permitiéndola engordar, crecer, reproducirse, si nosotros dejamos tiempo. Un poco de agua hidrata, mucha inunda. La oficina está aun en un silencio de iglesia. El atasco de hoy retrasa a los más madrugadores. Yo he pagado 1.65 de peaje. El dinero sirve para eso. 1.65 euros de paz infinita y 140 km/h. Después del amanecer más bonito que recuerdo. Merece la pena madrugar tantísimo para ver el cielo incendiarse así. Parada en una carretera de circunvalación mirando al este. Al este exacto marcado por las brújulas. Kilómetro 11, un poco antes de la curva que vuelve a orientarnos hacia el norte. El cielo parecía primero pintado por Tintoretto: todo azules y rosas. Después, el sol redondo, perfecto, naranja, empezó a levantarse y convertirlo todo en un incendio controlado. Ahora juega al escondite detrás de una nube de mentira. Y la oficina de grandes ventanales de mi edificio inteligente tiene todas las luces apagadas. Y tengo ganas de sandalias, tapas por la latina y camisetas de tirantes. Tengo ganas de pecas en la nariz. De sol y crema hidratante. La foto, claro, es de David. Una pena no tener la cámara esta mañana. Aunque conociéndome habría fotografiado cualquier desastre... Yo no tuve cuentos de hadas en la infancia. En eso puede que fuese una niña rara. Lo más parecido a un cuento de hadas que tuve fue "Robinson Crusoe" razón por la cual nunca he buscado príncipes azules, a lo mejor quería un viernes. Luego vino Almudena Grandes a terminar el cuento. Ese era mi cuento de hadas. Después empecé con la colección rojiza y dorada de Julio Verne. Supongo que esas cosas marcan. Esas cosas y una madre que sólo me regalaba libros. Muchos libros. Pero que nunca me contaba cuentos, aunque en su memoria tramposa se recuerda relatando a pie de cama. Su madre, mi abuela, hacía refritos de cuentos malísimos por pura envidia a mi abuelo. Y siempre en un hueco entre la partida y cierto programa de la tele. Era teleadicta, jugadora, y disfrutaba de la vida exprimiéndola con una pasión sorprendente. Nosotras la distraíamos Esas cosas marcan. Mi abuelo hacía literatura infantil sin saberlo. Historias apasionantes de niños aventureros que viajaban por todo el mundo. Él nunca tenía prisa. Y era capaz de incorporar a dos niñas a su único hobbie: la quiniela. La quiniela le gustaba casi tanto como estar con nosotras. Así que los domingos eran un rumor de transistor y cruces en papel de calco. Hacíamos una columna cada una. Mi hermana siempre acertaba más. El resto de los días Txiringuin se enfrentaba a osos polares, pero a nosotras nos gustaban los osos polares, así que Txiringuín se hacía amigo de los osos polares que le contaban secretos en el idioma de los osos. Las historias continuaban tarde a tarde. Y siempre empezaban con un "¿dónde dejamos ayer a Txiringuin?". Y había un acuerdo silencioso entre las partes: nosotras nos emocionábamos con la literatura y dábamos respingos en la alfombra, y nos abrazábamos mucho a él. Como si nos lo creyésemos. Fuimos aprendiendo a distinguir la literatura de la realidad. A entender que a veces las cosas se entrecruzan. Y a sumergirnos. Fuimos aprendiendo la complicidad con el que cuenta. O que yo elegí preferir indígenas de buen corazón a príncipes afectados, contadores de historias a regaladores de cosas, los juegos inofensivos y los excesos al egoísmo frío, el hedonismo al cristianismo. La complicidad sobre casi todas las otras cosas... Lo bueno. Me quedé con lo bueno. Tuve la suerte, la oportunidad y las ganas de quedarme con una mezcla de eso que, ahora, mucho tiempo después, me sigue haciendo feliz. Y la primera conversación que tuve en castellano fue con un perro. Dicen los testigos que parecía entenderme. El día anterior le había hablado al mismo perro en mi propio idioma. Supongo que pensé que ese era el problema... P.S. La foto es de Moonysun Todo se volvió loco con el dichoso 11-M. Entonces empezaron los fondos reservados para cuerpos de élite. La Interpol creó un grupo de espías especializados en terrorismo islámico. Espías como los del telón de acero. Y yo entré después de superar todas las absurdas pruebas sacadas de algún capítulo de Misión Imposible. Llevo 14 meses infiltrado en una madrasa paquístaní. Estudiando el Corán de una forma tan salvaje que estoy a punto de hacerme suicida de verdad. Hace dos semanas que nos trajeron al suburbio parisino de Clichy. Hoy es el gran día y tengo miedo. He manipulado ya un par de detonadores. Mis bombas, desde luego, no van a estallar, pero no sé si voy a poder asegurarme de que las otras fallen. Su plan dice que luego iremos a la Torre Eiffel. Donde hacen cola los turistas para subir a la cima. Se supone que todo tendría que saltar por los aires, se supone que será una masacre. Pero el plan (el mío, el nuestro) dice que alguien llegará antes a rescatarme y a detenerlos en el sentido más literal de la palabra. No sé, hace 3 días que no establezco contacto y pienso que si muriese ahora nadie se enteraría. Yo no existo, así que nadie me condecoraría, ni saldría en los periódicos, ni sería un héroe, ni habría muerto en acto de servicio. Quizá, con suerte, un titular neutro "hallado el cadaver de un español en un piso de París, la gendarmería cree que fue un ajuste de cuentas". Dice el manual que no debería pensar estas cosas, pero el manual nunca ha estado en un piso lleno de explosivos manejados por fanáticos. Llaman al timbre. Oigo de lejos que alguien dice en árabe "yo también he traído patatas" y suspiro aliviado. Han llegado. (299 palabras) P.S. El tema del taller era la primera frase dicha por Aroa después del saludo. Ella no sabía nada de la historia. La frase en cuestión resultó "yo también he traído patatas". David tuvo la idea de los espías. Xavie dijo: "lo jodido es hacerlo en menos de 300 palabras. Y yo pensé justo en aquel momento que iba a escribir un relato con la frase de Aroa, la idea de David y las normas de Xavie. Para colgarlo el jueves temprano. Aquí está. Recuerden que la frase es de Aroa, la idea de usarla como contraseña entre espías de David, las normas sobre la extensión de Xavie. El resto es mío. El relato que leí ayer era largo, naïf (por usar un eufemismo) y no tenía nada que ver con este. Bueno, sí. Alguien decía "yo también he traído patatas". El relato que leyó David era de espías también, tenía 305 palabras (creo recordar) y molaba. La foto es Mr. Potato, por supuesto... Besos con sabor a ruffles al jamón! Probamos helado de cactus. No tenía pinchos, pero era verde. Nos gustó a las 3. Sabía refrescante. Entre ácido y dulce. Sabores interesantes. Al derretirse dejaba una especie de grumos extraños, como trozos de hojas de aloe vera. Ahora todo tiene aloe vera y té verde (hasta esos chicles que ofrece mi hermana con tantísima sorna) Pero de Japón traen además helados de cactus. Y nosotras los pedimos. Y seguimos viéndonos cada poco tiempo. Y seguimos tomando más vino de la cuenta. Y seguimos dejándonos bailar el agua por camareros "gafapastas" y seguimos probando tapas raras. Y seguimos hablando así. A lo bestia de lo accesorio, con cuidado de lo importante. Dicen ellas que no puedo sentirme culpable. Que no debería preocuparme tanto. Ellas se ponen casi siempre de mi parte. Ese es el trato. Y cuando es imposible estar de mi parte nunca se ponen en mi contra. Ese también es el trato. Llevamos mucho tiempo cumpliéndolo. En "El aire" ya no hay cocteleras, pero sigue habiendo ángeles que cumplen deseos, así que lanzamos nuestros papelajos por la ranura de metacrilato. Y seis horas después del primer blanco, cuando nos hemos pasado al tequila dorado, como nuestras pieles en verano, por fin ella cuenta su parte. Esa que nosotras sabíamos de sobra, desde hace casi un año. Por fin, seis horas después, de la espita empieza a salir vapor a una presión no demasiado preocupante en cualquiera que no sea ella. Pero es ella y contar siempre es superar la anteúltima barrera. Le decimos que le cuesta contar, que le cuesta tanto contar... Y responde "pues hay algunos que en 5 años no se han enterado". Y ya no queda casi ningún resto útil de ninguna barrera. Al despedirnos, en la esquina de las calles, en el semáforo. Dice "tienes razón: si no funciona al principio no funciona nunca". Me anima a no equivocarme como ella, tragando saliva. Me empuja por la pendiente por la que de todas formas ya siento estar rodando... Hemos despertado en invierno. Eliminados pero resacosos de fiesta sinsentido. De sombrerero loco. Tengo dos maletas atestando el maletero, el coche mal aparcado, sueño, hambre, y el revoloteo del aleteo del punteo de los dedos leyendo en braille y los códigos en clave. Y entender las señales. Hemos despertado en invierno. Eliminados pero resacosos, con la ciudad llena de restos de un naufragio que no lo parece. Todo me resulta extraño esta mañana. Hay días en los que me quedo sin referentes. Y el lastre no es lo que me mantiene en tierra firme si no eso que me impide volar bien alto. Esto no es más que una tontería porque no puedo decir lo que quiero. No sé decir lo que quiero. No sé siquiera si sé completamente a ciencia cierta lo que quiero. O sí. Cuando llegué a Madrid, hace diez años, me gustaba coger el autobús hasta Atocha y ver jugar a los trileros en la esquina donde ahora se venden mazorcas de maiz. (que rima con Madrizzz) Ponían sus cajas de cartón y sus trozos de patata. Formábamos un corrillo, movían las manos veloces y yo me quedaba mucho tiempo mirándolos sonriente. Como si aquello no fuese una estafa. Como si fuese sólo una demostración de habilidad. Los miraba embobada. Fijos mis ojos en sus manos, tratando de ver los trucos, la trampa. A veces era posible. Algunas veces la uña larguísima del pulgar... Me gustaba bajar sola hacia Atocha y caminar la cuesta Moyano con la cadencia lenta que tan difícil me resulta. Con la lentitud de no ir a ninguna parte. No sé andar lento. Soy incapaz de caminar lento si voy sola y me cuesta horrores, muchas veces, también acompañada. Ese tomarse la ciudad como una carrera de obstáculos. Ese sortear gente siendo la más rápida en recorrer Fuencarral. Cruzando de acera más veces de la cuenta. Inventándome una carrera. Con el taconeo de mis botas planas que resuenan en los adoquines. Mis botas como las bolas de los trileros: mis botas tramposas que parecen de tacón y no. Que resuenan como unos estiletos. Que hacen gruñir a mi madre sugiriendo que les ponga una tapa. Hay algo que me excita en el sonido de un taconeo. En el sonido desmesurado, cadencioso y rítmico de un taconeo aunque sea de mentira. En la obligación de bailar con las caderas lo caminado. En el círculo vicioso de no saber donde empieza y donde termina todo. El eco en calles vacías, el eco en calles de agua, bulliciosas. El eco diferente de los mismos zapatos. Taconear por Moyano y clavar la punta como una bailarina frente a cualquier puesto. Revolver en relevé. A veces él me acompañaba. Con su reflex analógica que tanto le costó abandonar. Y su manía de apuntar y disparar fragmentos. De deconstruirnos cuando no sabíamos nada aún de la tortilla de Adriá. De describirnos en fragmentos infinitesimales pero representativos de nosotros mismos. Él y sus "me encanta". A él le encantaban de mi hasta mis cosas malas. Y eso es siempre una ventaja. Pero más cuando tienes 18 años, y empiezas a comprender que hay efectos en los demás que ni controlas ni intuyes. Me gustaba ir a ver a los trileros que desaparecieron después de algunos reportajes televisivos, y caminar la ciudad taconenado, tratando de ser lenta. Cruzándome con ojos que me miraban. Me veían, me recorrían. Siguen haciéndolo. Me gusta eso también de andar sola por Madrid: las miradas que me cruzo, que me cruzan. El otro día caminaba bailando Garufa. Adaptando el tango al paso. O el paso al tango. Canturreando ese diccionario de lunfardo que es la letra del tango festivo. lguien se paró, se quedó allí quieto, viéndome venir recta por una calle larga. Han pasado 10 años, no hay trileros, sigo teniendo tacones bajos que hacen ruidos escandalosos, no hay reflex, y he aprendido a intuir algunos efectos. Y tengo también tacones altos con suela de goma para robar apartamentos en la Riviera francesa, junto a "el gato". O para salir despacio sin que te enteres. Porque, aunque no te lo creas, me gustaba mirar a los trileros esconder la bola de la vista y algo se me quedó de todo eso. Un poso tramposo. Juega conmigo a lo que quieras. Juega todo lo sucio que puedas... sé de sobra dónde tienes la bolita... aunque a veces señale. Han pasado 10 años y ya no estoy de visita... Y deberías haberte dado cuenta de que algunos días elijo un cubilete sin apostar nunca nada... porqué ya te he dicho que sé de sobra donde tienes la bolita. Y hay zapatos planos que parecen de tacón y hay tacones que suenan menos que unos calcetines acolchados. P.S. Este post no existiría sin Iraultza y el paseo y el "te acompaño" alrededor de la glorieta de Atocha, que me recordó mis días de observadora de trileros. Y él es un jugador pero no un trilero, que quede claro! Ah, la foto es la Cuesta Moyano antes de la reforma! Arañar Desnudar. Morder y chupar. Besar. Mojar y abrasar. Centrifugar, Volver a por más. Girar Rodar. Gemir. Gritar. Sudar. Oler y probar. Volver a por más. Y aquí estoy, como cuando era pequeñita e iba a clase, sentada en la silla como una niña buena, con las piernas juntas en ángulo de 90 grados. Aquí estoy, descontando las horas (de momento las horas) que quedan para salir de aquí. Hay días plácidos y bulliciosos como este. Quedan menos de tres horas y media... Menos de 3 horas y media. Ya está hecho. Es fin de semana. Y te tengo tantas ganas... Ahora quedan menos de tres horas. Me he comido unos fresones dulcísimos, partidos por la mitad, macerados en su propio jugo durante una noche entera. Me los he comido delante del ordenador, con la mano izquierda. Chupándome los dedos mientras la mano derecha toqueteaba y reajustaba y comprobaba píxeles, atenta al ratón y el puntero y la pantalla, pero con una parte del cerebro concentrada en el sabor. De postre una onza de chocolate al 85% de cacao... Hay placeres tan baratos... Debería hacer una lista exhaustiva. Tengo ganas de que lleguen las cerezas al mercado. Y las quince cero cero al reloj. Ahora: descuento minutos. Lo cuelgo cuando ya hay gente poniéndose abrigos y apagando equipos... 