Universo Perpendicular |
![]() El microcosmos de vega
(vega es la quinta estrella más brillante del firmamento. En el año 14.000 sustituirá a la estrella Polar como la estrella del norte debido a pequeñas variaciones orbitales en los equinoccios) |
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Se muestran los artículos pertenecientes a Octubre de 2007.
Hoy hace el día perfecto para ir a comprar el disco nuevo de Quique Gozález. El cielo le hace juego a la portada. Es un día cántabro, norteño, delicioso. Sigo en sandalias y manga corta. He mantenido mi vieja tradición: he caminado obligándome a la calma hasta la FNAC de Callao, he subido en las escaleras mecánicas sin saltarme ni una, como si no estuviese ansiosa. Me he cruzado con los que ya habían comprado el disco y rasgaban el celofán. He sonreído con la sensación de pertenecer a un grupo de locos, un grupo maravilloso. He bajado con mi disco y el ticket de compra a por el CD de regalo y he cerrado los ojos riendo hacia dentro al comprobar que una de las dos es “la cajita de música”. La canción que me hizo recuperar la fe nunca perdida del todo. Después he vuelto andando hasta Atocha, ojeando las fotos de Maquieira. Esta vez no nos lleva de viaje. Esta vez nos quedamos en casa, en su casa. Sus paisajes. Las aceras, los cielos grises, los barcos varados, los discos, la ropa, las luces, las sombras... He leído el texto final. Ese en el que Quique cuenta que esto no es lo previsto y que bendita imprevisión. O como se diga. Y me han dado ganas de besar y abrazar a Mac. Por darle la razón, la excusa, las ganas, la canción, el piano, las púas o lo que sea. Y por registrarlo para nosotros... Hoy hace el día perfecto para comprar y disfrutar el nuevo de Quique González. Y hoy es su día en el Universo Perpendicular. Enterito para él. Ahora voy a ver “las gafas de Mike” luego se lo contaré. Después oiré el disco de fondo en mi vida, y se lo contaré también. Si los planes salen como está previsto hoy tres post. Los tres sobre “Avería y redención 7”... Son paisajes que conozco. Con el sepia de los recuerdos que a veces se vuelve vivo e intenso. Son paisajes que conozco desde la infancia. Los decorados de “Las gafas de Mike” son también los decorados de mi vida: la emisora en la que Quique pone música tiene su sede puerta con puerta con la casa familiar. Las carreteras entre montañas, serpenteantes. Casi puedo oler la humedad. Me resulta raro ver a quique ahí, imaginarlo durmiendo en el parking de debajo del Ayuntamiento. Y me resulta raro oir esa genial “Arañazos de piel roja” que dejó marcas imborrables hace casi un año en La Riviera. Y verme ahí, de refilón, entre el público, pidiendo más. Aplaudiendo. Formar parte de “Las gafas de Mike” de esa forma tan tangencial. Saber que estaba allí. Que viví aquello, aquel concierto impresionante. Que con un poco de suerte me quedan muchos más. Es un making off de verdad, y reconozco los gestos de Quique, sus piernas retorcidas, la forma de apartarse el pelo de la cara, esa manera de rebuscar entre las palabras que tiene cuando habla, las pausas. “Dudar es malo” dice como un viejo lobo de mar, con su barba descuidada. Dudar es malo, justo antes de grabar “la vida te lleva por caminos raros”. Dudar es necesario. No sé si bueno o malo, pero necesario. Y creo que bueno. Dudar, la duda, obliga a pararse a pensar, a elegir un camino. Lo malo no es dudar. Lo malo es no atreverse a decidir. Quedarse en la encrucijada. Pero me gusta como dice “dudar es malo”, como un perro viejo. Siempre dije que Quique González tiene ojos de perro fiel. Y en las gafas de Mike su perrazo fiel también lo mira todo con ojos parecidos. El boxeo, Motril, perder aviones, bolos improvisados, las pruebas de sonido. La vida del músico. Del músico, no del artista. Del músico que es artista también, que tiene sus formas, sus tics, sus manías, sus maneras, sus fetiches. Como todos. De verdad. A veces Quique González posa, pero cuando posa pone cara de posar. Se le nota. Y a mi me gustan también sus poses y sus mohínes. Aunque me volvería loca vivir como él. Hay una alusión a “Acordes y desacuerdos”, y las dichosas casualidades que se enredan y aletean alrededor de todo lo bueno. Cuando las cosas empeoran siempre desaparecen las casualidades. Siempre. Porque desaparecen de verdad o porque dejamos de ser capaces de detectarlas... “Dos ladridos” se ha quedado fuera, y yo no entiendo por qué puede quedarse fuera algo que dice “una cruzada de miradas perdidas, una llamada de rutina al 112, blackjack en el casino de provincias (...) una jugada demasiado sencilla”. Me enamoro instantáneamente de esta canción que quizá nunca oiga fuera de esta peli... y que me revuelve y me agita por dentro, con la calma de llorar bajito y sin aspavientos. Los hombres no lloran, a veces cantan canciones a las orillas de los ríos de montaña. Cuántas canciones buenas habrá escrito Quique González. Cuantísimas canciones... Lucinda Williams suena de fondo mientras Quique conduce hacia su casa llena de nieve, y Cantabria parece una