
Como en mi gimnasio de barrio ya no hay clases de baile o las hay a horarios imposibles en los que la gente normal o trabaja o duerme la siesta, me he buscado unas clasecillas a ver qué pasa.
Bailar es bueno, aumenta las endorfinas, desestresa y divierte. Me gusta mucho como para renunciar a ello, aunque los chicos de los pedales me hayan captado para su secta de locos.
El viernes fue mi primer día. El sitio es bastante pijo tirando a muy pijo, la profe de turno es mucho peor de lo que se cree y mucho mejor que nada. La música ni fú ni fá (lo único reconocible fue el Ella-ella de Kate Ryan o como se escriba). La coreo resultó algo inconexo pero divertido y me sirvió para comprobar que concretamente hay un músculo en el muslo que no se ejercita haciendo ciclismo.
Éramos pocos, presumiblemente por la nevada, lo hice sorprendentemente bien para mi gusto poco exigente. Sudé, me reí y salí de clase como una rosa.
Por si era poca diversión, por el mismo precio, un comercial-PT (personal trainer) también conocido como monitor, que se llamaba Germán pero al que llamaremos Gonzalo porque seguro que quiere permanecer en el economato, me dio una charla sobre las bondades de pagarle 190 euros al mes por sus servicios.
Hubo un momento en el que pensé que PT era un eufemismo de gigoló. Luego comprendí que estaba convencido de que la clave del éxito es seducir a las potenciales clientas. Además Gonzalo es de esos hombres que piensan que a las mujeres nos seduce que coincidan milimétricamente con nosotras en nuestros gustos. Y también es de esos que te tocan todo el rato venga o no a cuento, porque lo han leído en un libro sobre el lenguaje corporal, te abrevian el nombre a la segunda como si te conociesen de algo y en definitiva lo hacen todo fatal para mi gusto, pero convierten lo que podría ser una charla soporífera en un divertido experimento sociológico en el que me dedico a decir cosas imposibles solo para escucharle apuntar "a mi me pasa lo mismo".
Termino dándole una receta para hacer merluza al horno y cuando me dice "oye hay gente que viene aquí a ligar" y estoy a punto de responderle "yo es que soy más de ligar en los bares" pero me doy cuenta de que esa frase hace tres años que es absolutamente falsa, comprendo que ha llegado la hora de marcharme.
Digo muchas gracias, saco los guantes y le doy mi teléfono sabiendo de sobra que va a freirme a llamadas insistiendo en lo baratos que resultan, bien mirados, sus servicios.
Ah, la vida. El sábado por la mañana, él, con su corte de niño bueno (el look bandarra no es tendencia) y su hablar de barrio, y sus maneras chulescas y su maldita costumbre de no pegar conmigo ni con cola, jugaba con la nieve y explicaba a una niña deliciosa que las huellas triangulares en la nieve de la azotea las había hecho una paloma y me llamaba por mi nombre completo, como hacen con bastante frecuencia las personas importantes en mi vida.
P.S. Feliz semana. Este ha sido, definitivamente, el finde de los experimentos sociológicos, de "mujeres y hombres y viceversa". Podría contarles sobre gente que cree que un restaurante llamado Bangkok puede ser japonés y en cambio habla todo el rato de "moet chandon" como si supiesen, sobre hombres que se consideran con derecho a autorizarme a pedir más vino, taxistas estafadores, mercado inmobiliario y muchas otras cosas irrelevantes. He elegido la tontería de arriba porque no tengo tiempo para lo interesante: en cuanto encuentre un hueco les cuento sobre "Cuatro veces fuego"