20 grados en la calle y ganas de dar saltos. Feliz fin de semana! Ayer hizo algo muy pequeño. Minúsculo y perfecto. Algo que me tiene desde entonces con la sonrisa tonta. Probablemente este estado de "reatontamiento" me dure varios días. Nunca supe y sigo sin saber cómo lo hace. Qué don tiene para las cositas pequeñitas. Los detalles decisivos. Lo pequeño termina siendo enorme y fundamental en estos casos: para bien y para mal. Eso hago ahora. Repaso en mi cabeza eso tan pequeño que hizo y que de pronto es tan grande. Enorme. Tan grande que me coloniza entera la caja torácica y no me deja respirar. No son mariposas en el estómago. Enamorarse, estar enamorado, querer así a alguien, el "ahora que..." de Sabina, no son mariposas, es un globo hinchándose dentro, ocupando el sitio de todas las vísceras. Tomando todas las decisiones. Es sencillo, después de todo. Querer a alguien tanto es sencillo. Lo inevitable, lo que no depende de nosotros. Como el proverbio chino. Es primavera. Oficialmente o no, diga lo que diga el termómetro, para mi ya es primavera. Lo de ayer fue definitivo. Otra vez definitivo, como cuando señalaba mis deditos helados en septiembre, como cuando aquel jacuzzi era la excusa y todo empezaba a tomar forma y cuerpo. Dejaba de ser lo espeso e inconcreto del cortejo o lo que sea. Han pasado 6 meses. Volando. Tiras y aflojas, idas y venidas. Segundos en los que pensé que lo mejor era rendirse. Puede que milésimas de segundo. Días enteros de absoluta, completa, plena felicidad. Cursi, rosa algodonosa. Días perfectos que se sucedían unos a otros. Han pasado casi 6 meses y notar el globo hincharse tan enorme dentro de mi me parece sorprendentemente delicioso. Pero él no sabe. No se hace una idea aproximada de lo importante que fue para mi lo de ayer. No quiero contárselo. No voy a contárselo, me lo voy a guardar. Y me paro a pensar. Me gustaría que él tuviese también un globo dentro, y una cajita secreta para guardar cosas bonitas y puede que muy tontas. Me paro más. Estoy así, así de eufórica, de desequilibrada, de serotonínica, porque sin querer, me enseñó un trocito del globo, y abrió sin darse cuenta una caja pequeñita... Sólo eso: las cosas que nunca se dicen, parafraseando a Chaouen, pero que a veces simplemente se saben. Vengo de tomar el segundo café de la mañana. Y ha sido literatura. La camarera es una chica dulce y tranquila. La mujer que está antes que yo en la cola se ha maquillado esta mañana y deduzco que nunca lo hace porque la camarera alaba su belleza subida de hoy. No sé como derivamos hacia el amor. Y ella dice: "yo llevo 14 años con mi marido y a veces le digo que si no nos podíamos haber conocido ahora. Me hubiera gustado picotear". Tres mujeres desconocidas contándonos las vidas. Así sin más. Para nada, por nada. Porque sí. En un sótano de un edificio de oficinas. La vida gris encontrando los resquicios. Yo recuerdo el asiento trasero de un Renault fuego, un Clio con un motor de fórmula 1 que corría que se las pelaba. Y me doy cuenta de que hemos aprendido demasiado bien a leer entre líneas. A saber de qué va el rollo. J. ha firmado su paz particular conmigo. Tomando café. Sin decir que me perdona y me bendice. Pero lo sé. Seguro. Se ha cansado de mirarme con odio africano porque aquella vez le dije que me parecía una aberración permitir a cualquiera tener armas de fuego. Y dijo "quien quiere matar, mata". y dije "vale, pero que le cueste lo más posible". Y ya no dijo nada más. Hoy se ha bajado del burro como si no se bajase. Pero le he visto bajarse. Iremos a comer fuera. Beberé blanco y volverá a decir que soy demasiado fina para ellos. Tendrá razón. Pero nadie mencionará las armas, la política o cualquier tema espinoso. Volveremos sobre los coches clásicos, los condensadores de fluzo o los diálogos de Los Simpson. Pero el café de después lo compraré en el puestecito del sótano. Donde ella dirá algo que importe, como si no lo dijese. Para que yo pueda subir en el ascensor con la mirada plácida. La mascarilla de karité en el pelo. No sirve de nada. Pero le encanta. Aroa pone su cara de niña traviesa y decide que hace pellas. David la mira entre arrobado y resignado, nos vamos los dos al taller, sin ella. A un taller diezmado entre las enfermedades y los nacimientos. Kika aparece a última hora cuando ya habíamos supuesto que no iba a venir. Los relatos. La literatura como excusa para la vida, que decía Guille, o viceversa. Peter, Rebeca y yo diseccionamos una hipótesis que no es tan hipótesis, hay sonrisas de buscando a Nemo. Lo paso bien. Tan bien que me voy tarde a casa. Y eso precisamente permite que reciba justo a tiempo un sms y que vea en directo el eclipse de luna en un cielo milagrosamente despejado. "Hay que creer en los milagros mundanos de carnes a la brasa". Tiene que venir alguien a semimediocriticar a quique gonzález para que me de cuenta de lo importante que es en mi vida un músico con el que no he hablado jamás, que nunca me ha firmado un disco. Hablábamos de altares, de adoración. Y yo adoro la música que hace quique, adoro a quique por la música que hace y necesito sus declaraciones de amor exactas y perfectas "quiero malearme contigo". Quizá nunca diga "te amo" pero a veces no me cuesta decir otras cosas, plagiar al artista que retuerce sus notas con mi vida. No he dormido, me duelen los ojillos enrojecidos, bebo café en vaso de plástico, llevo los vaqueros de ayer que huelen a tabaco pero he visto un amanecer empedrado por el retrovisor de mi coche en una carretera de peaje,a 140 por hora. Y todo huele bien… y en la boca un ligero sabor a canela. El título es un trozo de la letra de "Ardiendo a un clavo" esa que Quique se resiste a cantar en directo y que sigue "... la última copa en el último bar o el veneno de lluvia"... El cuadro se llama eclipse. Está aquí Hoy me tienes harta. Los celos, los mordiscos, tus eternos laberintos. Andar de puntillas para que no oigas el mínimo crujido. Esperar a que te cambie el viento. No saber qué te molesta tanto... Hoy me tienes harta, francamente harta. Pero me he abrazado a la almohada al meterme sola en la cama. Me he agarrado como a un clavo ardiendo a esa almohada y a tus dos últimas palabras... Hoy me tienes harta, pero ya es casi mañana. 01:25:05 No es una cuestión de temperatura. No principalmente. Es cuestión de horas de luz. Fotosíntesis de vitamina D. A las 11:51 de la mañana la oficina se llena de luz. De luz natural colándose por los dos lados de la mesa. Por las dos hileras de gigantescos ventanales que un hombrecillo limpia subido en una cesta metálica.Y me llegan a la pituitaria olores que no están nada más que en mi cabeza, y a los labios sonrisas que reflejan el brillo del sol de las 11:51. Necesito formar parte de la luz, que diría Chaouen. Necesito que las noches sean cortas. Que las noches tengan la magia de lo breve que termina pero no se acaba. Sé que volverá el frío (quiero que vuelva el frío para que su temporada se alargue y pueda seguir deslizándose por pistas peligrosas). Sé que volverá a hacer frío, mucho, incluso. Alertas rojas. Pero lo peor ya ha pasado. La primavera juguetea y a mi me encanta seguir su juego de luz radiante y días que se alargan. Y estoy muy contenta esta mañana. Igual que estaba muy contenta ayer. Hoy veré la luz de las 11:51 desde otra ventana... Corrigiendo ejercicios en pijama. P.S. La foto de aquí Era mi día libre. Ayer era mi primer día libre desde el 7 de enero. O mejor era “nuestro” día libre. El miércoles tuvimos un microenfado. El más breve de la historia. Se puso irracional y yo me puse “tú mismo” que es, probablemente, mi peor estado. Y cuando estaba a punto de salir por la puerta por primera vez enfadada de verdad, replanteándome por qué demonios había renunciado al taller por él... justo en ese crítico momento vino corriendo como un loco. Histérico. A arreglar la avería. P.S. Todo esto de los mecanismos me recordó a la fuente junto al Centro Pompidou de París. Y resulta que está hecha por dos artistas que eran pareja: Jean Tinguely y Niki de Saint-Phalle y que juntos tuvieron mucho más éxito que trabajando separados... él con sus engranajes y sus esculturas en movimiento y ella con sus diseños coloridos y naïf. El dibujo de arriba es de Jean Tinguely, también. Algunas obras suyas estuvieron el año pasado en el Reina Sofía, en una exposición sobre artistas cinéticos. Hoy iba a escribir sobre “Los crímenes de Oxford” (la peli). Pero no. No, porque hace sol, hace avance de primavera. Porque he comido una ensalada deliciosa, porque he salido corriendo, con una onza de chocolate negro entre los dientes, porque he venido conduciendo en un atasco con las ventanillas bajadas, escuchando a Danza Invisible en la radio, porque el chocolate se me deshacía en la boca. Porque Jorge, el camarero de la cafetería al que hacía dos años que no veía, se ha sorprendido cuando he pedido el café con leche en lugar de cortado. Porque mis alumnos están en un descanso (pausa para publicidad), porque les acabo de soltar un rollo sobre correcciones a su práctica y me escuchaban atentos y motivados, lo que le permitía a mi ego pensar que hago un buen trabajo (aunque la experiencia me dice que ellos son buenos alumnos). Porque he pensado que son ocho grupos ya. Ocho grupos de 15 personas a las que he intentado enseñar algunas cosas. Algunas de las pocas cosas que sé. Me gusta muchísimo dar clase a adultos. Y eso, cuando doy clases, se me nota. Porque anoche fue una noche estupenda. De planes, de risas, de él y su nuevo corte de pelo igual de bandarra que el anterior y sus maneras de siempre. Porque el jueves pinta cada vez mejor (aunque cada vez me de más rabia perderme el taller). Porque mi horario es un caos, mi sistema de coladas ha dejado de funcionar y exige un cambio si no quiero quedarme sin calcetines de alegres colores para la clase de body balance, porque voy como una loca a todas partes pero hoy estoy contenta, tranquila, en una paz como de salir de una piscina después de nadar 2 kilómetros… Solo por eso. P.S. Tengo respuestas a comentarios pendientes… no me olvido. Pero necesito TIEMPO (siguen sin venderlo en El Corte Inglés, ¿verdad?) Y la imagen... la improvisación 31 de Kandinsky... No te veo y lo nuestro me resulta virtual y agónico. Se reía con carcajadas estruendosas, pero inertes. Con una risa de loca. Incomprensible e inexplicable. P.S. El título parafrasea una obra de Chomsky que se llama “Dos horas de lucidez”. Y el cuadro es de Carlos G. Domínguez. Se titula “Histoire 06” Presentí algo grande para 2007 . El año pasado sugerí que quizá pronto los ojos volverían a brillarme como hogueras. Y aquí estoy. Con una especie de sonrisa perenne colgada de las comisuras de mis labios, iluminando el alrededor. Aquí está mi aura morada creciendo y ensanchándose, reflejando la luz de su aura multicolor. Sus ojos oscuros, y a la vez con esa claridad como transparente, enromes, gigantescos cuando me miran. Sus dientes blanquísimos. Su carcajada. Me encanta escucharle reír a carcajadas. Le provoco la risa continuamente, porque quiero verle estallar así. Es fantástico. Como meterse en un aspersor una tarde calurosa de verano en la ciudad. El microcosmos se reduce y se contrae para pegarlo más a mi. Su piel y mi piel. Dicen los testigos que estamos más felices cuando estamos juntos. Más ligeros. Los dos. Yo doy fe de la parte que me toca y deseo profundamente que a él le pase lo mismo, que a él le pase exactamente lo que parece pasarle cuando yo aparezco. Me hace feliz, me cura la tristeza, ha secado ya algunas lágrimas, bastantes lágrimas. Entiende mi vehemencia, mis excesos. Me mira gesticular como hipnotizado y yo pagaría por saber qué se le pasa por la cabeza. Pero no le pregunto nada... Me hace feliz, sí. Quiero que se quede, que esto siga creciendo, que siga contrayéndose, pegándonos más el uno al otro. Quiero que dentro de 366 días siga siendo uno de los protagonistas de mi vida. Porque a lo mejor, si dentro de 366 días no se ha cansado de aguantarme, no se ha agotado de hacerme feliz y no ha perdido la capacidad de reír a carcajadas con mis idioteces, a lo mejor entonces, o puede que un poco antes, le abriré la puerta de este rincón que me guardo. Esta cajita de hojalata virtual con secretos. Donde escribo cosas que todavía no sé como decirle, aunque ya haya aprendido a decirle otras muchas. Aunque ya haya vencido el miedo de confesar, de enseñar lo evidente, lo que de todas formas ya se me nota. Porque se me nota mucho. Muchísimo. Y además de él siguen estando alrededor los amigos de siempre, y 2007 me trajo también nuevos amigos. La gente importante que me mejora la vida, que me hacía feliz antes de que él apareciese, y sigue haciéndome feliz ahora. Después. Espero que siempre. Un año bisiesto. Dicen los supersticiosos que en los bisiestos uno recoge lo que sembró en los años anteriores. Les deseo a todos feliz cosecha: salud, dinero, amor, suerte, fuerza, ánimo, paciencia, calma, éxito... Que recojan lo que sembraron. Y lo que no sembraron: esas semillas que el azar, el viento, la naturaleza, los pájaros, las abejas y otros insectos, transportan, polinizan, abonan, riegan y hacen crecer lustrosas. Les deseo feliz, abundante y sorprendente cosecha. Buen año. (y ya saben, pidan un deseo pequeñito, háganlo realidad, luego búsquense otro y otro y otro: pequeños objetivos, como dicen mi hermana y Guillermo Ortiz. Sean ambiciosos: aspiren a muchas pequeñas cosas... todas las pequeñas cosas que hacen que las cosas grandes tengan algún sentido) P.S. Los fuegos artificiales de año nuevo pasado frente a la ópera de Sidney, porque sigo sin poder trasladar mis propias fotos a la carraca de ordenador (MI TC: Tonto computer) y porque a mi hermana seguro que le gusta la foto y porque allí es donde primero se encenderá el luminoso con el numerito... concretamente 10 horas antes que aquí... Necesitaba un masaje. Pero uno de verdad. Uno medicinal y curativo, sin juegos previos a nada que no fuese un sueño largo. Reparador. A medida que los tendones volvían a su ser y los músculos se relajaban, sus párpados se hacían más pesados, las puntas de los dedos hormigueaban y los gemidos mezcla de placer, alivio y dolor, iban haciéndose más tenues. P.S. Buenos días a todos!!! Qué les parece???? Qué diría mi madre si se enterase de que acabo de salir de la cama... Esto es pura decadencia... O son mis dos días libres. No he estornudado (ya soy famosa en la oficina por mis estornudos encadenados, como los éxitos en La Gramola) y creo que voy a llegar tarde a la cita para comer-comprar regalos de dentro de un rato. El iconito me parece graciosísimo, qué quieren que les diga. Tengo por ahí una foto de una espalda sobre la que se vierte chocolate líquido, mucho más sugerente, quizá, pero este dibujito me parece estupendo, como un letrero indicando cuál es el servicio de señoras o la salida de emergencia (por qué siempre que digo “salida de emergencia” me viene a la cabeza el mismo chiste??). Volviendo al tema, estoy pensando bajar a la copistería e imprimirlo, plastificarlo y colgarle una cuerda, para convertirlo en una especie de cartelito de “No molestar”: “profesionales masajeando”. Sigan disfrutando (sigue siendo una imposición, y si se saltan la cadena de mando ordenaré un código rojo) Ninguno de los dos hicimos la cama en ningún momento del día. P.S. La cama es de Zara Home. Quizá la hayan visto en algún escaparate (yo la fotografié jugándome el tipo en un centro comercial). A veces aparece en la pantalla de mi móvil cuando recibo una llamada. Es una de mis idioteces... No me hagan caso. Hoy adán tentó a eva con una manzana roja, pater dio su bendición al pecado no-original y el baile salió desastroso... Hoy, como todos los martes, ha sido un día delicioso (como la manzana roja). Creo que me enamoré de tu yo de antes, de eso que asomaba solo un poco algunas veces. Pero no podía soportar lo que eres ahora. También te cambió el brillo en los ojos, la manera de tragar saliva, la forma de enfrentarte a las heridas. Decidiste evitar las cicatrices, no querías cicatrices. Carne viva. Todo el rato las heridas abiertas. Eso es lo que querías. Eso tuviste. Dolor autoprovocado. Supongo que pensabas que las cicatrices eran marcas imborrables. No te diste cuenta de que sólo significan heridas curadas. Heridas curadas... ¿No lo entiendes? Me miras sin comprender nada. Porque estoy llenita de cicatrices, por todas partes. Porque fui arrastrándome por todos los campos de batalla que quise, atravesé todas las alambradas, me metí en todos los jardines de espinos, porque jugué a los juegos que me interesaban, me lancé por los toboganes, subí a las alturas. Porque corrí todos los riesgos, disfruté de todas las cosas que me apeteció disfrutar. Porque viví todo eso sabiendo que podía dolerme. Que en algún punto del proceso algo de todo eso iba a dolerme. Y me tiré de cabeza a la piscina de agua helada. Me llené el cuerpo y las demás cosas de rasguños. Sangré mi sangre roja, líquida, mi sangre médicamente mala. Mi sangre donante universal-receptor único que, sin embargo, es demasiado pobre para donarla a nadie. Porque yo le consumo los recursos desde dentro. Manó sangre roja de todas las heridas y las dejé curar. Con paciencia. Las ayudé a curar, con dulzura... Ahora repaso las cicatrices con mis manos, como un ciego leyendo en braille. Repaso cada erosión, cada marca, todas las erosiones, las infinitas marcas que la vida me dejó y sé que no perdí nada. Porque sigo gustándome en las fotos, sigo siendo yo. La de antes, pero sabiendo lo de ahora. La de siempre. Aquella niñita a la que le brillaban los ojos como hogueras, que hablaba de lo que le gustaba con esa pasión arrolladora, cómica en alguien tan menudo. Porque sigo siendo esa misma, igual de apasionadamente cómica, de luminosa, de optimista. Igual de arrolladoramente infantil. Sigo siendo la misma, la que es capaz de tenerte lástima porque sé que tu perdiste mucho más por el camino. La que es capaz de tenerle lástima al que intentó lastimarla. P.S. Es un texto de la nevera. Voy a sacar cosas de la nevera esta semana de agenda tan llena. Pero este texto iba a salir de cualquier manera. Porque Robel dejó un comentario en las playas de