película del oeste. Y luego la operación de rodilla, la admisión y el tamborileo impaciente de los dedos, y él fingiendo ser un John Wayne con anestesia al que le quitan una bala. Dan ganas de abrazarle, y de reírse con él de su menisco y de sus ocurrencias. Y después las tomas del disco, las primeras maquetas, en marzo, en su casa, con las muletas, las segundas en Madrid, las terceras en Amasa (en el País Vasco). Carlos Raya aparece en la película, no es que la sobrevuele, es que aparece. Y me emociono. Carlos Raya me vuelve loca. Cuando él toca una guitarra el mundo desaparece por completo o se concentra en sus manos y yo pierdo el control de mi cuerpo. Así que me emociona verlo allí, aunque ya no toque “para mi” una vez al mes... Y lo que no me interesa: la trayectoria, las influencias. De eso no entiendo. No entiendo de nada, más bien. Solo miro y escucho y veo a Quique y la Aristocracia del Barrio trabajando duro, disfrutando con el trabajo duro. El talento y el trabajo juntos dan siempre buenos resultados. Siempre. Viviendo Rock and Roll, viviendo en una peli de vaqueros. El chico que tendría que estar de parte de los indios... El tipo duro que me toca tanto la fibra. El disco va sonando amplificado por trozos en distintas partes de mi cuerpo. Es un proceso raro. Primero en los pulmones, que acelera la producción de oxígeno al ritmo de las imágenes potentes y los ralentiza y vuelve a acelerarlos hasta que en el final me encuentro conteniendo el aliento, como esperando que me resuciten otra vez. Pero ya ha terminado “Pequeñas monedas y grandes mentiras”. “Dobe fila” es algo que se deshace entre los dedos, algo que se desmiga durante mucho rato, hasta provocar pinchazos en las yemas de los dedos y dolores en los tendones de las muñecas. “Avería y redención” me recorre la columna vertebral, el rosario de mis vértebras entrechocando y separándose, haciendo “eses” de forma incomprensible. Nunca pensé que esta canción pudiese gustarme tanto. Habría perdido todas las apuestas... “Betty” es una vieja amiga: la chica de ojos grandes que bebe whisky como agua. La pin up con pinta de llamarse Carmen. Los personajes de Quique González cobrando vida en mi mente: Kid, Margaret, Betty, recorriendo mis aceras. Betty me recuerda a “Polvo en el aire”, algo en lo decadente del ritmo me recuerda a esa canción, a la famosa noche en la Zac, a la cámara de vacío que él hace con su música a mi alrededor. “Hay partida” en la boca del estómago, claro, donde se dan los puñetazos eficaces. Donde golpean a los boxeadores de pies lentos y guardia baja. A los boxeadores rendidos, entregados. Como yo con este disco. Y el dolor agudísimo que corta la respiración da paso al alivio de notar como va desapareciendo, igual de lento, desde los bordes hasta el extremo, que el vaho en los cristales. En backliners me encuentro de pronto con la mano izquierda justo debajo de las clavículas. Parada en medio del pasillo, olvidando a dónde demonios iba o para qué. Y Ladydrama me baja por la cintura y me da ganas de reír y de bailar. Y los dedos vertiginosos, puro rock and roll. La cajita de música suena en el bulbo raquídeo. En ese punto exacto donde un alfilerazo podría matarte. En el sitio delicado donde se une el cerebro con la espina dorsal. Es una joya cantada en un susurro agudo, de una forma extraña y a la vez obvia. Como mirar dentro de la cajita, acercar mucho el ojo a la rendija minúscula y ver a la bailarina doblada y quietecita, e ir abriendo poco a poco la tapa para verla levantarse, empezar a girar, empezar a sonar. La cajita de música por sí sola es suficiente para sacar un disco a la venta, para darle a alguien un premio, para quitarse el sombrero ante “la aristocracia del barrio”. Para aplaudir con las orejas a Jacob y a Pedreira (al que le cambio frecuentemente el apellido) y a Karlos, al que aun no he visto con la banda. “La casa está vacía” se amplifica en mi mandíbula, me endurece las encías, me hace apretar los dientes y llega a veces a la garganta, rozándola como una ola muriendo mansa en cualquier orilla. “Nos invaden los rusos” en los pies, primero poco a poco, como si brotase algo en el suelo, luego como si ese algo fuese hinchándose poco a poco, llenándose de aire, hasta que de pronto el globo que me sostiene se pincha y desaparece y pierdo pie, y vuelo sin caerme, sostenida por las notas... “Trabajan en escenas de acción” se amplifica detrás de los ojos, en las cuencas, en los lugares de las jaquecas y las preocupaciones rumiadas, masticadas insistentemente, pasándose la mano por el pelo, colocando el monte de venus de la mano izquierda encajado en los párpados, apretando fuerte, conteniendo los latidos. “Número siete” en los hombros, que no se relajan, que me acortan el cuello. En los hombros que sujetan el peso, que reparten el peso, que equilibran o desequilibran. Donde empieza la espalda a retorcerse. Donde hacen falta las manos del quiropráctico. “Trucos fáciles para días duros” en el hígado, o donde creo tener el hígado, donde se produce la bilis, donde se almacena la bilis para que no se extienda invadiéndolo todo. Los trucos fáciles suena en el almacén de las miserias, donde damos dos vueltas a la llave en la cerradura para poder seguir sonriendo, seguir caminando. Seguir. Avanzando hasta las gafas de Mike, canción para ir conduciendo un coche clásico americano, un coche de los de recorrer la ruta 66 a toda la velocidad que permiten las carreteras sin curvas, diseñadas para los aterrizajes forzosos o para huir hacia ningún lado, pisando el acelerador hasta clavar el tacón y la puntera casi en el asfalto. “Los desperfectos” se desliza como una gota por mi frente, mi nariz, el centro de mis labios, la barbilla, el cuello echado hacia atrás. Recorre el eje central de mi cuerpo, y la piel se eriza con el roce. Y tengo a la vez ganas de llorar y de no llorar. Y la grandeza me sorprende y me golpea casi al final. El minuto de muestra no le hacía justicia a “los desperfectos”, a la maravilla, a la delicia sin azúcar ni sacarina. Y cuando aun intento tragar y dejar de estremecerme, y secar la gota o las gotas. Cuando estoy intentando digerir la belleza, empieza a sonar la música inquietante de “vete con cuidado” ese sonido electrónico como un trino enlatado, ese ciclo, ese círculo vicioso al que van entrando los instrumentos, ese latido por todas partes que se transforma y marca el ritmo de los pasos, la cadencia de las caderas moviéndose desafiantes y femeninas. Es una canción para que las mujeres caminen mientras se marchan. Caminen decididas sin mirar atrás, hasta estar lo suficientemente lejos y entonces girar solo un poco el cuello y sonreír, mientras el ciclo vuelve a empezar. Y alguien se queda en la habitación, intentando terminar, pero sin querer terminar. Es un final apoteósico para un disco apoteósico que me parece tan brillante que me da un miedo horroroso haberme equivocado, estar borracha de otoño delicioso, estar empachada de ganas... Pero todos mis órganos vitales, todo mi cuerpo, toda la inmensa superficie de mi piel no pueden estar equivocadas. P.S. Fin del día Quique. Yo seguiré escuchando el disco y sólo el disco por lo menos una semana. Por lo menos. Después ya veremos que quedó en el proceso de decantación. Cuales empiezo a saltar. Ahora mismo creo que sólo las gafas de Mike... Y ya les dejo en paz con Quique González. Las crónicas de los conciertos de esta gira como todas las crónicas de los conciertos de Quique, en su foro. P.P.S. La foto está en la galería de Avería y Redención de su web. Supongo que será de Maquieira... Gavatin le ganó la final del European Poker Tour de 2006 a su compatriota sueco Olander. Y yo vi la retransmisión de la partida en riguroso diferido más de un año tarde. Hold´em. Esa modalidad en la que sólo se reparten dos cartas a cada jugador y el resto se ponen descubiertas sobre el tapete, son comunes. Me gusta el Holdem. Y me encanta el empaque de Gavatin en esa final irlandesa, ese casiniño de ojillos inteligentes, urdiendo trampas al alocado Olander. Esperando durante toda la partida en la mesa, tranquilo, tirándolas, esperando cartas, viendo como los oponentes iban poco a poco desapareciendo mientras él, cauto, perdía poco y ganaba poco. Esperaba mareando las perdices, confiando al prepotente Olander. Dice Spade que qué mas dará como toqueteen las fichas, que él no se había fijado. Y pienso yo que hay que fijarse en los gestos que hacen los jugadores de poker. En todos los gestos por insignificantes que parezcan, en lo que hay detrás de los grandes gestos. El mejor es el más hierático, supongo, el que nunca, bajo ningún concepto, pase lo que pase, mueve ni un solo músculo. El que mira las cartas una sola vez y las posa en el tapete y no las vuelve a tocar. El que no juguetea con las fichas, no enarca cejas, no sonríe ni frunce el ceño. Pero eso es casi imposible, así que quizá haya otra opción para los que no pueden ser hieráticos: los extremos que se tocan. Exagerar las muecas hasta el extremo más insospechado de manera que ya no pueda saberse si es un teatro tonto o la realidad de un desquiciado. Gavatin no es ninguna de estas dos cosas. Quizá nunca llegue a ser el mejor y lo de Dublín fuese solo suerte. Pero empezó la mesa final y yo me puse automáticamente de parte del menudito sueco, del pausado, del tranquilo, del experto. El que no se deja cebar, ni arrastrar al desastre, y pasa cuando tiene que pasar. Y piensa, calcula probabilidades, opciones... para tomar una decisión. Me puse de su parte a pesar de que Olander era, con diferencia, el que más fichas llevaba, el gallito del corral, el rey del mambo. No me impresionan los reyes del mambo, a veces hasta me dan risa sus inseguridades disfrazadas. Lo de siempre: esa necesidad de gustar del inseguro, esas maneras fingidas, decir lo que los demás quieren oir, comportarse como los demás esperan de uno... y al final como Julia Roberts en novia a la fuga: sin saber cómo te gustan los huevos. Gavatin lo tenía claro. Sabía de sobra quién era y cuáles eran sus armas y le daba igual dar bien en pantalla, resultar carismático o sosaina, y