Siberia. Y yo entré a su blog por cotillear, para saber quién era, qué contaba en su microcosmos virtual. Me encontré un poema sobre heridas y cicatrices que me recordó este texto de arriba. He dudado mucho con la imagen. Este cuadro lo ha pintado Alicia de Miguel, se llama “Charlie sonrisas” y es el retrato de un hermano suyo con retraso mental profundo. Son dos ancianos de esos que han vuelto de Benidorm para pasar las fiestas navideñas con sus hijos y nietos. Él acaba de subir al vagón. Ella lleva, al menos, dos paradas sentada. Él ocupa el hueco libre a su lado y le sonríe a ella. No es que sonría, es que le sonríe a la mujer, que responde coqueta, con los ojos glaucos, como la vieja sirena, y brillantes y burbujeantes. Él tiene buena facha. Es un hombre bronceado, canoso y pinturero. Conversan en voz baja de hacerse confidencias y se ríen en voz alta de adolescentes a la salida del instituto. Disfruto viéndolos coquetear durante 6 paradas. Luego, el hombre se baja y ella comenta con su marido la situación. Tiene gesto risueño aunque los ojos le brillan menos. El esposo ha observado la escena desde el asiento de enfrente sin mover un músculo ni cruzar el más mínimo gesto de complicidad con la mujer de los ojos glaucos. Y yo quiero que el hombre pinturero y la mujer burbujeante vuelvan a encontrarse, y se hagan amantes. Para que a ella le brillen así los ojos todo el rato. P.S. La foto es de David, al que ya hasta le hago encargos (a mano armada, los encargos). Pero esta no es un encargo, es un hurto, la colgó hace unos días. He llegado a casa de mis padres antes de las 6. Con el sol todavía brillando. Los pájaros convirtiendo la ciudad de provincias en un bucólico decorado y el otro ritmo de todo el mundo. El ritmo que no es loco e irrefrenable. He tardado una hora en darme cuenta de que sigo pasada de revoluciones, he tardado una hora en salir de ese Madrid virtual de estrés y carreras, o de conseguir sacarlo de mi. Una hora para dejar de desesperarme en las escaleras mecánicas subiendo del supermercado. Algo me rondaba la cabeza durante todo el viaje y no me daba cuenta del cambio de amplitud de onda, demasiado concentrada en mis tonterías. He llegado y la casa estaba vacía. Hacía años que no llegaba a esta casa vacía, creo. Siempre hay alguien esperando, mirando la hora, poniéndose nervioso, temiendo accidentes mortales. O jugando al solitario. La casa estaba sola, luminosa. Olía a primavera de mi adolescencia. La calle ruidosa, las fiestas de ese colegio de monjas al que nunca fui. Pero sí fui a su verbena. Dentro de un rato es la noche de fin de fiesta y los niños corretean nerviosos ya, me suena tanto su estado burbujeante... Y vinieron todos los recuerdos de golpe. Hace 12 años de aquella noche. Doce años ya. Y me acuerdo como si fuese ahora mismo. De la ropa que llevaba todo el mundo. La colonia que usaba, mi corte de pelo, aquellos twins de camper que me gustaban tantísimo y que mi madre me compró para alguna celebración que no recuerdo. La música que sonaba. Y sobre todo su mirada virgen extra, aceituna pura, verde auténtico, el verde más verde que he visto en mi vida. Bailamos después de uno de sus complejos planes de ataque. Encontraba formas muy complicadas de hacerlo sencillo y a mi me gustaba esperarle paciente, verlo venir sonriendo. Teníamos el pavo en pleno apogeo todos, brillo en los labios, cigarrillos a escondidas. Grupitos de chicas, corrillos de chicos, risitas tontas. Vasos de sangría. La sangría no parecía alcohol a aquellas monjas. Pero sí a nuestras ganas de mareo. Más risitas tontas y un cambio de pareja estudiado y absurdo. Yo fingiendo que no me enteraba. La piel brillando con la misma intensidad que aquellos ojos. Y mis pendientes de diodo-led que él hizo de broma en el taller de tecnología, que me regaló de broma en aquella clase de lengua donde nos castigaron por hablar y empezamos con las notitas y las manos por debajo de las mesas, esos pendientes que yo me puse de broma y ya no me quité hasta que se rompieron. El brillo de labios era azucarado, pegajoso, de malísima calidad y con sabor a mandarina. Aquella noche hice esfuerzos para no comer esa especie de mermelada untuosa, porque todo tenía que brillar como las luces del patio de ese colegio. Como sus ojos. A la hora de cenicienta no perdí el zapato. Él estaba asomado desde aquellas escaleras, yo me despedí en la distancia, corriendo. Sabiendo también que la silueta en la ventana era mi padre y que llegaba tarde. Me giré un segundo antes de salir por la verja. Y sus ojos brillaban muchísimo, más que nunca, aunque a mi ya no me quedaba ni rastro del brillo de labios. Gritó “hasta luego” y nuestro código de despedida. Y me miraba así. Nunca he olvidado aquella mirada, ni mi forma de caminar, ni la ropa que llevaba, ni ninguno de los olores. Después, tiempo después, me asomaba a la terraza del sexto piso de mis padres y le veía a él en las escaleras. Le veía a él aquella noche, hasta que las pintaron de otro color y ya no me hacía falta verlo en aquellas escaleras, detenido en sus 16 de “chico mayor”. Un día de agosto, años después, fui a recoger mi falda con bolsillos, mi falda favorita, y me lo encontré por la calle. Nos contamos muchas cosas. Seguía teniendo los ojos más verdes. Sigue teniéndolos. Seguía encontrando formas muy complicadas de hacerlo sencillo. Aunque hubiesen pasando años. Y yo me alegré igual que me alegro ahora de que forme parte de mis recuerdos, del tiempo de la felicidad, de esos ratitos de felicidad que duran todo lo que podemos. Aquella no fue la mejor noche que recuerdo. Pero fue una de las mejores... Ahora la casa está ruidosa. Andan gritando. No sé qué pasa. Intendencia para un viaje familiar. Los viajes familiares son ejercicios militares. Y yo tengo cara de estar en otro mundo y no he sacado el vestido azul y blanco de la bolsa, no lo he colgado en la percha para que recupere esa forma tan bonita y suene el frufru cuando camine. Suena la música en la calle. Pero ya no estoy en 1995. Esto lo escribí en mayo, no sé por qué lo recupero hoy, quizá porque vengo de allí, porque aunque no estemos en 1995 sigo mordisqueándome el interior del labio. Y aunque quizá debería preocupare, lo cierto es que no estoy nada preocupada... O dicho de otra manera. Delibes en el suplemento semanal del grupo correo: “la felicidad completa no existe: si no tienes quieres, si tienes temes perder”. Supongo que tengo el miedo justo, el que hay que tener cuando hay cosas que perder... P.S. El título es un verso de "Día de feria" (ya saben, de Quique González) y la foto... unos twins de esta temporada. Los mios eran de ante y por aquellos entonces eran una novedad revolucionaria. Hace más de un año de aquel sábado lluvioso. Y hoy es domingo. Pero tristeza vuelve a sonar a todo volumen en mis orejas, retumbando por todo mi cuerpo, estremeciéndome. Porque la primera vez que bailé esta canción fue con el dueño de los ojos marrones, que se pegaba mucho a mi por causas técnicas y escuchaba la música que salía de mis auriculares, que se escapaba de mis orejas, la que no llegaba a retumbarme a mi, y le retumbaba a él. Y la luz tardó demasiado poco en volver. Y el sábado yo me acordé de aquel día frío, porque todo era una especie de “Deja vu” extraño. (...)Estaba buscando una manera de confesártelo. Estaba intentando encontrar algo que decirte. Algo que no sonase a lo de siempre. A más de lo mismo. A la vieja historia con nuevos personajes. Estaba buscando la originalidad con todas mis fuerzas. Y entonces me di cuenta de que la vieja historia estaba bien. Era perfecta como lo había sido siempre. Funcionaba. No voy a engañarte. No tengo nada de particular. Soy como cualquiera. Me gustan las cosas sencillas: remolonear en la cama, la primavera, los días soleados, el sonido del mar enfurecido, algunos olores, escuchar música, hablar contigo. Las duchas para dos, los baños de espuma... No voy a disfrazarme de ninguna cosa, no me pondré máscaras. Queda mucho para carnaval. Soy como todo el mundo. No me gusta que me griten, que me engañen, sentirme traicionada ni utilizada. Antes odiaba mis manos y mis piernas, pero ahora me gustan las dos, a pesar de no ser exactamente bonitas. Me gustan mis manos porque son pequeñas, absurdamente pequeñas para mi, como mis pies casi perfectos. Me gustan porque se mueven todo el rato, para que nadie se fije en que no son bonitas. Y me gustan mis piernas porque son fuertes, porque me mantienen en pie, porque si me pongo de puntillas se notan los músculos con precisión. Porque puedo estirarlas mucho mucho, puedo hacer la flor de loto, también. Son elásticas, flexibles, ágiles, a pesar de tener los gemelos como un futbolista de élite. O a lo mejor por eso. Y sobre todo me gustan mis piernas desde que tu las aprecias tanto, con tanta convicción. Esas cosas ayudan. Todavía recuerdo el día que nos conocimos. Tu no tenías que haber venido, era una cena para viejos amigos. Y apareciste con tus ojillos inteligentes. No se lo cuentes a nadie pero me gustaste desde el primer minuto. Y yo le gusté mucho a tu compañero de piso. De eso también me di perfecta cuenta. Pero tu no te habías enterado de nada, así que tenía una cena de margen. Una cena para conseguir que te fijases en mi. En la cobarde que juega al autoengaño como nadie y convierte lo inequívoco en algo confuso y razonable, mientras dentro bulle lo irracional, lo inexplicable, lo inevitable... No sé muy bien cuál fue el proceso, pero lo cierto es que salimos de aquel restaurante en la cava baja caminando demasiado cerca, y yo no me estaba pegando a ti, yo me estaba esforzando por no pegarme a ti, por no lanzarme encima, porque yo no quería tener ganas de lanzarme encima de ti. Aquello, repetía en el servicio de chicas, era una tontería de sábado noche, y pedía prestada una barra de labios marrón. Yo, que nunca llevo barra de labios en el bolso. Cuando te conté aquella historia sobre los niños de hoy en día y me paraste ahí, en medio de aquella calle empedrada, se encendieron todas mis alarmas, y el impulso de salir corriendo, el impulso de quedarme. El impulso de dejarme arrastrar por ti donde me llevases. Todos los impulsos volviéndome loca, batiéndose a punto de nieve. Me gusta como me miras. Justo como aquella noche, como si siempre estuvieses descubriendo algo mío. (...) P.S El cuadro es de Robert Delaunay, se llama "Contrastes simultáneos, sol y luna. Está, claro, en el MoMa. Estos días la luna se queda media mañana, compartiendo el cielo con el sol... Me sigue sorprendiendo verla tan baja, tan completa y con un cielo tan azul de fondo... P.S. En un par de días completaré este post con la hoja de palabras recortadas del periódico (de lejos parecía un anónimo amenazador de peli yankee, pero de cerca era un reto interesante...) Lo de arriba es lo que salió de las palabras. Y podría haber sido un post de cuando Spade y yo andábamos jugándonos el amor y sus sucedáneos al poker... pero no. Es de ahora, que no me apetece largarme, aun no, porque todavía no tengo la sensación de estar en una partida contra nadie... Y espero no tenerla... P.P:S. Son 12 palabras o frases. Invito a un café al que más acierte!!!! (abstenerse asistentes y familiares de asistentes. Bases ante notario) Va, en serio: alguien juega??? El invierno nos ha sorprendido al hombre de la manta rosa y a mi. A los dos nos ha llegado por la espalda y sin avisar. Él duerme, o lo intenta, en el hueco semiseco que dejan unos balcones demasiado estrechos. Probablemente los balcones más estrechos de todo el barrio de Salamanca.Yo tengo más suerte, llevo abrigo, un trozo de lana al cuello y botas que mantienen mis pies todo lo calientes que mis pies pueden estar. Yo tengo más suerte también porque anoche puse la calefacción un rato antes de meterme en la cama con colchón y no cartones. Hoy ha vuelto mi insomnio. O una nueva versión de mi insomnio: me dormí relativamente pronto pero a las 5 de la mañana saltaron las alarmas y desperté perfectamente consciente, incapaz de volver a cerrar los ojos. Dicen que ha nevado. Yo he visto granizar durante un minuto, me he mojado bajo la lluvia, he bebido dos cafés del Starbucks en los vasos rojos de las navidades y mientras los compraba, en la tienda sonaba el CD de villancicos y un camarero argentino decía estar “hasta el orto” de la musiquita. No le queda mili al pobre, ni nada... Hoy nos ha sorprendido el invierno a todos. He vuelto a enamorarme de un Madrid lluvioso que escurría como una pared recién pintada. He bajado desde Avenida de América hasta Atocha caminando como si no fuese a terminar empapándome.He llegado a casa hace un rato. Aun más mojada. Ahora tirito de frío, de destemple, de vaya usted a saber qué y tengo mucho sueño. Muchísimo.Pero hoy pasó algo raro... Una especie de cruce energético de almas gemelas... Ella y yo nos sonábamos mutuamente, como de conocernos de algo. Nos hemos hecho un resumen de nuestras vidas: es de Cádiz, lleva un año en Madrid, no ha estudiado ni trabajado en ningún lado que yo conozca, vive en un municipio al norte, no sale de copas por los mismos sitios que yo frecuento... Pero las dos nos conocíamos. O teníamos esa sensación. Creo que en el fondo nos parecemos bastante y quizá sea solo eso: a las dos nos gusta mucho enseñar, las dos funcionamos a un ritmo rápido que agota, las dos hemos coincidido en que aquella mujer vocalizaba como Terelu, las dos tenemos el pelo rizado, con rizos grandes, aunque ella se lo tiñe de rubio, somos miopes... Ha sido raro y divertido conversar viendo llover, como si nos conociésemos de toda la vida. Madrid tiene algo de ladrón de enchufes... y me encantan estos cruces de líneas eléctricas.... Quizá nunca la vuelva a ver (no en esta vida) pero... Madrid tiene también un don para propiciar infinitos encuentros casuales.... así que voy a confiar... Anoche, somnolienta. Me harté de pelearme con blogia. Ahora lo leo y suena perezoso, como si me arrebujase bajo el nórdico... Así que no pienso corregir nada... La foto de aquí (ante la imposibilidad de transferir las fotos de mi móvil al ordenata) Yo estaba en un banco del Paseo de Recoletos. Era tarde, por la noche, y una punzada insoportable en el costado izquierdo me obligó a pararme, a sentarme. Entonces llegó él, un cubano cincuentón y barrigudo. Con una de esas barrigas caribeñas de haber disfrutado de la vida a pesar de todos los pesares.Se sentó junto a mi y pronto comprendí que estaba paranoico. Un fan de la gigantesca teoría de la conspiración universal. Un actor protagonista en su propia película de espías. Fidel Castro lo perseguía a él desde hacía años. Los hombres de Fidel le habían insertado un “chid” por la noche. Por eso tenía una herida en el antebrazo que no recordaba haberse hecho nunca. Lo seguían y estaba dándoles esquinazo. Conversar conmigo me ponía en peligro, pero yo era tan arolladoramente bella que no había podido evitarlo. Comprendí perfectamente. Lo mismo le pasa a James Bond en todas sus aventuras. Entonces me contó que Fidel Castro ya había muerto. En Madrid. En nosequé hospital privado. Lo habían traído para salvarlo pero no había sido posible y ahora todos ocultaban su muerte mientras su hermano Raúl organizaba “la sucesión”. “El de las fotos con el chándal es un doble, señorita, créame lo que le digo. Es un doble y yo lo sé y han muerto las dos enfermeras que me lo contaron. El siguiente soy yo. Por eso huyo, por eso llego tan tarde a casa y mi mujer se enfada. Y mire que yo lo hago por protegerla: cuando me pisan los talones los despisto entrando en un bar hasta que se marchan”. Sonreí pensando que el conquistador tenía una esposa de las de bata y rulos, una de esas esposas regañonas que consentían, en cambio, las salidas de su marido a pesar de las quejas.Por pensar aquello me perdí la primera parte de su advertencia, aunque llegué a entender que ahora yo también tendría que pasarme la vida huyendo, porque sabía que Fidel está muerto. Estuve tentada de contarle que de todas formas ya pasaba la vida huyendo porque había visto a Elvis echar gasolina en un área de la A2, dirección Barcelona. Pero no supe cómo lo encajaría y preferí callarme cobardemente. El pinchazo en mi costado había desaparecido y yo seguía llevando un vestido de noche y unas sandalias de vertiginoso tacón. Seguía teniendo que llegar a una fiesta de presentación de un perfume y escribir un reportaje absurdo sobre los mejor y peor vestidos o peinados, con preguntas ridículas y pesudo-ingeniosos juegos de palabras en torno al evocador nombre del perfume. Así que me despedí amablemente del paranoico, caminé deprisa subiendo por Jorge Juan, torcí en Lagasca y entré en aquel sitio de diseño donde los canapés eran minúsculos pero deliciosos y todos los cócteles tenían color verdoso, como el frasco del perfume. Hoy, al ver la entrevista a Fidel, me he acordado de aquel hombre y de su “chid”, pensando que a lo mejor era mi “garganta profunda”, mi posibilidad de ganar prestigiosos premios, peor mi olfato periodístico, atrofiado por perfumes lujosos, pensó que sólo era otro loco con delirios más.Esta noche se inaugura una discoteca. Yo he cargado la batería del minidisc y he “preparado” tres interesantísimas y polivalentes preguntas: “bueno cuéntanos”, “qué tal todo” y la infalible “cómo se presenta el otoño??” Seguro que el disidente cubano encontraría algo interesante que responder y puede que incluso más cierto. P.S. De mi ex cuaderno. La foto estupenda es la primera instantanea cubana de Rub, la podéis encontrar aquí. Además de fotos de Cuba hay atardeceres en el Algarve, y puntos de vista del puente de Brooklyn... Dad un paseo... P.P.S Blogia boicotea-ataca de nuevo. Siento las molestias (que también padezco) Que no era para tanto ya lo sabíamos los dos. Que este videojuego tenía muchas rondas era algo que incluso tú empezaste a comprender temprano Que en las pantallas finales siempre te toca perder a ti es una ley insalvable, impepinable, interesante Que me suenas a hueco es algo tan evidente que no necesito siquiera decirlo en voz alta y hacer eco en tu caja torácica. (hueco eco eco eco...) Que me importas un cuerno no tiene nada de cierto, los cuernos me importan más. Que el mundo en que no estás es idéntico al mundo contigo es una novedad que me sorprende y me asusta Que sigo en tu cabeza permanentemente, que sigo en tu bolsillo sin saberlo es una certeza que ahora manejo... Que me haces sentirme poderosa cada vez que me doy el lujo de no ser cruel me hace tener cuidado con mi ego... Y llega el monstruo final y no me das ningún miedo. Tengo todas las armas, los escudos, las pócimas, los atajos de teclado y un librito con los trucos que dice exactamente donde tengo que dar para que un solo golpe sutil y leve desarme a la bestia...Al final no eras tan grande, o no importa el tamaño... importa el punto preciso P.S. De mi ex cuaderno. La imagen es de Super Princess Peach, un jueguecillo derivado de Super Mario donde la princesa cursi-rosa ataca con su paraguas y tiene armas relacionadas con su estado de ánimo. Una especie de armas hormonales: si está contenta vuela, si está enfadada lanza fuego... En Super Princess Peach los monstruos finales se llaman “jefes”. Me gusta mucho la metáfora tontísima del videojuego como muchas cosas... un día tengo que contarles a la bazofia de juegos que me llego a enganchar algunas veces... Hoy hizo crack. Tardaba la catástrofe. Y como las buenas catástrofes ha aparecido de improviso y por donde menos la esperaba. Contemplaba la posibilidad de ver un suspenso junto a mi nombre y tomar la decisión irrevocable de suicidarme en cualquier variante. Veía harto probable que empezase a torcerse mi certeza luminosa con él. Son ya casi 3 meses y sólo ellos 2 superaron la barrera de los tres meses sin empezar (o seguir) con las estupideces, los juegos de poder y las demostraciones de fuerza con puñetazos metafóricos en las mesas. Esas cosas que me desinteresan casi automáticamente. Contemplaba también la posibilidad de que las mariposas dejasen de aletear, el globo se pinchase bajándome de un porrazo al mundo real sin caballeros andantes que esperan a princesas republicanas.Preveía racionalmente todos esos desastres. Y todo se ha roto, en cambio, por el lado más resistente. Ella. La cómplice de correrías, el paño de risas, la reina divina está jodida y sin ganas. NO puedo, no sé ayudarla. Y de pronto todo lo que tengo, lo que podría llegar a tener, brilla mucho menos. Porque la gracia era celebrarlo con ella, la gracia era disfrutarlo con ella. La gracia era falda tubo con ella, BB-38 con ella, un SPA con ella, un restaurante prohibitivo con ella, bailar salsa hasta que nos doliesen los pies con ella... La impotencia me entristece y me pregunto también cómo va a aceptar él que haya llegado el mundo real borrándome la sonrisa sin avisar. ¿Será capaz el caballero andante de aclimatarse a la nueva temperatura?Y todo podría de pronto estropearse. Como un efecto dominó, como un suflé que se desinfla, como dar la vuelta al decorado o descubrir las trampas del mago.Hoy más que nunca necesito eso que él hace... Pero sobre todo necesito no tener que pedirle nada... (En el tren, camino de Atocha, para un café rápido que me supo a poco...) (Ahora):Es tardísimo. He vuelto a casa robándole a Benedetti eso del “jodido y radiante”. Jodida y radiante, tal vez más lo primero que lo segundo.He llegado tarde a nuestra cita tácita. Hoy que es martes. El día en que él come cualquier cosa de pie para llegar a tiempo a verme(nos) bailar. He entrado corriendo pero ya no estaba. Y me ahogaba allí dentro, sin él alrededor.He sentido deseos irrefrenables de salir corriendo a buscarlo, pero he mantenido el tipo, he contenido las ganas esperando desconcentrada, fallando en todos los giros, en todos los cambios. - ¿Qué te pasa? - Me he torcido el tobillo - Ya, pero no es eso Y dos lágrimas redondas y gordísimas han bajado rodando por mis mejillas. Dos. Y su voz potente susurrando ese “eeeeeeh” tan tranquilizador. Meciéndome. Haciendo honor a su nombre en clave. Porque nosotras somos muy buenas para los nombres en clave.Y no ha hecho falta pedir nada ni explicar nada. De momento hemos sobrevivido a la primera dosis de realidad (mi realidad torcida) sin problemas. Como si fuese capaz de comprender perfectamente incluso lo que no digo. Llevamos más de un año haciendo una especie de danza de cortejo extraña. Los dos. Y eso tiene que notarse. Pero no creo que haya comprendido lo importante que es para mi el día de hoy. Lo fundamental que es él en mi vida. Ya. Tan pronto.Y sé que si tratase de explicárselo con mi jaleo de palabras y mis manos agitándose me cortaría con una de sus ironías, como aquella primera frase inolvidable que me dijo en septiembre pasado. Y se quitaría méritos, y diría que no hay nadie tan hijodeputa como para ver mal a otro y no intentar hacerle, al menos, sonreír.Y yo habría tenido que decirle que me vienen a la cabeza algunos ejemplos y habría tenido que decirle también que la razón por la que estoy enamorada de él (porque eso es lo que pasa, por cursi que suene) es probablemente porque es tan buen tío, tan seguro de sí mismo a pesar de su infinita timidez, tan irónico, tan educado, tan dulce, tan cariñoso, tan travieso, tan sexy, tan comprensivo, tan guapo, tan todo... Poco a poco. Dice que poco a poco. Que respire, que poco a poco. Y retrasa su hora de acostarse para consolar mi impotencia. Para dejarme llorar las lágrimas que me he tragado hoy. Porque son indigestas. Mañana seguirá ahí, mejorándome el día. Y yo seguiré ahí también, inútil, tratando de encontrar la manera de hacerla sentir mejor. Aunque sea una micra mejor. Hoy es mundo real por primera vez en tres meses, pero él sigue siendo capaz de llevarme en volandas a la nube. Y quiero que dure. Y quiero que se quede. Y quiero que pronto ella vuelva a estar bien. A ser ella. Para que el mundo entero sea nube... P.S. La foto es de David. Tiene muchas fotos bonitas del cielo, la verdad, y me ha costado decidirme, pero como hay más días que panes ya habrá ocasión de seguirle robando-tomandoprestadas otras... A los que llegaron hasta aquí en esta página de diario adolescente larga como un día sin pan... Gracias por la paciencia! Esta noche me he peleado con el camisón soñando contigo. Debería habérmelo quitado, pero estaba leyendo extasiada y el vecino fumaba en la ventana y luego rodé por la pendiente del sueño y el libro hacia el suelo. Sigo sin saberlo. Soñaba contigo, me rodeabas sutil, como lo rodeas todo. Sutil y poco obvio. Y calmado pero intenso. No sé lo que quiero. Tú tampoco. Así que seguimos trenzando los cordones igual que se enrolla el camisón alrededor de mi cuerpo dejándome medio desnuda. Medio amortajada en vida. Maldito tirante. Me revuelvo, me agito y las palabras caen como gotas o como joyas. Caen sin tortura. Sonrío en medio de la batalla. A lo mejor sólo te echo de menos de esta forma extraña y debí haberme quitado el camisón para soñarte con calma. Somos dos cautos calculando riesgos. Hay un día, de pronto (como si se hubiese dado una orden global) en que se encienden las chimeneas y la ciudad comienza a oler a combustibles quemados disolviéndose en el aire aparentemente ligero y transparente pero peligroso, capaz de colarse por los rincones más minúsculos, por las rendijas, y craquelarlo todo hasta hacerlo saltar por los aires como un cristal que estalla. Acotación al margen: La fierecilla necesitaba un folio para escribir en su viaje de autobús. Pero yo sé que es prácticamente imposible escribir en un folio subida en un autobús en marcha, y sé también que cuando uno tiene sólo un folio acaba necesitando varios. Así que cogí mi cuaderno de profe, le arranqué las páginas escritas y se lo dí anémico y casi sin hojas.Las cuartillas arrancadas quedaron sobre un taco de papeles en una balda de mi casa, esperando(me). El otro día los cogí por fin para pasarlos a un cuadernito nuevo. Y entre notas de exámenes, ejercicios prácticos y recordatorios varios, encontré algunas cosas que, para variar, no recordaba haber escrito. Algunas tienen mucho tiempo, más de un año, otras no recuerdo concretamente cuándo las escribí... qué más da. Las voy a ir colgando... Este trabalenguas es una de esas cosas que encontré (y creo que algo sobre Manolo García sigue aun entre las páginas de ese cuaderno... ) P.S. La radiografía de dos lenguas que se traban. No recuerdo de donde salió, pero me hizo gracia Colecciono atardeceres. Cielos rojos incendiarios. Cielos que arden bajo la capa azul de las nubes y los diferentes gases que forman la atmósfera. El Ris me dio los mejores cielos rojos de la infancia, enmarcados por la costa abrupta que se abría en una playa aun casi salvaje por entonces, enorme, de arena fina, como tamizada por un buscador de oro del oeste. Creo que empecé por eso: porque al subir de la playa había un par de horas en las que Noja era un pueblo fantasma (también del oeste) y los cada vez menos escasos turistas de la época andaban todos cambiándose para la cena. Y atardecía. Y yo me sentaba en la terraza, con los pies en equilibrio sobre la barandilla, balanceando la silla a escondidas de mi madre y mirando el cielo enrojecer. Después vinieron él y su objetivo preciso a fotografiar cielos para mi. Cielos ardientes, congelados por su dedo sobre el obturador de aquella cámara reflex carísima que a mi me daba miedo incluso tocar. El otro día atardecía morado. Conducía yo a toda velocidad por carreteras vacías de pre puente y el cielo atardecía morado y sonaba buena música en la FM y el mundo me parecía demasiado bonito. Porque el cielo era perfecto: primero ardió todo, y las nubes se tiñeron de naranja. El incendio desmesurado fue remitiendo, dejando una estela morado alivio de luto. Morado como ese color de ropa que me favorece tanto. Morado como cuando yo era “la niña republicana” de un hombre rojo como los cielos que me gustan. Morado como los pantalones que lleva él algunos martes, cuando sale de la ducha oliendo a limpio y perfumado, atrayendo mi nariz a su caos ordenado, a su cuerpo moreno, a sus ojos dulces. Morado y violeta en los bordes y azul medianoche alrededor. Azul oscurísimo, casi negro pero sin ser negro. Azul, morado, rojizo, violáceo. Todo mezclándose en volutas caprichosas con las nubes aun más caprichosas, como en la paleta de un pintor que sabe exactamente lo que quiere pero no concretamente cómo lo quiere. Y yo respiraba muy hondo y todo olía bien y en la boca conservaba aun fresco el sabor correcto, y la paz me bajaba las revoluciones y la mano izquierda descansaba tranquila sobre la ventanilla mientras la derecha tamborileaba en el volante y mi pie pisaba el acelerador hasta hacer temblar el motor chiquito de mi bombón granate. Cada vez era más de noche, cada vez estaba más lejos de él y más cerca de ellos. Y no me sentía ni siquiera parecido a esas muñecas de las que tiran dos niños caprichosos con fuerza y saña, uno de cada brazo. Porque nadie tiraba de mi, solo que yo quería estar en dos sitios a la vez, y donde mejor estaba era en una carretera que atardecía morado para mi. Demostrándome que pueden tenerse muchas cosas, que puede una sentirse afortunada en medio de la nada desde un todo hacia otro. A veces la felicidad simplifica lo complicado de una manera tan mágica que es una pena que todo sea tan efímero. Como aquel cielo morado que ya no existe. O sí. Aquí está. Alrededor. Como la felicidad. Llego tarde. Ya es de noche. Tengo frío y ganas de ojos dulces y manos de trilero. Hoy el mundo tenía color de foto. Entre sepia y luminoso. Entre viejo y recién estrenado. Congelado y vivo a la vez. Criogenizado. Como si llevase siglos mirando el mismo fragmento inmóvil de mundo, el mismo momento, y de pronto descubriese algo nuevo, esa veleta de aquel tejado, confundida hasta entonces con todas las antenas de las casas modernas sin chimeneas. Hoy mis ojos veían peor pero más claro que de costumbre. Hoy achinaba el gesto y respiraba una paz artificial como de antes de estallar todas las tormentas. Hoy estaba tranquila, suave, calmada y expectante disfrutando de un paisaje que ha dejado de parecerme invariable. Algo pasó ayer por la tarde. Algo raro. Un mecanismo pesado y lento. Chirriante pero preciso, trasladándome a otro lado, cambiándome la perspectiva. Aun no sé donde estoy. Pero me agarro sin fuerza, me acostumbro al movimiento y dejo que me llevo donde sea, sin marearme. Hasta que se detenga. Entonces volveré a abrir los ojos, haré un reconocimiento del nuevo paisaje, hasta que encuentre el rincón de foto. Es todo tan raro y tan maravilloso. Un viaje de atracción de feria. 