acabó ganando. La partida y lo demás. Porque si esa noche de 2006 yo hubiese estado en Dublín viendo en directo aquella final, habría hecho todo lo posible, absolutamente todo lo posible, por salir de aquella sala con Gavatin, a pasear por la orilla derecha del Liffey, incluso aunque Olander hubiese ganado aquella última mano... Porque no era el aura del ganador. A mi eso me da igual. Era la inteligencia brillante, la capacidad increíble de leer la jugada, la personalidad que demostraba, la que lo convirtió en el más sexy de la mesa. Llueve, está lloviendo, como el otoño pasado, como todos los otoños. Llueve y la casa está casi a oscuras. Casi vacía. Llueve y he apagado la música y he abierto la ventana y estoy escuchando llover y el silencio de la calle. Cuando llueve mi calle se queda desierta de tráfico, de sonidos de claxon, de gritos de gente, de trabajadores que salen a fumar. Y la ciudad está calmada y deliciosa, como un falso desierto en el que, de vez en cuando, resuenan unos tacones que chapotean y modifican su sonido por contacto con el agua estancada. Llueve. Es otoño, los pies están encerrados. Y yo estoy acodada en la barandilla, plácida, tranquila, sonriente, relajada. Como si no tuviese mucho que hacer, prisa, ansias. Como si no fuese otoño. Y no sé qué ha cambiado con respecto al otoño pasado. O sí lo sé. No es él. No es por él. No tienen nada que ver. Si no estuviese esperándome al doblar la esquina, seguiría sintiéndome bien. No es tampoco mi decisión absurda de no deprimirme. Es más bien al contrario. En septiembre ya sabía que este octubre iba a deslizarse plácido entre lluvia y botas forradas. Con mis pies fríos encogiendo los deditos dentro. Lo que pasa es que me equivoqué, aprendí, lloré, me asusté, me reí. Sobre todo me reí. Jugué. Juego. Me reí. Río. Tuve esperanza y la perdí. Aposté sobre seguro. Sabiendo dos cosas como si no supiese ninguna. Y los puentes metálicos... Sigue lloviendo y no quiero que pare... y esta tarde seguirá siendo otoño, mis pies seguirán encerrados, pero al doblar la esquina... Ahora empieza la tormenta... y es precioso verla desde la ventana. P.S. Hace unas horas... No sé que hora es. Hace un buen rato (más de 10 canciones) que oculté el reloj de la pantalla del portátil. Así que ahora no sé que hora es. Calculo que serán casi las 5 de la mañana. No tengo sueño. Sorprendente. Estoy cansada. Me duele la contractura perenne del lado izquierdo de la espalda. Escucho a Morcheeba muy bajito. Bostezo. Tecleo esta tontería con los ojos cerrados y totalmente tumbada en el sofá. La luz está apagada desde hace un rato porque me molestaba en los ojos cansados. Acabas de mandarme un mensaje deseándome buenos días e informándome de que ya estás levantado aunque sigues dormido, así que debe ser más tarde. Tienes una forma muy rara de jugar a este juego con fecha de caducidad y banda sonora. Voy a irme, vas a hacer que me marche, has puesto una etiqueta con la fecha y en cambio cada vez tengo la sensación de que te trenzas más conmigo. Hay más hebras de mi vida enredadas con la tuya. Cada vez te recuerdo por más cosas y cada vez me suena más el móvil para informarme de que en este preciso momento me estás regalando cinco minutos de vida. Vas a conseguir que sea más longeva que aquella mujer japonesa. Morcheeba me aburre. Cambio a Gotan Project. Whatever lola wants. No soy Lola, pero me gustaría que estuvieses aquí. Ahora mismo. Susurrándome al oído para que me duerma o termine de despertarme. Y te imagino afeitándote preciso frente a tu espejo gigantesco. Ese que a ella le encanta, apostaría uno de mis ovarios. Lo que Lola quiere lo consigue. Pero no me llamo Lola y sigues sin estar alrededor aunque estés alrededor. Y dan ganas de llamarte, mientras Duke Ellington empieza a tocar. Y me aguanto las ganas y cierro los ojos. Y dejo de teclear. Y apago el teléfono. Porque debería empezar a acostumbrarme. Y no quiero leer que subes en el ascensor y que sigues dormido aunque no lo parezcas. Y no quiero leer tu “te llamo luego, a la hora de siempre” Y no quiero comprender que ya tenemos rutinas. Que hay inercias y costumbres que van a desaparecer, o deberían desaparecer. Y no quiero perder, pero no puedo ganar y no quiero esconderme. Y la voz de Norah Jones me saca de mis casillas esta noche-madrugada, en la que suenan los tic tac de los relojes que no dan la hora y solo marcan los finales. Aunque todo parezca ir tan bien. Pero estamos fuera de tiempo. Fuera de tiempo ya. No me llames más, vale? No me mandes más mensajes contándome tus menudencias, no me informes cada vez que añadas cinco minutos a mi tiempo disponible, no quiero saberlo. Cuando leas esto, este mensaje desesperado, esta bandera blanca absurda... Cuando leas esto, borra mi número de tu agenda. Tú que tienes el control, que siempre lo tuviste, que lo veías todo tan sencillo, que rodeaste el día con rotulador rojo en tu absurdo calendario. Tú que eres el más fuerte, el más frío, el implacable de los dos... hazme el favor de borrar mi número y deja de comportarte