21 de septiembre P.S. Corriendo: casi sin tiempo entre el puente, el examen y las despedidas absurdas (hasta el lunes, qué eternidad!!!). El cuadro es "Vista de París" de Van Gogh, lo pintó en 1886, creo. No sé que hora es. Hace un buen rato (más de 10 canciones) que oculté el reloj de la pantalla del portátil. Así que ahora no sé que hora es. Calculo que serán casi las 5 de la mañana. No tengo sueño. Sorprendente. Estoy cansada. Me duele la contractura perenne del lado izquierdo de la espalda. Escucho a Morcheeba muy bajito. Bostezo. Tecleo esta tontería con los ojos cerrados y totalmente tumbada en el sofá. La luz está apagada desde hace un rato porque me molestaba en los ojos cansados. Acabas de mandarme un mensaje deseándome buenos días e informándome de que ya estás levantado aunque sigues dormido, así que debe ser más tarde. Tienes una forma muy rara de jugar a este juego con fecha de caducidad y banda sonora. Voy a irme, vas a hacer que me marche, has puesto una etiqueta con la fecha y en cambio cada vez tengo la sensación de que te trenzas más conmigo. Hay más hebras de mi vida enredadas con la tuya. Cada vez te recuerdo por más cosas y cada vez me suena más el móvil para informarme de que en este preciso momento me estás regalando cinco minutos de vida. Vas a conseguir que sea más longeva que aquella mujer japonesa. Morcheeba me aburre. Cambio a Gotan Project. Whatever lola wants. No soy Lola, pero me gustaría que estuvieses aquí. Ahora mismo. Susurrándome al oído para que me duerma o termine de despertarme. Y te imagino afeitándote preciso frente a tu espejo gigantesco. Ese que a ella le encanta, apostaría uno de mis ovarios. Lo que Lola quiere lo consigue. Pero no me llamo Lola y sigues sin estar alrededor aunque estés alrededor. Y dan ganas de llamarte, mientras Duke Ellington empieza a tocar. Y me aguanto las ganas y cierro los ojos. Y dejo de teclear. Y apago el teléfono. Porque debería empezar a acostumbrarme. Y no quiero leer que subes en el ascensor y que sigues dormido aunque no lo parezcas. Y no quiero leer tu “te llamo luego, a la hora de siempre” Y no quiero comprender que ya tenemos rutinas. Que hay inercias y costumbres que van a desaparecer, o deberían desaparecer. Y no quiero perder, pero no puedo ganar y no quiero esconderme. Y la voz de Norah Jones me saca de mis casillas esta noche-madrugada, en la que suenan los tic tac de los relojes que no dan la hora y solo marcan los finales. Aunque todo parezca ir tan bien. Pero estamos fuera de tiempo. Fuera de tiempo ya. No me llames más, vale? No me mandes más mensajes contándome tus menudencias, no me informes cada vez que añadas cinco minutos a mi tiempo disponible, no quiero saberlo. Cuando leas esto, este mensaje desesperado, esta bandera blanca absurda... Cuando leas esto, borra mi número de tu agenda. Tú que tienes el control, que siempre lo tuviste, que lo veías todo tan sencillo, que rodeaste el día con rotulador rojo en tu absurdo calendario. Tú que eres el más fuerte, el más frío, el implacable de los dos... hazme el favor de borrar mi número y deja de comportarte como si lo nuestro fuese a alguna parte. O es que tú tampoco puedes?? Mierda: Barry White y su love interlude. Me voy a la cama. Pero no me llames. Es en serio. Si puedes, usa tu autocontrol samurai de tres al cuarto y NO ME LLAMES. Pero la vida es una cachonda. No ha pasado como estaba previsto, ha sido mejor para mi y supongo que igual para él. Me gusta el texto y hoy tiene cierto sentido... No sé donde me lleva esta tontería. Esta absurdez que significa tanto para mi y que llevo muchos meses intentando esconderme. Soy tan boba... pero no importa: él no lee. Él no sabe que hay otro nombre en el ciberespacio, que hay un universo perpendicular, de momento no quiero que lo sepa, tampoco. Porque está en mi mundo real, todos los días. Al doblar la esquina... sugiriéndome el jersey rojo. Soy tan boba... pero hacía muchos años que no era tan boba y me gusta la sensación. El cuadro es “El baño” de Bonnard y está en el MoMa (New York, New York) Llueve, está lloviendo, como el otoño pasado, como todos los otoños. Llueve y la casa está casi a oscuras. Casi vacía. Llueve y he apagado la música y he abierto la ventana y estoy escuchando llover y el silencio de la calle. Cuando llueve mi calle se queda desierta de tráfico, de sonidos de claxon, de gritos de gente, de trabajadores que salen a fumar. Y la ciudad está calmada y deliciosa, como un falso desierto en el que, de vez en cuando, resuenan unos tacones que chapotean y modifican su sonido por contacto con el agua estancada. Llueve. Es otoño, los pies están encerrados. Y yo estoy acodada en la barandilla, plácida, tranquila, sonriente, relajada. Como si no tuviese mucho que hacer, prisa, ansias. Como si no fuese otoño. Y no sé qué ha cambiado con respecto al otoño pasado. O sí lo sé. No es él. No es por él. No tienen nada que ver. Si no estuviese esperándome al doblar la esquina, seguiría sintiéndome bien. No es tampoco mi decisión absurda de no deprimirme. Es más bien al contrario. En septiembre ya sabía que este octubre iba a deslizarse plácido entre lluvia y botas forradas. Con mis pies fríos encogiendo los deditos dentro. Lo que pasa es que me equivoqué, aprendí, lloré, me asusté, me reí. Sobre todo me reí. Jugué. Juego. Me reí. Río. Tuve esperanza y la perdí. Aposté sobre seguro. Sabiendo dos cosas como si no supiese ninguna. Y los puentes metálicos... Sigue lloviendo y no quiero que pare... y esta tarde seguirá siendo otoño, mis pies seguirán encerrados, pero al doblar la esquina... Ahora empieza la tormenta... y es precioso verla desde la ventana. P.S. Hace unas horas... La mujer plateada ha contratado un viaje para visitar la luna llena, para dar la vuelta a la luna en 8 semanas. Sin globo aerostático. En una nave espacial metálica y posmoderna con luces de colores en la consola, un parabrisas gigantesco una despensa de pastillas de colores y nada de gravedad. Flotando como suspendida de ninguna parte, sostenida levemente, rozada por la nada. Viajando. Con los ojos cerrados, apretados hasta que duele y se dibujan estrellitas titilantes en las cuencas o en el cerebro, o donde sea. Las sinapsis intentando sin éxito olvidar la sonrisa de hace un rato, el gesto de un segundo antes, la mirada lujuriosa por detrás de los cristales. Intentando que no vuelvan a la cabeza todas esas cosas como fotogramas de una peli erótica. Air suenan muy alto, con la acústica brillante de los baños, mientras la mujer plateada anda sumergida en agua muy caliente. Casi hirviendo. Como ella, que repasa con los dedos el timbre de la voz suave de un rato antes, haciendo la broma manida para que sonría, para que abandone el tono verdoso. Olor a ylang-ylang y orquídeas. Espuma. Sin luz. Otoño ya. Otoño a pesar de las sandalias. Pero hace un rato, al despedirse él le ha dicho que se abrigue, ha señalado los dedos de sus pies y le ha sugerido el jersey rojo. Y ahora ella se baña en música, en agua, en oscuridad, en estrellas artificiales, en sonrisas, se sumerge para no notar nada más que en la nariz el aire fresco que corre ya por la casa empeñada en las ventanas abiertas, terca como su dueña en prolongar los veranos. La mujer plateada se va quedando dormida en la bañera, mecida por las olas, los recuerdos que atesora, y las canciones que descubre o le descubren y le demuestran que hay ya suficientes como para explorar el Universo infinito hasta sus bordes, aunque siga faltando tiempo y ella lo pierda imaginando, bañándose y repitiendo esa canción demasiadas veces, como banda sonora de su propia peli casera en superocho y crujidos de film arañado. Abres agujeros negros en mi alma esté donde esté. Me desarmas y me sacas de la trinchera, sin quererlo, sin ni siquiera esforzarte en ello... Me asustas como no me había asustado nunca nadie. Me asustas de placer, de deseo inmenso, de hambre voraz. Me asustas de necesidades imperiosas. De ganas de olerte entero, recorrerte entero, conocerte entero, saberte de memoria... Hay otra forma de paz interior. La que uno tiene cuando de algún modo extraño sabe que se arreglarán las cosas. Los terremotos lo destrozan todo, pero algunos pequeños temblores colocan las cosas en su sitio. La vida no es una balsa, un lago tranquilo. La vida es un océano peligroso. A veces luminoso, otras oscurísimo. Uno tiene que navegarla tomando ciertas precauciones, pero eso no le garantiza huir completamente de las tormentas. Aunque sí ayuda a capearlas. Nos está pasando la tormenta por encima, nos está arrollando un tifón devastador a los dos. Nos estamos volviendo locos, se nos van las cosas de las manos. Justo cuando creía que iba a caer del barco, a perder el control, a nadar como una loca contra corriente, de pronto controlo mis instintos. Entiendo el mecanismo. Hay que pasar la galerna. Buscar un puerto seguro en el que refugiarse, capear el temporal. Hay que esperar. Tenemos que decidir las cosas, tenemos que elegir. Mis ojos adobados. Caminado hacia casa con los tacones en las manos. No me dueles. Nunca me dueles. Y eso es lo que más me gusta de ti. Eso y tu mirada marrón moteada, enorme, poniendo todos los puntos sobre las íes. No se puede ser tan guapo y tener la espalda tan perfecta y oler tan bien y reírse así cuando bailamos. No se puede... debería estar penado! Deberías ser pecado. La niña caprichosa soñando despierta con ojos de almendra y narices rectas. La niña caprichosa escribiendo la carta a los reyes. Pidiendo un hombre como tú, que sea como tú, que hable como tú, que mire como tú, que me estremezca como tú. Vas a tener que ser tú, porque no hay nadie más en el mundo capaz de tener tus maneras, de entender mis mecanismos, pulsando los botones precisos con suavidad, dulcemente, cuidadosamente, poco a poco. Acercándote sigiloso a la cámara acorazada, al tesoro de piratas, a las joyas de la corona que se lucen sólo en las grandes ocasiones. P.S. Había olvidado que jamás hubiese escrito esto. Son cosas que me pasan a veces. Ha aparecido de pronto, buscando un comentario de texto que hice hace siglos: entre los plásticos de un archivador negro de pronto un folio doblado a la mitad (los folios doblados por la mitad entre mis apuntes suelen tener sorpresas). Lo he leído y he sonreído, no sé por qué... Es una tontería pero aquí está. P.P.S El cuadro es “Mujer frente al espejo”.o “Niña frente al espejo” Está en el MoMa, claro. Picasso lo pintó en marzo de 1932. Me gusta por muchos motivos. Y veo lo mismo en ese cuadro que ven los expertos. Aunque intuyo también que quizá Picasso pretendía provocar algo totalmente diferente... O no... La mujer serena que es el sol y es la luna, joven, tranquila, puede que ingenua, que se mira en el espejo, tiene media cara maquillada como cuando las niñas juegan a ser “como mamá”. La tranquilidad y la vitalidad de Marie Therese Walter en plena transición desde la niña inocente hacia la mujer potente. Y el reflejo en el espejo: la otra, la vieja, la futura, lo que le destina el futuro, o la suerte... Vomitar, llorar, reírme, hablar por teléfono, recibir sms, fumar demasiado, caminar lento como a rastras, llegar pronto y tarde a la vez, volver a vomitar, las nauseas otra vez, demasiado café, tres donuts de golpe, la sala de investigadores de la Nacional (donde mutilan viejos libros), las bolitas del bingo jugando con nosotros. Baloncesto, palabra de Pau, dolor muscular, un masaje. No dormir, no poder dormir, ojeras hasta los pies, fichas de presentadora de la tele, reencuentros que cierran heridas tontas, Cecina de León D.O. Llamadas ruidosas desde las fiestas, apagar el teléfono por primera vez en siglos, cerrar todas las ventanas de mi casa, guardar apuntes. La contractura paralizándome la espalda. Nervios. Voley ball. Más baloncesto. Error en el último ataque ruso. Del Barça mejor ni hablamos . Textos en inglés sobre encuadernación ornamentada de la Edad Media. Ceño fruncido. Sesión continua, Sam Spade aguantando mi humor retorcido, mi cara peor. No era el trato. Limoncello helado, sangrar durante horas, mis plaquetas casi inexistentes incapaces de parar la hemorragia. Un mail muy largo y uno más corto. Urgencias. Paciencia y prisa. Tachar fechas en el calendario. Quedan dos. Impaciencia y prisas. Drexler, Mika, Quique, Danza Invisible (mezcla rara). Un dolor agudo e insoportable. En la Nacional alguien me dice: te ríes y aquí nadie se ríe. Yo pienso que hay más gente que se ríe y encima no tiene la cara verdosa. Un abrazo muy fuerte. Una ducha muy caliente, un día muy largo, una noche muy corta. Pero qué pijo que eres, mi Sam Spade favorito. Mi hombre incógnita. La x sin despejar. El innombrable del nombre bonito. Que te guarde un hueco el domingo. Que te me pones celoso, tú, manda narices. Brunch. Una cama-mesa reservada a tu nombre real. Luces de colores y buena música club. Quién dijo hedonista?. Hay que ver qué pijo y qué divino eres y cómo puedes gustarme tanto a pesar de todo y cómo puedo olvidar tan pronto lo que no debería olvidar nunca. Debe ser que cuando apareces pones algo en la bebida. Me da igual. Te pienso llamar Sam Spade. A partir de ahora cuando les cuente de ti a mis amigos y me digan que estoy loca siguiendo con este juego voy a llamarte Sam Spade y cuando ellos me pregunten me dirán qué tal con Sam?? Porque quiero que el juego siga siendo divertido. Como ayer. Como ese domingo extraño en el que soy la invitada de lujo al sitio de lujo con el Humpry Bogart moderno. El irónico, el inflexible, el tipo duro que se macera en mi. Aunque no se reblandezca ni un ápice. Y la historia se retuerce. Y como y tengo hambre de ti. Y como. Tumbada. Y me siento como una de esas mujeres romanas en sus triclinios. Mira, me matas. Una muerte pequeñita y francesa y reversible y deliciosa. Y me asustas.... Y te digo todo esto porque hace tiempo que decidí que ya valía de faroles: si total, sigo sin tener ni pares ni juego... Y para que lo leas cuando llegues al trabajo. Y sonrías. Y me llames, y yo pueda decirte “Hola Sam, como va la mañana??”. Y porque seguimos dentro del plazo... En junio quise contarles una historia sobre el cielo. Pero luego se me olvidó. Me perdonarán el retraso?? Hubo una luna azul entonces. Eso quiere decir que hubo dos lunas llenas el mismo mes (se llama azul a la segunda). Pasa aproximadamente cada dos años y medio. La luna no cambia de color, sigue siendo cenicienta y misteriosa. Redonda. A veces mantequillosa. Pero nunca azul. Es una pena. El azul es mi color favorito. El azul y similares. Los colores acuosos. Un baño de luna es un baño plateado. Un baño de luna azul... quizá sea demasiado para los pececillos escamosos y resbalosos de escamas de plata azulada. La luna llena es la luna de los excesos. De las pasiones (en todos los sentidos) y de olvidarse los cálculos. La luna nueva es la luna de los comienzos. El cuarto creciente para afianzar las cosas. El menguante para terminarlas. Y si quieres que te crezcan el pelo y las uñas también hay una fase concreta. Pero no la recuerdo. A mi me crece muy rápido el pelo y me importan muy poco mis uñas... Tonterías. Todo tonterías. Algunos las justifican en que el 70% del cuerpo humano es agua y que la luna influye en las mareas y nosotros tenemos mareas interiores. Yo no necesito justificaciones. Creo que la luna nos influye, por la misma razón que otras cosas: sugestión. Me dan igual las razones. El porcentaje de literatura, de autoconvencimiento. A mi la luna, las estrellas, lo que tengo arriba de la cabeza, me revuelven lo que tengo dentro de la cabeza, y en ese sitio que no conozco. Y quiero que siga pasando. Dicen que en las lunas azules es el momento de dejar las cosas malas atrás, de soltar lastre y coger carrerilla. Justo a tiempo. 30 de junio: con resaca de un concierto de Alex Martínez. Ganando altura. Fue la luna?? Fue la música?? Fueron las ganas?? Fue una mezcla estratégica de todas esas cosas. Pero buscando para escribir esto encontré que a veces la luna se tiñe de azul. De verdad. La vemos azul, quiero decir: tiene que arder algo, entrar en erupción un volcán. No me digan que no es curioso, que no es irónico. Si todo arde, escupe fuego, lava roja, llamas anaranjadas, calor... la luna se vuelve azul. Hay una explicación física que no me interesa de partículas infrarrojas o ultravioletas. Es poética la física que permite que se junten el calor y el frío, el rojo y el azul. Como en los grifos. Y no es poético hablar de grifos. Pero es más fácil que explicar que a veces todo estalla y salta por los aires y las cosas azulean. A mi el azul nunca me pareció frío. Sí en cambio insondable y misterioso. Pero frío no. Nunca. Eso nunca. En inglés es sinónimo de triste. El blues y esas cosas. Cuando todo estalla las cosas azulean también (a veces) en este sentido. Sinatra cantaba a la luna azul. Le pedía un deseo y se volvía dorada. Yo voy a seguir mirando al cielo. A la luna. A las estrellas. Arriba, bien arriba. Hasta que no me llegue la vista. Porque me gusta. La siguiente luna azul: en diciembre de 2009. Esa nochevieja cuando vean la luna redonda y perfecta, plateada. Recuerden: es azul, aunque no lo parezca... así que suelten lastre y cojan carrerilla (y con tanto ajetreo no se atraganten con las uvas). Y ya puestos: regálenme 5 minutos de vida... Acuérdense de esta historia. P.S. Ahora sí... Alguien que está en el centro geométrico del local. Como si hubiese una de esas estúpidas marcas para presentadores de gala de televisión, o para actores en pleno rodaje. Alguien en el centro exacto de todo. Ella. Recostada en su banqueta, contra la columna maestra de su derecha, con su martini a rebosar de hielo. Y los dedos entumecidos por contacto con el vaso frío. Todo el resto ardiendo. Esperando. Una noche bailando con un vestido de los de bailar. El moño de cuando el pelo empieza a dar demasiado calor: construido con desgana dejando a la melena una ilusión de libertad. Algunos rizos estirados de sudor acariciando la nuca con cada movimiento. Y él alrededor. Llenándolo todo. El bar vacío. Cerrado. Él saliendo casi en cuclillas por debajo de la persiana metálica a tirar botellas vacías al iglú verde, y volviendo a entrar, para quedarse parado observándola con su sonrisa torcida. La espalda morena, los hombros moviéndose suave al ritmo de la música bajita. Los tirantes manteniendo el equilibrio de la seda. Vino por casualidad. Ella no sabía que él andaba por allí. Detrás de aquella barra. Pero llegó sonriente y eran viejos tiempos. Era como siempre. Química-física. Lo fácil. Saludos dobles con triples sentidos. Y él recordó entonces el agua escarchada, y eligió la botella más fría de la cámara y la puso ahí, junto a la placa, esperando llegar a tiempo. Que se quedase lo suficiente para repetir el viejo ritual. Y se quedó. Porque él probó: “por qué no te quedás?”. Y ella asintió sonriente. Y el no insistió, no tuvo que insistir. Supo que sus pies, los de ella, como siempre, estarían fríos. Y supo también que cuando todo estuviese recogido iba a bailar con ella esa canción. Justo esa. Ella, mientras, esperaba impaciente pero tranquila, que terminase de recoger, que volviese de tirar la basura y volviese a entrar en su campo de visión, frente a sus ojos, donde podía mirarlo funcionar, como si no hubiese pasado tanto tiempo. Y en su cabeza la pregunta, la duda minúscula que no era casi duda y no tenía la potencia suficiente para anudarle el estómago ni preocuparla lo más mínimo: será capaz, siglos después de hacerme vibrar como una cuerda bien tensada?. Hasta que él se puso frente a ella, muy cerca, mirándola con sus ojos negros y ya no tuvo ninguna duda. Y dejó de pensar en nada. P.S. El cuadro sigue siendo de Elena Filatov a la que, desgraciadamente sigo sin conocer de nada. P.P.S. Lo tenía guardado hasta que desapareciese de la portada el post anterior en el que aparecía el cuadro... maniática que es una. Pero no se me había olvidado, que siempre hay que dar la vuelta a las cartas al final de la partida... En el comedor de aquel hotel había un cuadro abstracto. Ya no lo recuerdo con precisión, pero sí soy capaz de encontrar aquí al fondo la sensación inquietante que me provocaba. Sé que predominaba el azul aunque también había algunos grises y algunos blancos. Me gustaba. EN TEN DER. Me obsesiona entender las cosas. Me obsesiona literalmente. Y cuando no entiendo una obra de arte: una canción, un poema, una novela, un cuadro... O mejor dicho, cuando no creo entenderla porque no percibo nada, cuando se me pone el gesto de ¿ein? con cejas fruncidas desde la sien al ceño me rindo. Lo dejo. Pierdo todo el interés. Probablemente no esté entendiendo nada en ninguno de los dos casos, quizá no haya entendido tampoco Caótica Ana, y muy probablemente lo que Saramago quería transmitir en su "Ensayo sobre la ceguera" no tiene nada que ver con lo que yo recibí. Técnicamente eso no es comunicación. Pero en el arte a mi me parece que sí. Y puede que no esté entendiendo nada de nada, pero tengo la sensación de los ojos muy abiertos, la piel pericbiendo por todos sus poros. La piel, el sentido más amplio de todos, recibiendo por cada poro información. O mejor datos. O jueguen conmigo a este otro juego: apuesten: cómo se titula el cuadro de arriba?? Premio para el que más se aproxime. Va, qué les sugiere?? Brain-storming! P.S. No pongo más datos del cuadro para dificultar la búsqueda en google. Y no enlazo a Compassion de Coltrane simplemente porque no la he encontrado. Ahora duermes. Y yo no. Está lloviendo. Lleva haciéndolo un par de horas. Hace cinco minutos se fue la luz en toda la manzana y yo salté de la cama y me puse tu camiseta naranja. La que tiene el muñequito. Abrí la ventana del salón y me senté a ver la tormenta como quien ve una película en el cine. Con la calle silenciosa y el cielo de una claridad anaranjada, sorprendente. El norte llegándome desde la pituitaria al lugar más recóndito, más atávico, más primitivo y más automático de un cerebro cansado pero histérico. Incapaz de desconectarse y permitirme dormir a pesar del día interminable. Huele a norte. Llueve como allí. De la misma forma mansa de los veranos de mi infancia donde el clima era lo de menos y siempre había algo interesante que hacer. Pasa un coche con Beyonce sonando muy alto por los altavoces. Sigo mirando la lluvia caer y el cielo a juego con tu camiseta. Sigues durmiendo en silencio. Sigo despierta, escribiendo a ciegas en la libreta que ya se acaba. Cómo pasa el tiempo, cómo pasan las páginas, cómo pasa todo. Cómo acaba y recomienza todo. Me rindo. Ganas por hartura. Por renuncia. Ella taconea rítmica ahí abajo, en la calle y le dice algo a él que oigo de lejos y no entiendo, lo que sí percibo claramente es, en cambio, la risa con que le responde, esa risa alejándose al ritmo de los tacones. A su lado. Adiós. Es una despedida con lluvia y sin corriente eléctrica. Me venía grande o simplemente no es lo que quería, lo que quiero. Clic. Ha vuelto la luz en toda la manzana. Antes de que la comida se descongelase, de que dejase de llover, de que me durmiese o me marchase o te despertase para decirte: se acabó el juego. Esta second life a tiempo parcial tan nuestra. Ha vuelto la luz y me han vuelto las ganas de prórroga. De otra ronda. Luces, cámara. Acción. Levantarse tarde. Paladeando una de las canciones de anoche. Colgar la crónica deprisa. Entrar en la ducha eligiendo algo que ponerme mientras me lavo el pelo sonriente. Otro palabra de honor, otro collar, otros pendientes. F1, no cocinar, no fregar, no estudiar. Un domingo perfecto y extraño a la vez. Como si no fuésemos exactamente nosotros y hubiésemos adoptado rutinas antiguas que aprendimos con otros. Suele pasar. Lo sé. Te ríes. Te ríes y te ríes. De mi, conmigo. De ti. Conmigo. Me río y me río. De mi. Contigo. Atardece y el domingo me parece una especie de agujero gris con los grises de Velázquez. Un agujero gris maravilloso donde no pasa nada y pasa todo. Una elipsis cinematográfica perfecta. Intuyes de algún modo que quiero también pasear por las aceras contigo a mi lado derecho. Sacarnos del agujero. Máscara de pestañas. Canturreo y te ríes más “porque voy a salir, esta tarde contigo...” Ritual. Luces de bar. Dónde vamos. Te he visto esa cara de plan. Cara de pillo. De tahúr tramposo. De divertido. Adivina. Un sofá con decorado de Sherlock Holmes, para que juegues a lo irrelevante también conmigo. Otro perrito del hortelano. No quieres que juegue a otras cosas ni siquiera aunque haya días que no quieres jugar conmigo. Injusto. Pero hoy solo sonrío. Irish Rover. Racing-Barça. Nada de pantallas. Yo conduzco. “me gusta cuando conduces...”. porque estoy como ausente?? El sofá de la esquina de la zona de fumadores. “Pídeme un cocktail”. White Russian. ¿Qué coño es eso? Va a gustarte. Verás. Yo zumo de naranja roja. No me mires así. Sólo lo tiene aquí que yo sepa. Está buenísimo. Se supone que estas naranjas se cultivan cerca del Etna... No me lo creo y pienso beber de tu cocktail también... Para algo lo he elegido. Rellenar el cenicero. Ojos brillantes. Piel brillante. Esto es estar bien. Ves? Juntos. Lo que dure. Lo que sea: una semana, un mes. Yo qué sé. Lo que dure. Volver conduciendo sola y a toda velocidad. Con la luna casillena a la derecha. Jugando al escondite, a los disfraces, los juegos de máscaras. Jugando con los que la miramos en los semáforos. SMS camino de casa. Contra las absurdas normas de la Cosmopolitan. Pero yo nunca las seguí, ya sabes. “La terraza de la Galería tentadora, huele a flores vivas y me apetece un whisky caro contigo, ahora que no conduzco. Malditas obligaciones” Sí. Malditas obligaciones, horarios de oficina, jornadas laborales, fechas de exámenes. Y bendito bienestar de domingos sencillos en los que nada hace clic-clic ni tengo ganas de rendirme. ...si siglos después serás capaz de hacerme vibrar como una cuerda bien tensada. Con esa capacidad mágica de llenar el aire de mis propias perversiones a base de vaciarte de recuerdos. Eres tan provocador con tus ojos casi negros... Tus trucos sobados que siguen funcionando. El nuevo silencio, el viejo deseo de cuerpos rodando, de manos rasgando, de bocas arañando... P.S. De una de mis múltiples “libretas para bolso”. Algo parecido a borracha. Había una botella de agua escarchada esperándonos a mi y a mi sed desmedida y desbordada... y todo olía, sabía y era como debía ser. Y a esa hora no importaba lo importante... No iba a poner nada. Pero lo he encontrado por casualidad y me ha sorprendido y algo ha hecho clic en algún lado, algo que quizá rondaba ya ayer por la tarde tomando granizado de café en la calle Arenal... Mi abuelo es (era) un abuelo de libro. Si uno busca en el diccionario “abuelo” sale una foto del mío. Fue un padre estricto para mi madre, pero en cambio nos mimaba a sus dos únicas nietas de forma sistemática y estudiada. No sé cuál es el primer recuerdo que tengo de mi abuelo igual que no sé cual es el primero que tengo de mis padres. Estaba siempre ahí. Pasaba los inviernos en mi casa y quizá por eso me guste tanto el invierno y las navidades. Porque venían él y su mujer, mi abuela, una abuela muy poco típica, en cambio, que se desentendía de nosotras porque no sabíamos jugar al tute. Mi abuela usaba ropas de colorines chillones, se pintaba como una puerta y tenía una intensa vida social de timba en timba. Mientras tanto mi abuelo nos sacaba a pasear, nos llamaba Pirovishko y Chiviroshky y hablaba con nosotras en “chino cantonés” por las aceras de una ciudad de provincias donde todo el mundo se volvía a mirarnos. Cuando tenía mucho frío me calentaba la naricilla chata con su mano enguantada. Siguió haciéndolo hasta que se murió. Todos los inviernos. Cuando me entra frío por las calles tirito y me castañetean los dientes. Y él siempre decía que eso era por la nariz, que el frío entra en el cuerpo por la nariz. Yo era una niña insoportable, ya entonces apuntaba maneras: no me callaba ni debajo del agua (por qué, por qué, por qué, no lo entiendo, tú crees??) y un día él dijo “pero si estamos a veinte pasos” y yo le dije: “¿¿veinte, abuelo?? Y él me miró calculando hasta qué número sabía contar yo por aquellos entonces y dijo, hombre 20 no, pero trescientos sí. Y allí que nos fuimos, conmigo contando los pasos en alto. A los 301 dije “¿lo ves abuelo como hay más de 300 pasos? Y él se rió. Porque ese mismo verano nos quería hacer trampas con los pasos también. Dijo: “cuando lleguemos al puesto de mantecados (que es como en Cantabria llaman a los helados por extensión de un sabor que en el resto de España yo no he encontrado) “os compro un cucurucho, pero tenemos que dar un paso hacia delante y dos hacia atrás” Y mi hermana y yo dábamos una zancada hacia delante y dos pasitos muy chicos hacia atrás. A él le hacía mucha gracia. También nos compraba chucherías, pero solo regaliz negro, porque era lo que más le gustaba a mi madre, y mi abuelo siempre siempre siempre se acordaba de mi madre para esas cosas (cuando llegaron al mercado los tronquitos de regaliz rellenos de una crema blanca le costó convencerse de que a mi madre también le encantaban). Y casi nunca nos lo daba en mano. Lo escondía por la casa y nos decía “han venido los duendes” o “ha venido Txiringuín”. Txiringuín era un niño aventurero que viajaba por todas partes huyendo de la bruja Cachirula. Esos eran los cuentos que nos contaba a su hora de la siesta que era mi hora de meterme en la tienda de campaña que formaban sus piernas largas y huesudas cubiertas por la manta de cuadros azul y verde. Se dormía y al día siguiente continuaba donde lo había dejado. Luego me di cuenta de que se lo inventaba todo sobre la marcha. A mi me encantaban las aventuras de aquel niño. También nos enseñó el poco euskera que sabemos. Lo primero fue la retahíla de por la mañana: “egunon” etc. Todas las mañanas manteníamos el mismo diálogo en euskera “buenos días, como estás? Yo bien y tú? Yo bien también. Invariablemente. Solo que a veces empezaba él la retahíla y otras yo. Y se repetía cuando se levantaba mi hermana. Mientras, él preparaba su extraño desayuno en “su” cazo. Un cazo pequeño que estuvo por casa los mismos años que él, doblado y hecho polvo pero “su” cazo. Madrugaba mucho, y yo también (ya era insomne en la infancia). Así que las mañanas de los sábados desayunábamos juntos y él me proponía planes para cuando se levantase mi hermana. Venció su miedo a las escaleras mecánicas para acompañarnos a comprar los regalos navideños y, claro, engordar notablemente nuestro presupuesto (a estas alturas no veo la pantalla ya) Es el mejor abuelo del mundo. Cuando la metástasis empezó a afectar aquel cerebro rápido que tenía, vino un día, indefenso ya, con sus ojos grises y me dijo “hija, apúntame vuestros nombres en una hojita, porque no me acuerdo ya de ninguna cosa y no quiero que se me olvide como os llamáis” Y yo, que ya era mayor de edad, pensé primero en decirle “abuelo eso es una tontería” pero vi la cara de preocupación y decidí simplemente anotar nuestros nombres en un papelito y dárselo. Lo guardó en el bolsillo de su bata y lo repasaba continuamente, a cada rato, como yo la víspera de un examen. Un día me dijo: me da pena morirme sin verte terminar la carrera ni casarte. Y yo le dije “casarme no se si me casaré, pero terminar la carrera te garantizo que la voy a terminar”. Luego se le olvidó leer y escribir, pero no el gesto, así que se sentaba a la mesita del hospital y fingía que escribía. Y no nos reconocía. Cuando se murió me acordé de una cosa que nos decía de pequeñas, supongo que preparándonos para la muerte: “un día me iré al cielo, me iré antes que vosotros, porque tengo que buscar una parcelita buena una que le guste a vuestra mamá, con piscina, y arreglarlo para cuando lleguéis vosotros, para que esté todo bien”. Él era ateo y no creía en ningún cielo parcelado, y yo soy atea pero sí creo en un cielo y un infierno: lo digo siempre que se muere alguien. El cielo y el infierno es para mi cómo nos recuerdan los que nos conocieron, cómo hablan de nosotros a los que nunca tuvieron la suerte (o la desgracia) de conocernos. Así que mi abuelo está en el cielo, porque hay mucha gente hablando bien de él y contando cosas buenas a los demás, y acordándose. Yo me acuerdo mucho de él. Muchísimo. Por ejemplo cada vez que escucho esa de Miguel Dantart que dice “el boomerang de las raíces, bendito navarro”. Por ejemplo P.S. Se lo prometí a mi hermana hace unas semanas. Lo había guardado para otro momento, pero lo he visto hoy, me he acordado de que A. hace poco que perdió a su abuelo favorito y yo no supe qué decir (una nunca sabe qué decir en estos casos) y dije eso tan burro pero tan cierto que le he oído tantas veces a mi padre "que estas cosas vayan por el extremo que toca". Y mi madre llamó para decir que ella se ha saltado varios turnos... hemos jugado juntas muchas veces, mi abuelo la conocía, tenía un año menos que yo, era guapísima. La última vez que la vi, trabajaba en una excavación en México y venía de vacaciones, como yo. Estaba ilusionada. Y tampoco supe qué decir cuando mi madre me lo contó. Se me puso toda la carne de gallina y un nudo en la garganta. El agosto pasado fue él, y ya nunca me cruzo con sus ojos negros de moro de la morería cuando voy de visita... Qué no nos toque, por favor, que no nos toque hasta que la edad esté más cerca de los 100 que de cualquier otra cosa... “Y evidentemente a mi manera las cosas no funcionan” Eso decía el final de la nota. La encontró rebuscando en los cajones. Era una de esas notitas que se enviaban durante las clases, esas que los profesores fingían no ver. Ya no recordaba haberla enviado, pero al leerla le vino todo de nuevo a la cabeza. Pensó en Elena, aquella chica de la que no se había separado apneas en dos años. Eran íntimas: unidas por un fanatismo musical y dos “chicos malos”, dos “repetidores”, dos “adultos” oscuros y peligrosos de los que usaban chupa de cuero y fumaban en los recreos. Elena empezó a fumar justo entonces, a los 14, sin tragarse el humo, para salir a la puerta con su chico malo. Marta no fumaba, ni salía a la puerta en los cambios de clase. Leyendo la nota se daba cuenta de que ya entonces se notaban las diferencias. Su chico malo se esforzaba por sacar buenas notas en física porque era la asignatura favorita de Marta, para impresionarla. Y cambió las partidas de rol de los jueves por tardes en la biblioteca con ella, alargando hasta el infinito aquel trabajo de genética. Ella nunca le pidió ninguna de esas cosas como