como si lo nuestro fuese a alguna parte. O es que tú tampoco puedes?? Mierda: Barry White y su love interlude. Me voy a la cama. Pero no me llames. Es en serio. Si puedes, usa tu autocontrol samurai de tres al cuarto y NO ME LLAMES. Pero la vida es una cachonda. No ha pasado como estaba previsto, ha sido mejor para mi y supongo que igual para él. Me gusta el texto y hoy tiene cierto sentido... No sé donde me lleva esta tontería. Esta absurdez que significa tanto para mi y que llevo muchos meses intentando esconderme. Soy tan boba... pero no importa: él no lee. Él no sabe que hay otro nombre en el ciberespacio, que hay un universo perpendicular, de momento no quiero que lo sepa, tampoco. Porque está en mi mundo real, todos los días. Al doblar la esquina... sugiriéndome el jersey rojo. Soy tan boba... pero hacía muchos años que no era tan boba y me gusta la sensación. El cuadro es “El baño” de Bonnard y está en el MoMa (New York, New York) Un psiquiatra que se llama como el autor decide liberarse dejando todas las decisiones de su vida al azar de los dados. Esa es la síntesis de “El hombre de los dados” de Luke Rhinehart (pseudónimo de George Cockcroft). Cuando lo compré en una “cutrosa” edición de bolsillo no sabía que era una “novela de culto” (y ahora sigo sin saber qué es exactamente una novela de culto). Alguien me la recomendó conociendo mi sentido del humor. El psiquiatra se convierte a la “religión del dado” y, responsabilizando al azar, hace cosas totalmente inaceptables para cualquier moral por permisiva y relajada que sea. Es irónico, brillante, sorprendente, hilarante y desconcertante. Con frases redondas como “la vida se compone de pequeñas islas de éxtasis en un océano de tedio y después de los 30 rara vez se avista tierra”. Frase con la que, por supuesto, no estoy de acuerdo, aunque claro, quizá cuando cumpla los 30 la suscriba, no lo sé. O esa otra que dice: “Freud fue un gran hombre, pero algo me dice que nunca se acarició el pene de una manera mínimamente eficaz”, que suscribo en gran parte basándome en las pocas cosas de Freud que he leído (la ignorancia es atrevida, amigos). Critica la sociedad moderna, la terapia psicoanalista, ciertas convenciones... No sé como explicarles: la forma de escribir de Rhinehart se parece mucho a la forma en la que yo pienso (me refiero al proceso, no a mis ideas). Dijo Nico Abad una vez que los libros que nos gustan son los que están escritos al ritmo que leemos, pero no creo que sea solo eso. Creo que quizá también nos gustan los que nos “obligan” a un ritmo sea o no el nuestro. Creo que más que el ritmo o la similitud de su escritura con mi proceso mental, es quizá el ingenio. Supongo. O no. No lo sé. Eso nunca se sabe. Quizá debería averiguarlo preguntándoles a los dados. Hoy el mundo tenía color de foto. Entre sepia y luminoso. Entre viejo y recién estrenado. Congelado y vivo a la vez. Criogenizado. Como si llevase siglos mirando el mismo fragmento inmóvil de mundo, el mismo momento, y de pronto descubriese algo nuevo, esa veleta de aquel tejado, confundida hasta entonces con todas las antenas de las casas modernas sin chimeneas. Hoy mis ojos veían peor pero más claro que de costumbre. Hoy achinaba el gesto y respiraba una paz artificial como de antes de estallar todas las tormentas. Hoy estaba tranquila, suave, calmada y expectante disfrutando de un paisaje que ha dejado de parecerme invariable. Algo pasó ayer por la tarde. Algo raro. Un mecanismo pesado y lento. Chirriante pero preciso, trasladándome a otro lado, cambiándome la perspectiva. Aun no sé donde estoy. Pero me agarro sin fuerza, me acostumbro al movimiento y dejo que me llevo donde sea, sin marearme. Hasta que se detenga. Entonces volveré a abrir los ojos, haré un reconocimiento del nuevo paisaje, hasta que encuentre el rincón de foto. Es todo tan raro y tan maravilloso. Un viaje de atracción de feria. 21 de septiembre P.S. Corriendo: casi sin tiempo entre el puente, el examen y las despedidas absurdas (hasta el lunes, qué eternidad!!!). El cuadro es "Vista de París" de Van Gogh, lo pintó en 1886, creo. Ahora que ha acabado el verano y a nadie le queda ni el más ligero rastro de bronceado, ha llegado la hora amigos, clientes, seres humanos en general de lanzar el producto estrella de la temporada otoño-invierno de nuestro querido Arabian Biuti Centerrr: Colour you warhammer. Los lectores de Bridget Jones recordarán lo pesada que se ponía la madre de la pobre Bridget con llevar a su hija a “colour you beautiful”, servicio pijo e innovador hace unos años en el que se indicaba a sus clientas qué colores de ropa les favorecían más. La dirección del Arabian Biuti Centerr (vamos, Sonia y yo) ha decidido dar un paso más y lanzar “Colour you warhammer” teniendo en cuenta la sinergia (que es un término muy trendy): dado que los niños usan warhammer y pistolitas de agua, molestando muy frecuentemente a los clientes hemos decidido combinar todo esto y convertirlo en algo favorable para el negocio: nuestros clientes podrán elegir el color de su piel de entre la amplia gama tonal que ofrece el Warhammer: para los clásicos tenemos por ejemplo el vomit brown o el bubonic brown que suenan mal pero quedan monos. Para las exageradas (como Lidia Lozano) el más indicado sería el beaten copper. Para los que quieran potenciar la porcelana de su piel nunca falla el palid flesh (literalmente carne pálida). Nosotras hemos probado el shining gold, y nos encontramos muy favorecidas, aunque quizá los niños se pasaron pulverizándonos en algunas partes y se quedaron cortos en otras, pero eso es cuestión de pillarle el truquillo siguiendo al maestro Ross y su “uno misisipi, dos misisipi, tengo un doctorado” . En fin, además, ahora que se acerca Halloween, esa fiesta tan nuestra, tan tradicional y tan arraigada pueden ustedes plantearse disfraces complejos de forma sencilla optando por colores que van más allá del mero bronceado como el “ghostly grey”... Consulten a nuestro personal que les hará interesantes sugerencias para triunfar en su vida social y mantener un tono bonito durante todo el año, sin preocuparse por las radiaciones solares (de la toxicidad de la pintura no se han hecho pruebas en laboratorio, pero nosotras nos encontramos fenomenal después de usarla y no hemos notado ninguna merma en nuestras capacidades intelectuales, ni en nuestro buen juicio ni en nada...) El próximo día les hablaremos de nuestros tratamientos tradicionales: esos que nos dieron fama internacional en su momento! Un puente sin compromisos familiares pero con apuntes que repasar, pasando páginas al segundo cuaderno, en el que pone “wet” sobre la portada frambuesa. El peor día fue el jueves: una mañana desperdiciada en la peluquería, estudiar sin ganas y echar de menos. Pero “una llamada de rutina del 112” (parafraseando “Dos ladridos”), un informe de actividades y la preciosa versión de L.O.V.E. para un anuncio de Channel fueron suficiente. La mañana del viernes pasó veloz y pronto empezó la juerga: el puente de verdad. Sin teléfonos, sin cuadernos, sin otro reloj que el biológico, sin más planes que las ganas. Hedonismo de gourmet, rincones desconocidos para los no iniciados, rincones que no salen en las guías aunque deberían. Semifrío de mandarina y vino dulce. Tacones altos. Contoneo. Callejeo. La mesa del fondo del Herminios, ese Bourbon que solo tienen allí. Jazz del bueno. Corazones de segunda mano relucientes, como nuevos. Sábado de comida en casa, plantas de marihuana, pastel ruso, txacolí frío, salsa césar con el toque de ella. Morfeo en mi regazo dándome calor y mimos. El “superperro 2007”. Un perro alto y delgado, como una top model. Munchen. Aitor y Agus, copas que se rellenan mágicamente. Luis Ángel que luego es Luis Alfredo. Abigail. El chico encantador, el chico prejuzgador. El culebrón venezolano. Oli y yo fingiendo un noviazgo apasionado de los de bronca por minuto. Se nos escapa la risa cada vez que le digo “Marisa” con convicción y me abraza y nos cogemos tontamente de la mano y repetimos eso tan manido de “yo no tengo que demostrar mi amor por ella, si no me crees me da igual, lo que me importa es que ella lo sepa”. Y nos reímos cuando nos sugieren que vayamos al balonmamo los domingos por la mañana, porque quizá esa frase sea la más coherente del día. O quizá cuando redefinimos la fidelidad... sí, puede que en aquel trozo hablásemos en serio del amor y alrededores... Y digo tantas tonterías que Aitor apuesta que soy la más fumada y la más borracha de todos. Y no. Cruzamos las miradas improvisando banquetas apilando taburetes. Nos reímos recordando los viejos tiempos de Toby y Boris y los hoteles donde montamos tanto el número. Las noches locas... Como dice esa de Amaral “son mis amigos” y es tan divertido… Pero luego volvía por la A6 y pusieron esa que dice “I drove all night to get to you” y yo tenía tantas ganas de llegar, de aparcar, de caminar por las aceras... Ay! Qué fin de semana. Y qué ganas de esta semana!! P.S. El post de mañana saldará mi deuda definitivamente... por lo menos esta! Ayer he vuelto a bailar “la quiero a morir” esa de Francis Cabrel que Sergio Vargas hizo en merengue y DLG luego, convirtieron en salsa. Hacía muchos años que me negaba a bailar precisamente esa salsa. Es demasiado bonita como para andar entre sonrisas absurdas, comentarios tontos (¿vienes mucho por aquí? etc.) esquivando pies y fallando en giros, por falta de conexión o costumbre o química. Ni siquiera con F. Ni siquiera cuando F. y yo ya nos habíamos declarado la guerra en la vida real pero a cambio habíamos hecho las paces en la pista bailando compenetrados y perfectos, demostrando otra vez que las apariencias a veces engañan. Ni siquiera con F. con el que habría quedado impecable. Porque él conocía la canción, y bailaba muy bien salsa, mucho mejor que yo, con sus pies enormes y su cuerpo de 1,90. Y me conocía a mi. Habría sabido pararme justo en el momento preciso. Pararme y mirarme fijo y agachado, como si fuese cubano de pura cepa y no gallego. Pararme justo en ese “yo” en el que pasa una eternidad que son sólo milésimas de segundo, antes