tampoco ser su pareja en el torneo de mus. Pero jugaron juntos, la única pareja mixta. La única pareja. Ya había diferencias entonces, pero todavía no se daba cuenta. Leyó toda la nota, la larguísima nota escrita en un folio plegado hasta el límite, transportada a un pasado lejanísimo. Era de la semana en que su chico malo desapareció sin dejar huellas, cinco días sin pisar por casa, ni por clase, ni decir dónde estaba. Y la madre del chico malo llamó a Marta para que “confesase” y cuando ella dijo llorando que no sabía nada, la madre se puso en lo peor. Ese día comprendió que era importante para su chico malo. Y también que la cabra siempre tira al monte. Faltaban dos semanas para que cumpliese 15 años. Pronto para algunas lecciones. Recordó la angustia de aquellos días. Esperar las malas noticias. Vivir pendiente del teléfono. Él seguía sin aparecer ni llamar aquel miércoles que ella escribió la nota aconsejándole a Elena que se lo pensase antes de dejar a su chico malo en un arrebato, le explicó que era un hombre muy orgulloso (en aquel momento le parecía un hombre de 17) y que si hacía eso entonces ya no tendría arreglo, y lo que ella quería no era dejarlo, era arreglarlo forzando mucho la máquina. Las máquinas van mejor suave. Y aquella nota terminaba así “pero esa es mi manera. Y, evidentemente, a mi manera las cosas no funcionan”. El jueves ya no estaba tan segura. Al doblar la esquina de la calle de su instituto lo vio con la melena color vino y la chupa. Subido en el tejado. De pié. Muy quieto, mirando hacia abajo. Y se lanzó corriendo en dirección a la puerta metálica, muerta de miedo. Y subió volando los 4 pisos de escaleras hasta aquella ventana que él le había enseñado en una de las muchas pellas que hacían juntos. Aquella ventana que daba acceso fácil al tejado plano como un solarium de su instituto de ladrillos. Salió al tejado a buscarlo. A decirle que se apartase del borde. A gritarle, por desaparecer sin más y asustarla así. Pero no pudo gritarle, porque él la abrazó muy fuerte y lloraba mucho, entre hipidos. Como un niño muy pequeño. P.S. No exactamente de la nevera: del anteúltimo cuaderno. La imagen son dos fotos de photbucket puestas juntas (gracias Kika, por el descubrimiento, aunque estés en la playa y no me leas) Mira, ¿sabes qué? Puestos a jugar esta partida suicida tuya, ¿por qué no jugamos con cartas vistas? Para darle más dramatismo. Te voy a enseñar las mías. O mejor! Vamos a hacerlo más divertido para ti. Es tu juego, ¿no? Tú eres el que tiene que pasarlo bien. Vamos a jugar con tus cartas tapaditas, tus ases escondidos bajo las mangas de la camisa. Y yo con mi mano sobre el tapete. Cartas descubiertas para mi. Sin mangas, sin ases. ¿Te gusta más así el poker? ¿Quieres apostar contra mi sabiendo las cartas que tengo?? ¿Quieres ganarme así? Así no tendría que costarte. Pero imagínate por un momento que pierdes... ¿podrías soportarlo? Es como esos exámenes en los que el profe te dejaba los apuntes y cuando suspendías te sentías tan absurdo. O cuando sacabas un 5. Sacar un 5 en aquellos exámenes era casi peor que suspender. Ramplón pudiendo haberte salido. Te voy a enseñar mis cartas: me encantas. Qué le vamos a hacer. Eres un imbécil pero me encantas. No podría pasarme ni un día entero a tu lado pero me encantas. ¿Tú lo entiendes? Lo entiendes perfectamente. Así que tengo una mano pésima. Una de las peores manos del mundo: me gustas pero no lo suficiente. ¿Cómo lo ves? ¿Qué te parece?? Me encantas y te entiendo y te interpreto y te preveo los gestos. Y sé que me dedicas más tiempo del que te gustaría, y del que confiesas. Y del que sueles dedicarle a nada. Eso también lo sé. Y que me encantas aunque me niegues treintaytresveces dejando a judas en pañales. P.S. De la nevera. Una de esas partidas absurdas que no conducen a ningún lado, donde una siempre tiene las de perder, pero la ventaja de saberlo y esperarlo... Y a veces las previsiones fallan y subes la apuesta y te descartas de un as, a lo suicida, y simplemente tienes suerte. La suerte también influye, y más cuando enseñas las cartas alegremente! Esta ha sido la semana de la timba infinita. El sábado L (de Linda) me contó que A (de Artista) dice que ella, la linda, es en el amor la mejor jugadora de cartas. Y me dijo también que está perdiendo pasta, porque él, el moreno, también juega a cartas. Ellos dos al poker. Yo al mus sin señas. Con una mano pésima. Sin apenas cartas, permanentemente de farol y sin saber qué coño hago, sin saber tenerlas en la mano. Porque mi partida me viene grande, porque lo sé y sé que el de enfrente es mejor y va a ganarme hasta el último amarraco. Y saberlo es mi mejor arma y no le quita ni un ápice de diversión y descarga de endorfinas a la partida que solo empieza... Y mientras tanto, por si la ludopatía no fuese ya preocupante, ando jugando a una mezcla de blackjack, la carta más alta y vaya usted a saber qué. En una partida intrascendente esta vez, pero eminentemente interesante y divertida donde se mezclan con gracia los detectives clásicos de novela, los nombres raros, las carcajadas salvajes esas mías: tan desmesura y tan exactas, tan merecidas. Convirtamos el amor en una partida de cartas, el deseo en strip-poker, confesemos los faroles y sigamos quitándonos la ropa. Gáname. Apuéstame y gáname. Quédate conmigo. Sigamos sin saber. Sepamos sin seguir. O no sepamos. Pero sigamos. Mira, me da igual. No hay posibilidades, ni siquiera tengo juego, quizá tú tampoco. Punto y miedo vale dos. Sácate otra. Reparte. Soy mano. Dame al menos dos reyes y acepta mi envite a grande, anda... que quiero dejar de sobrevivir sacándome la chica en paso... P.P.S. El título es una paráfrasis del nombre de una peli de Isabel Coixet (no es mi peli favorita suya, de todas formas) Esta mañana he estado en la farmacia. Nada grave. Los labios quemados (por el sol, no por ti, ya sabes). La farmacéutica me ha vendido un stick que sabe a algún cítrico. Ayer me pasé la tarde untándome de vaselina, haciendo una capa gruesa que la piel finísima y rosa de la boca absorbía ansiosa. Ya sabes como se me ponen los labios cuando me los quema el sol. Tan apetecibles, tan hinchados, tan gruesos, tan rosaclaro, tan comestibles. Pero sabes también que me duelen, con escozor y la saliva ácida es una tortura insoportable. Por eso me he comprado el stick que sabe a... ¡mandarina!. Era eso. O mejor a tarta de queso con aroma de mandarina. Cremoso y dulce. Y ahora parezco una esquiadora en temporada alta. Con una capa gruesa que me protege la piel casi transparente, que repara las erosiones para que el dentífrico no sea una tortura y tus labios y tu lengua sean solo una tortura, la de siempre, sin el añadido del dolor físico mezclado con las ganas ansiosas. Así que ahora ya no están tan hinchados ni tan gruesos ni tan rosa claro, pero saben a tarta de queso con aroma cítrico. Y quizá mañana estén curados, totalmente reparados. Esperando que vengas a saborear la tarta artificial... Rayos, truenos y relámpagos. Empieza a bajar la temperatura. Empiezo a tener frío. La carne de gallina, manga corta, pies descalzos. Siguen sonando los truenos y relámpagos. Pero no quiero cerrar la ventana, no quiero ponerme una chaqueta. No quiero acabar con esta pausa. Con la calma de esperarte. Porque sé que vas a venir seguro. Tan seguro como que va a seguir lloviendo un buen rato. Quiero seguir aquí, quietecita, tecleando, viendo el cielo gris, esperando. Esperándote. Con las ganas inmensas de que vengas. Porque tengo ganas de que vengas. Y me cuentes. Y te cuente. Y encuentres la palabra exacta, la manera precisa, el gesto justo. Y pares el mundo poniéndote enfrente, delante, tan cerca. Encima. P.S. De la nevera (o del congelador ;-) ). Me encantan las tormentas de verano. Dicen los del tiempo que quizá la semana que viene... pero como no aciertan nunca y estoy cabreada y lo que me apetece contarles es un coñazo... les dejo con esta tormenta de hace varios veranos. Post descongelando y besos desangelados (bueno no, que esos son un asco). Besos a la carta, cada uno que decida cuál prefiere!! P.P.S El cuadro es de Francis Danby, un paisajista irlandés del XIX. Se titula "Sunset at sea afer a storm". Y me encanta. Me he mordido el labio esta noche. Entre sueños. Recuerdo haber sido consciente de que me mordía el labio, y también de que no estaba descansando. No descanso. Hace casi dos meses que no descanso. No hay ningún drama. No pasa nada. Sólo que mi insomnio ha mutado en otra cosa peor. Sigo tardando horas en dormirme. Pero ahora además me despierto tres, cuatro o cinco veces en las 4 horas de sueño. Es una especie de tortura. En mi anterior crisis (que ahora mismo me parece una broma de lo más llevadera) alguien me dijo que eso era porque estaban soñando conmigo... Muy bonito pero el caso es que NECESITO dormir, descansar. Levantarme con la cabeza despejada y los ojos brillantes. Por lo menos de aquí al domingo... Ahora tengo una heridita en la parte interior del labio y dolor en los músculos. Quienquiera que seas: deja de soñar conmigo. Dame una tregua. Te lo suplico. Espera a que salga el sol para acostarte. Encuentra una manera, porque mañana y el domingo tengo que tener la cabeza lúcida y el pulso reposado. Ayúdame. Me voy a la cama. Espero que a dormir. Aunque probablemente acabe bailando con la luna, como en el cuadro de arriba: Moon Dance de Gockel (que me da a mi que no duerme tampoco demasiado bien, vistas algunas de sus obras) P.S. Por si alguien lo dudaba no creo que nadie lleve dos meses seguidos soñando conmigo todas las noches. Pero ya saben... la culpa siempre es de otros. Igual que me dan doscientas soluciones a mi insomnio también me encuentran doscientos culpables... Tú tira de la cuerda, tensa la cuerda. Pero se acabó el juego. Se acabó en serio. Es una revelación de las mías. Se acabó o empieza ahora, porque tú podrás seguir con tu cuerda que yo estoy jugando a otra cosa. Solo te lo advierto. Pregúntame las normas. Van a gustarte. Vas a divertirte también. Te lo garantizo. Vas a disfrutarlo. Porque soy mejor que tú inventando juegos y sé muy bien lo que te gusta. Ahora estoy jugando yo también. Por primera vez es solo eso: tú con tu cuerda y yo con mis piernas. Mis armas son mejores, me parece. Y no hay derrota posible. No existe. Porque no es un concurso, es un juego. Divertirse. Toma el poder. Todo tuyo. No lo necesito. Tengo algo mejor. Y los dos lo sabemos. Tú tira de la cuerda que yo he empezado mi jugada. Déjate de tableros. De dados. De marcadores, de cuerdas. De atrezzo. Mis armas son mis dos pies y mis piernas y la bisectriz de algunos ángulos y los lunares que me crecen en la piel cada año, y las pecas de encima de la nariz que me aparecen el segundo día de sol. Y estas dos manos, y los labios rosados. Y el escote moreno y los hombros redondeados y satinados. Y el culo de negra zumbona. Bailando salsa. O samba. Lo que quieras. Elige también el baile. Solo esas armas de ejército aparentemente diezmado, como los rusos que encerraron a Napoleón con el invierno. Y lo derrotaron por frío entregándole las ciudades, obligándole a adentrarse, a mover el frente, haciéndole morder pedazos que le venían grandes. Yo te voy a encerrar con el verano. Te voy a vencer por calor. Sólo eso. No puedo perder. Y tu tampoco. Va a gustarnos, verás. De la nevera. Pero parece recién salido del horno, en cambio. La foto es del sábado pasado. El día que le eché la culpa a la luna de la locura... Ella dice que tú y yo somos almas gemelas. Que la sacudida que me dio cuando te conocí, que la que te dio a ti cuando me conociste, significa que somos almas gemelas. Que nos vamos encontrando en las sucesivas reencarnaciones para enseñarnos cosas. Que en la siguiente vida a lo mejor tú eres mi jefa y yo tu empleada, o tú eres soldado del bando contrario, mi carcelero. Esas cosas nunca se saben. Quizá tu seas él y yo ella, como en esta vida. O no, o al revés. O tampoco. Quizá nos enamoremos en el futuro, puede que no. Pero nos reconoceremos. Algo nos pasará por dentro, y nos reconoceremos y lo sabremos casi todo del otro del mismo modo automático en que pasó esta vez. Y aprenderemos algo cruzándonos en las sucesivas vidas. Igual que hemos aprendido tanto cruzándonos en esta. Ya sabes que yo opino que todos somos pequeños universos perpendiculares dentro del Universo infinito. Ya sabes que yo creo que los universos se van cruzando entre sí, modificándose sin remedio. Ya sabes que yo no soy budista ni creo en las reencarnaciones ni en ir perfeccionándonos a lo largo de las diferentes vidas. Que yo pienso que el viaje termina aquí. En esta vida. Pero también creo que tenemos algo que aprender en el camino. Para ser más felices y hacer más felices a los que nos rodean. Sólo para eso. Y ese objetivo ya lo he cumplido con creces cruzando mi universo con el tuyo, aunque luego se separasen. ¡Pero no me digas que no es una idea bonita! No me niegues que no es bonito pensar que nuestras almas, nuestros 21 gramos de levedad van a seguir cruzándose y reconociéndose, reencontrándose hasta el fin del mundo. Me gustaría creer que eso pasa. Porque quiero seguir cruzándome, trenzándome, separándome de almas como la tuya. Todo el tiempo. P.S. De la nevera. No sé por qué ahora, tan tarde. Puede que porque mi fierecilla favorita y yo hablamos hace días. De lo de siempre: de exámenes, de proporción entre temas y días, de estudiar, de planes, de agendas, de tías y sobrinas, de porteros de discoteca, de usar o no rimel por motivos prácticos, y una cosa llevó a la otra. Y me encontré contando otra vez el mismo pedazo de mi vida. Hacía mucho que no tenía que explicarle a nadie algo que me costó tanto entender. Nata es la “ella” que me leyó lo de las almas gemelas. No era esto pero se parecía. En aquel texto la descripción de los encuentros era aun más detallada. Solo son las dos y media de la noche de un jueves cualquiera. He tomado un whisky de los buenos, como en los viejos tiempos de bebidas certificadas. Como entonces, cuando me duchaba con la ventana abierta y la luz apagada. A oscuras, oliendo el gel de verbena que dejaron de fabricar solo dos meses antes de nuestra microcatástrofe. Casi como entonces, cuando no sabía que lo nuestro se moría, que lo matábamos de pasión, que lo ahogábamos en deseo tempestuoso, brumoso y luminoso, como esos cuadros de Turner, que lo asesinábamos a plazos con determinación hipnótica. Incapaces de medir nada, respirando a duras penas por los poros de nuestras pieles que se confundía, se fundían hasta convertirnos en otros sin nuestro permiso. Y un día saliste de mi cama, una tarde decidiste que querías mundo real conmigo. Yo sabía que era un error terrible, pero qué podía hacer más que agarrarme a la tabla de náufrago de tu cuerpo demasiado moreno, boquear como un pez fuera del agua, llorar lágrimas calientes y lentas. Lágrimas tranquilas, sabias, con esa sabiduría estúpida de los que aceptan la catástrofe como un mal menor. Y de pronto el carrusel de neón se paró. Y de pronto me cansé de recordar como eras antes, de quemar el combustible del petróleo voluptuoso. Me cansé de conjurarte y que nunca funcionase. Ha pasado un siglo y sigo queriendo a aquel hombre que ya no existe y sé que sigues acordándote de esa mujer que nunca fui. No voy a encontrarle un sustituto a la perfección: no sé, no puedo y no quiero. Porque eso sería traicionar aquellos tiempos de hielo extra, de fuego y velocidad. De deseo del auténtico. P.S. Aquí lo tienes. Lo querías y aquí lo tienes. Ni siquiera he tocado el último párrafo aunque lo pensé muchas veces: hubo un momento en que me pareció exagerado, otras infantil, otras asquerosamente exacto. Ahora lejano, quizá porque he aprendido el error descomunal de buscar sustitutos. Sí, a lo mejor la cicatriz está terminada cuando no necesitas opuestos ni iguales: sucedáneos ni sustitutos. Cuando dejas de comparar a dios con los demás, a dios con dios, incluso. Porque después de esto, algún tiempo después de esto de aquí arriba la vida se puso bromista y escribí una carta que decía: Me pasé de melodrama. Yo que suelo ser comedida para estas cosas me pasé con los “siempre te querré” y los “nunca encontraré nadie mejor”. Vale, es verdad que siempre te querré, que siempre recordaré las noches en que nos conocimos, que nunca podré olvidar que enamorarse conlleva reacciones físicas, síntomas de una enfermedad. Fue automático el vínculo. Tiene fecha, hora y banda sonora. Nunca olvidaré porque no quiero olvidarte. Porque la felicidad que me diste durante todo aquel tiempo (tanto tiempo que parecía tan poco) es un regalo que no todos tienen. Hoy creo saber por qué te cruzaste en mi vida: qué tenía que aprender para seguir en el videojuego. Se acabaron las etiquetas absolutas para ciertas cosas. No hay absolutos cuando pasa lo que pasa: el otro día él dijo algo que me dio ganas de... Quise conocerlo, pegarme a su piel, bebérmelo entero, entrar en su mundo, en su casa, abrir sus ventanas. Y volvió el brillo radiante. No quiero que se me pase esta calentura. Esta fiebre elevadísima. Este ansia voraz. La felicidad o algo parecido. No quiero. No juegues sucio tú también. No te protejas de ti mismo y déjate de tonterías. No tengo tiempo. No me hagas perderlo en psicoanálisis. No tengo ganas tampoco. No de eso. No ahora. No quiero que se me pase, así que deja de medir las consecuencias. De tratar de prever la magnitud del desastre natural, de un hipotético y futuro desastre natural. A lo mejor no hay futuro, simplemente. Del ahora no hay duda: el brillo en las miradas, las pieles barnizadas, el tiempo yéndose por el desagüe cuando estamos juntos. Mañana me da igual. Hoy. Ahora. Tú. La fiebre, las ganas. Hoy. Ahora. Tú. Aquí. Mañana hacemos una conferencia. Nos sentamos a la mesa y discutimos del futuro, de los riesgos, del miedo. De que no va a funcionar. Eso mañana. Si aun tienes ganas. Hoy, ahora, tú, aquí, conmigo, la fiebre, las ganas, la cama. El sol por la ventana. Teoricemos. Hablemos de esto como si esto no fuésemos nosotros. Hagamos ese ejercicio. A ti y a mi nos gusta hacer ejercicios absurdos. Somos dos inoperantes. Nos limitamos a dejarlo estar. A darle vueltas alrededor como a un meteorito aterrizado de pronto en el medio del jardín. Teoricemos. Hablemos en una mesa con un café humeante y un cenicero más humeante. Uno frente al otro, como quien dialoga sobre el tiempo. Movamos mucho las manos, gesticulemos. Hablemos por lo menos. Estoy harta de jugar a las elipsis cinematográficas, de no saber dónde pretendes ir a parar con todo esto... Porque yo sabía de sobra dónde quería llegar, hasta que tú me cambiaste la ruta, y aquí estoy: mirando el meteorito desde todos los ángulos... No puede ser tan complicado. Hemos salvado distancias más grandes... P.S. De la nevera... Esta sensación de ser visitante en casa me gusta. Todo es familiar y a la vez extrañamente fuera de la rutina. Siempre digo que Pucela es una ciudad fea, pero quizá no sea cierto. No lo sé. Qué más da. El fin de semana de San Juan. Fiestas paganas, hogueras, ritos, noches cortas que se alargan. Esta vez con autorización municipal de ese alcalde-ginecólogo a cuya consulta no iría jamás. Ni aunque me fuese la vida en ello. Madrugar un sábado. Estudiar dos temas fáciles y correr hacia la peluquería vestida para matar y para que me de el sol a voluntad. Caminando sinuosa, escuchando música. Gafas de sol nuevas: unas que son aun más actriz en Cannes que las anteriores. Ir a la peluquería hace años que dejó de ser traumático. Acabó la adolescencia y empezaron a gustarme los rizos grandes e indomables, la melena de león brillante. Acabó la adolescencia y aprendí incluso a apreciar mis piernas y mi culo de negra zumbona. Una de las chicas me sorprende aprobando mi reflejo y se ríe divertida, como si me hubiese pillado hurgando en los cajones de mamá. Duda de que mi pelo sea rizado, porque he ido con el moño de estricta gobernanta o de gimnasta olímpica: tirante y brillante. Le aseguro que los rizos saldrán solos cuando deje el pelo quieto y me mira incrédula, igual que me miran incrédulos los que me conocen en invierno cuando me escuchan decir que me pongo morena muy rápido. Estoy guapa. O me veo guapa. O las dos cosas. Salgo pisando fuerte por las aceras con mi pelo nuevo, mis gafas nuevas, mi camiseta nueva y las ganas de siempe. Caminando bajo un sol abrasador hacia el “Avec Moi”: el sitio trendy, el café-lounge, el punto de encuentro fashion para un día “Sexo en NY”. Lo hacemos todas las chicas del mundo, creo. Incluso antes de que apareciese la serie. Vermú blanco en copa de vino. Terraza. Más sol. Esos chicos que se iban pero ahora se quedan. Luego tenemos una reserva para comer en ese sitio también fashion, también con nombre francés. Siempre empezamos suave: tu padre?, tu hermana?, tus sobris? El curro? Estudias mucho? Cuando tienes vacaciones? El autobronceador de Dove. Este vestido me lo compré en Candem. Ah! Este finde es Candem en La Latina y un bobby te cambia euros por libras. El alcalde cabezota y las hogueras. Luego, comiendo con vino, Pi nos llama guarras porque nos gustan las espinacas y en general “la verdura”. En la mesa de al lado hay dos chicos. Oli intenta ligar con uno mientras yo le hago gestos de que aborte la operación. Es gay. Vamos ya por el postre. Él quiere probar la crema de Baileys y Chocolate y el helado que nuestra mesa alaba y saborea. Tiene esa sensación tan frustrante de haberse equivocado en la elección. Quizá tenga razón, porque a mi su tarta no me da ningunas ganas. A estas alturas los que andan alrededor ya nos han oído decir cosas como: “me lié con fulanito otra vez, te acuerdas?, mucho mejor que antes, lo que pasa es que ahora estoy mediosaliendo con un chico. El finde pasado tuvimos esa conversación tan tonta de “tú y yo qué somos? Como cuando teníamos 15” “A mi me gustan esas conversaciones. Mejor eso que sobreentendidos y malentendidos” “Ya, pero el problema es que desde ese día tengo ganas de tirarme a todo lo que se menea” “Para mi que ese chico no te pone” “No, no, desde luego, pero no ya sexualmente, es que ni siquiera... no sé. Hablando me parece sosos también. Sé que no vamos a durar nada pero...” “A ti no hay quien te entienda: sales con un chico que no te gusta?” “A las 7 tengo un curso de energía universal” “Y eso qué coño es?, como lo de los chakras y tal??” “Sí, eso, eso. Lo de los chakras. Estoy en el nivel avanzado, cuando lo acabe os podré tratar. Me dejaréis ensayar??” “Duele?” “No, no, que va... se abre el chakra, se trata, se cierra y listo: así me curé yo las anginas el otro día” “Oye, y lo que se ahorra uno en médicos” “Joder, el profe de salsa al que voy está buenísimo. Lo paso fatal en sus clases, se me pega tanto, tanto tanto... A ver, tú que también bailas salsa crees que es necesario pegarse tanto?. Es que mira, ponte de pie. Así, así, no, pero más, él se pega más. Pégate más” “Ya, pero conmigo no funciona por causas fisiológicas” “Ah, claro, las tetas, qué tonta. Bueno, pues eso” “El chico de las mariposas está matando las mariposas. Y mira que me jode con lo difícil que es sacarlas de la crisálida” “Pero qué hace?” “El gilipollas, como todos, tratar de tener el control. Ingenuo. No ve que yo tampoco lo tengo?, pero bueno... que le vamos a hacer” “Se arrepentirá. Todos se arrepienten, aunque a veces es demasiado tarde” “A lo mejor simplemente se ha cansado” “De ti?? Eso es imposible, no se han dado casos” “La excepción que confirma la regla?, yo qué sé” “Uf, ha sonado a él sabrá: el mantra infalibe: ponerlo en sus manos” “Lo que sea, da igual, paso palabra” “Cotilleo jugoso: a que no sabéis quién ha vuelto de Chile??” “Tu jefe” “Ex jefe” “Aquel cabronazo??” “Sí, sí, ese. Y me ha contado Maite que le ha presentado a sus padres a Marta. Los padres tienen que tener un lío ya... que no sé como se aclaran” “Sí, sí, otro que tal baila: todo lo cabrón que quieras pero luego se comportó como un niño cuando vio que había perdido a su jueguecito” “Generalmente ellos son los únicos que juegan, ya sabes. Así no hay manera de perder” “Ja ja ja. Como J. Joder qué se creía? Que no nos lo ibamos a contar??” “No, creo que pensaba que no me lo ibas a contar” “Y hablando de cabrones: Fernando se casa y mi perro nuevo se ha comido su jersey” “Qué listo tu labrador, me encanta” “Y qué dice Jose del perro?” “Que de hijos nada” “Y tu?” “Que ni de coña, que nada, que paso” “Pero no iba a ser yo la madrina del primero?” “Sí, bueno, hipotéticamente pero no me imagino con niños” “Tampoco te imaginabas hipotecada y comprometida, tú, oh reina del picoteo!” “También es verdad” “Tenéis que probar las bolas chinas con mando a distancia. Y darle el mando a distancia a él” “Mira, no querían el poder?” “Jajajaja. Toma tú el mando, cariño, pero no el de la tele” “Imaginaos esa comida familiar... diosss” “A tu suegra le da algo que esa seguro que se entera de todo”. El camarero tira los cubiertos durante la explicación del funcionamiento del aparato, al recogerlos tira un plato. Es la señal. Hay que pedir la cuenta y cambiar de escenario para las burradas. Café con hielo. Licor con hielo. Subiendo (más) el tono en esa terraza. Nos despedimos y nos vamos cada una por su lado. Yo pienso que esta vez, por culpa del curso de “energía universal” no hemos fingido que nos encantaban prendas horteras en las tiendas. Lo hacemos para ver la estupefacción del resto de clientes y luego sus risas cuando comprueban que solo bromeamos. Y pienso también si voy a cambiarme para la noche. La noche más corta. O con más luz, con mas magia, con más ritos paganos: apuntas en un papel las 3 cosas malas del año y los 3 deseos para el próximo. Lo quemas con fuego de la hoguera y dejas que el agua se lleve las cenizas. Confías. No sirve, pero es divertido. O sí sirve porque te obliga a pararte y pensar y entenderte. Después de las hogueras se alarga la noche... P.S. La foto es de un rinconcito de la Plaza Mayor de Pucela. No fue nuestra terraza fashion pero he estado ahí sentada con ellas (y con otras personas) muchas veces... y está bonita la plaza... Una perfecta noche romana. Perfecta. Preciosa. Fuentes-esculturas por todos los lados. Dos monedas lanzadas sin pedir más deseos que volver a Roma. Santa Maria dei Fiore y una terraza. Restaurante con mesas en la calle, combinados, tatuajes callejeros, estrellas en el cielo. Un trozo de tela precioso de regalo. Una perfecta noche romana, sí. De verano anticipado. Los ojos tan brillantes que me daba miedo mirarme en los espejos. Me hacía sentirme fría ser tan feliz. Estar tan en paréntesis. Que todo diese igual, que todo se acabase sin haber siquiera empezado. Exprimir el tiempo con olor a naranjas confitadas. Al día siguiente más museos, más paseos, dos líneas de metro. Un punto de encuentro. Las ganas de cruzar al Trastévere. La plaza de España, fotos en la escalinata. Colarnos en los autobuses con osadía para descubrir que era el “modus operandi” romano. Una despedida triste: “vamos a decirnos adiós en tierra italiana. El avión ya es España” Una última noche de whisky con hielo y sin refresco en una taberna de pueblo, que parecía un refugio de piratas, todo forrado de madera oscura y con una balaustrada de barco sin bandera. Abandonar el barco los primeros y sin excusas, con el ansia de descontar el tiempo. Una mañana más de café y bollitos. La última. - Toma mi número -dijo - No, que te llamo - Dame tu número entonces - No. Que no llamas. - Estás loca - Sí, pero sé lo que me hago... Cerrar el paréntesis un 12 de abril. Y no arrepentirme de nada. Comprender que lo de fuera del paréntesis ya no tenía arreglo, que la perfección a veces deja de funcionar. Y punto. Apagar el radar. “Un viaje organizado. Todos son iguales.” Eso dijo todo el mundo. Mientras yo sonreía en silencio intuyendo que en el fondo no todos son tan iguales. Dormir en el autobús camino de Roma. Aparcados en un área de servicio. Cambiar de sitio con alguien que quería descansar. Él y yo susurrándonos uno junto al otro toda la noche. Escapando del autobús como delincuentes: “verás, hay un botoncito rojo aquí...”. Y él tenía razón: había un botón rojo que abría la puerta y nos permitió salir del autobús, no despertar a nadie y caminar muy juntos hacia la cafetería del área de servicio. Perder la cuenta de las copas y después “espresso” a chorro. El kit de superviviencia de mi bolso demostrando su eficacia. Volver al bus a las 6 de la mañana para ser los primeros en llegar al Vaticano. Una eterna visita guiada. Todo el mundo con el cansancio de dormir retorcido en un asiento incómodo después de muchos días de trote. Cafeína en vena. La piettá entre cuatro paredes de metacrilato. Un guía con pinta de ateo e ironía a raudales que hablaba un español con acento italiano muy musical y que consiguió grabarme en la cabeza que en la Basílica de San Pedro no hay ninguna pintura. Una comida deliciosa en el reino de Dios. Una siesta deliciosa en una cama de hotel enorme y sin dioses. Una ducha templada. Los secadores sonando en todas partes a través de las paredes de papel de fumar. Una llamada de emergencia para una reunión de chicas: maquillaje, manicura, cepillos redondos para alisar melenas. Carcajadas. Coca-colas robadas abiertas con los marcos de las ventanas. María y Carmen chispeantes y tranquilas después de dormir en condiciones. Cotilleo. Ganas. Guía de lujo. Llevándome por las salas de los museos como a mi me gusta: rapidito y parando solo en lo que me llama la atención. Incluso me explicó el por qué del techo de aquella sala. Cosas sobre artesonados y zapatas de pilares de madera. Recordándome muchísimo al profesor de arte que espesaba la atmósfera de los museos y me hizo disfrutar tanto con todo aquello. Y me puso la nota más alta que he sacado en mi vida: 11 sobre 10. La motivación extra dando sus frutos. Fue un guía perfecto que mejoró una ciudad que nunca será de mis favoritas. Por la tarde volví al redil de las 8 horas de sueño. Al paseo en góndola, el regateo, comprar pasta teñida de azul cielo. Murano. El puente de los suspiros. Y perdernos cuando era ya noche cerrada, se encendían las farolas, caía la niebla sobre San Marcos. Perdernos justo entonces para descubrir un poquito , una esquina de la otra Venecia: una panadería de barrio, calles que no salían en los planos, casas con desconchones, canales estrechísimo y un poco de miedo. Nuestros pasos resonando con eco de agua en aceras vacías. Lido di Jesolo. Interior noche. El dueño del hotel le cruza la cara a su mujer en medio de una recepción repleta de turistas. Ella es una belleza del este y pasa algo con el cacao del capuchino, algo muy grave, por lo visto. La rabia me supura. En las habitaciones las toallas de ducha tienen tamaño de pañuelos. Bajo a quejarme airadamente. El hombre dice que no me entiende, que hable en italiano. La mujer me guiña un ojo a su espalda y se pone el dedo en los labios mientras con la otra mano me muestra una llave. Subimos juntas en el ascensor y me encuentro con él que me mira estupefacto mientras yo chapurreo en nada con la rubia. “¿Dónde vas?”, dice. "A por una toalla decente, ¿te vienes?" . Y se nos une, caminando hasta el fondo del pasillo. Conseguimos dos toallas gigantescas, nuevitas, suaves, esponjosas y con olor a suavizante y recibimos instrucciones sobre como devolverlas para evitarle a ella otro guantazo. Por la noche house italiano, una camisa blanca, un caballero andante al rescate de las garras de un pinchadiscos local. Yo dejándome rescatar como si me hiciese falta. María y Carmen queriendo irse a la cama y obligándome a mi: “sólo hay una llave y yo no pienso abrirte”. “Será por camas” me dijo al oído. “Deja que se vayan, no sé como las aguantas”. Y se fueron. Compartir una toalla perfecta. Desayunar bollitos recién hechos con guiños cómplices a una rubia del este y esconderlos bajo la servilleta cuando llegaba el ogro del bigote. Él fue mi salvación aquel abril italiano, y como todas las cosas buenas pasó sin quererlo y sin preverlo. Todo empezó una madrugada en Pintor Rosales, subiendo a un autobús con las filas de asientos tan juntas que no quedaba apenas sitio para meter las piernas. Subiendo al autobús sin sueño y con el ánimo burbujeante de empezar un viaje con amigas. Ir de vacaciones por primera vez con alguien puede ser fantástico o dramático. Hombres, mujeres y niños. Aquella vez estuvo más cerca del drama que de cualquier otra cosa pero conseguimos sobrevivir a pesar de las incompatibilidades. Le tenía muchas ganas al viaje porque mi certeza de los últimos cuatro a&ntil |