del agudo desgarrado y perfecto. Pero yo siempre prefería otras canciones. Ayer en cambio no prefería otras. Hacía muchísimo que no nos veíamos: él se mudó de ciudad para estar con su hijo y yo le perdí la pista. Aunque pregunté a veces cómo le iba y me llegaron recuerdos suyos de ciento en viento. El sábado ni me lo esperaba. El sitio donde me enseñó a bailar es ahora un bar normal donde ponen a Bisbal y esas cosas. Ayer era otro decorado e incluso otra música, las modas se imponen, y lo que hace 13 años se llamaba “playero” y era sexo en vertical en una pista de baile, reservado para las 6 de la mañana, 3 canciones y a la cama, se llama ahora “reggaeton” o como se escriba. Y ya no se baila igual: ahora es más teatro y mucho menos sexy. No le vi. Bajé las escaleras girándome para sonreírle al hombre de la puerta que siempre dice algo agradable y totalmente falso a todas las chicas que la cruzan. Entré directa, yo delante, escoltando a la protagonista de la noche, hacia “nuestra barra”. Ese hueco perfecto desde donde se domina la cabina del pincha, se ve llegar al relaciones que le gusta a una de mis amigas, y hay siempre un sitio para sentarse cuando los pies palpitan. Empezó a sonar un merengue larguísimo y lentísimo, de esos que nunca se bailan con desconocidos, agarré a P. y nos fuimos al centro de la pista a engrasar los giros. Suelo hacer de chico con ella, así que estoy concentrada en volver de las vueltas y encontrar la mano que es, dando indicaciones leves y pensando en la siguiente. Es divertido. No le vi. Cuando volví a por mi bourbon, muerta de sed, me tapó los ojos por la espalda. Supe que era él porque seguía oliendo igual que entonces. Y me giré como una niña chica corriendo hacia los regalos la mañana de reyes. Estaba como siempre. Guapísimo, mulatísimo, un poco más bajo que yo. Impecable. Me contó que estaba de paso. Que su hijo sigue bien, que la madre de su hijo y él siguen viviendo juntos pero no revueltos (al menos no habitualmente revueltos). Me piropeó como siempre, más como una costumbre que como otra cosa. Me contó que sigue con sus percusiones divinas. Y le hizo un gesto al pincha. Empezó a sonar “la quiero a morir”. Como entonces. Cuando esperaba que entrásemos por la puerta para ponerla, para sacarme a bailar. Para enseñarme. Yo en aquel momento me limitaba a hacer el paso base, pero con él siempre parecía una buena bailarina. Eso me lo enseñó también: “nunca te fíes de un hombre que te saca a bailar para lucirse él sin importarle si tú le sigues”. Y en eso también tenía razón. Así que no dije nada, cogí la mano que me tendía, le seguí de cerca hasta el centro de la pista. Hizo alguna broma sobre la necesidad o no de seguir cantándome el pie con el que tenía que volver de cada giro. Le dije que no me cantase nada, pero que me obligase en las vueltas a derechas, porque tiendo a irme a izquierdas entre la zurdez y el hacer frecuentemente de chico. Y ya solo cantábamos esa letra preciosa. Y ya solo girábamos, sudábamos, sonreíamos. El universo se comprimía alrededor y no veía nada que no fuesen sus ojos brillantes, y no notaba nada que no fuese su mano derecha, ortodoxa a veces, entre mis omóplatos, sujetándome en las figuras, y relajada otras, bajando hasta mi cintura, rozándome solo un poco, indicando el sentido del movimiento, haciéndome volver sutil al punto exacto, inventándose pasos, encajando mi cadera en su codo cuando estaba a punto de marcharme, intuyendo cuando llego corta, solventando mis errores que no son errores porque bailamos, no resolvemos ecuaciones... Y parándome con maestría en ese “yo”, poniéndose tan cerca en el agudo en el que la voz de Huey Dunbar. brilla inconfundible. Haciéndolo perfecto. Porque él siempre lo hacía perfecto y sigue haciéndolo perfecto: te saca a bailar la salsa con la letra más bonita del mundo y no necesita llenarte los oídos con absurdeces, ni contarte historias de indios y vaqueros. Sencillo, brillante. Preciso e inteligente. Con los pies veloces y la calma suficiente como para pararlos si hace falta. Baila muy bien. Siempre bailó muy bien. Y hoy intuyo que quizá nunca volvamos a encontrarnos por casualidad, que jamás voy a volver a bailar esa salsa con él. Y me da pena... Me he puesto muy contenta en mi pausa para comer: Visítenlos, yo pienso hacerlo!! Colecciono atardeceres. Cielos rojos incendiarios. Cielos que arden bajo la capa azul de las nubes y los diferentes gases que forman la atmósfera. El Ris me dio los mejores cielos rojos de la infancia, enmarcados por la costa abrupta que se abría en una playa aun casi salvaje por entonces, enorme, de arena fina, como tamizada por un buscador de oro del oeste. Creo que empecé por eso: porque al subir de la playa había un par de horas en las que Noja era un pueblo fantasma (también del oeste) y los cada vez menos escasos turistas de la época andaban todos cambiándose para la cena. Y atardecía. Y yo me sentaba en la terraza, con los pies en equilibrio sobre la barandilla, balanceando la silla a escondidas de mi madre y mirando el cielo enrojecer. Después vinieron él y su objetivo preciso a fotografiar cielos para mi. Cielos ardientes, congelados por su dedo sobre el obturador de aquella cámara reflex carísima que a mi me daba miedo incluso tocar. El otro día atardecía morado. Conducía yo a toda velocidad por carreteras vacías de pre puente y el cielo atardecía morado y sonaba buena música en la FM y el mundo me parecía demasiado bonito. Porque el cielo era perfecto: primero ardió todo, y las nubes se tiñeron de naranja. El incendio desmesurado fue remitiendo, dejando una estela morado alivio de luto. Morado como ese color de ropa que me favorece tanto. Morado como cuando yo era “la niña republicana” de un hombre rojo como los cielos que me gustan. Morado como los pantalones que lleva él algunos martes, cuando sale de la ducha oliendo a limpio y perfumado, atrayendo mi nariz a su caos ordenado, a su cuerpo moreno, a sus ojos dulces. Morado y violeta en los bordes y azul medianoche alrededor. Azul oscurísimo, casi negro pero sin ser negro. Azul, morado, rojizo, violáceo. Todo mezclándose en volutas caprichosas con las nubes aun más caprichosas, como en la paleta de un pintor que sabe exactamente lo que quiere pero no concretamente cómo lo quiere. Y yo respiraba muy hondo y todo olía bien y en la boca conservaba aun fresco el sabor correcto, y la paz me bajaba las revoluciones y la mano izquierda descansaba tranquila sobre la ventanilla mientras la derecha tamborileaba en el volante y mi pie pisaba el acelerador hasta hacer temblar el motor chiquito de mi bombón granate. Cada vez era más de noche, cada vez estaba más lejos de él y más cerca de ellos. Y no me sentía ni siquiera parecido a esas muñecas de las que tiran dos niños caprichosos con fuerza y saña, uno de cada brazo. Porque nadie tiraba de mi, solo que yo quería estar en dos sitios a la vez, y donde mejor estaba era en una carretera que atardecía morado para mi. Demostrándome que pueden tenerse muchas cosas, que puede una sentirse afortunada en medio de la nada desde un todo hacia otro. A veces la felicidad simplifica lo complicado de una manera tan mágica que es una pena que todo sea tan efímero. Como aquel cielo morado que ya no existe. O sí. Aquí está. Alrededor. Como la felicidad. Llego tarde. Ya es de noche. Tengo frío y ganas de ojos dulces y manos de trilero. Resulta que en el gimnasio de barrio hay crimen organizado: algunas socias ponen el candado en septiembre y lo quitan en agosto, cuando eso va contra las normas de la cortesía y también del gimnasio de barrio escaso en taquillas. Y luego, claro, las que vamos a última hora volviéndonos locas a la caza desesperada de taquilla libre. Y decíamos Sonia y yo que a nosotras eso ni se nos había ocurrido: que no tenemos imaginación para el crimen. Que somos criminales desorganizadas y anárquicas, que actuamos solo bajo grave provocación... y así nos va! Y de pronto además de ludópatas somos una banda de criminales desorganizadas e ineficaces en esto de la delincuencia. Lo nuestro son los crímenes suaves. La semana pasada cometimos dos crímenes desorganizados y suaves, tan suaves que no parecían ni crímenes: Primero molestamos a una vecina con nuestras risas excesivas. Por lo visto llevamos haciéndolo dos años, pero el otro día se asomó a la ventana y le dijo al camarero del bar de al lado: “míralas, ya se están riendo otra vez, como todos los días. Y el año pasado era igual, así no hay quien duerma”. No lo dijo cabreada, la verdad, lo decía riéndose, pero era una queja en toda regla. Y tomamos nota. La vecina vive en el primero y es obvio que tiene problemas con el aislamiento de las ventanas: así que supongo que igual que entran nuestras risas a carcajadas, entra también el viento huracanado en invierno, provocando un gasto energético brutal que obliga a subir la calefacción y contamina. Ese fue el primer crimen suave. (me refiero al nuestro de molestar, no al suyo de contaminar, eso que lo decidan Al Gore y ese juez que juzga el documental de Al Gore... que son los que entienden de esto del cambio climático) Al día siguiente entramos en nuestra cafetería de cabecera. Donde una camarera (puede que) albanesa nos atendía desde hace meses entre bromas y risas (“no os enchufo la máquina de tabaco que fumar es muy malo y además no sois mayores de edad”). Hasta que llegó “Tesoro”. Tesoro es de Cuenca como muy lejos. Y tiene muy malísima leche. Es una de esas personas amargadas y cabreadas que lo dicen todo con el tono dulce y falso. Hay varios locos que frecuentan el local (además de nosotras, quiero decir). Uno de ellos es aparentemente agresivo y peligroso aunque en el fondo totalmente inofensivo. Ella le tiene miedo. Se le nota la aceleración en el pulso cuando se dirige a él, pero aun así le dice “está cerrado, tesoro”. Y un día la escuchó el dueño y le dijo “hombre, tesoro, tesoro, lo que se dice tesoro, no es”. Y nos hizo gracia. Porque Tesoro llama “tesoro” a todo hijo de vecino, en cualquier contexto y situación, para cualquier cosa. Y nos echa a patadas a horas tempranas, y nos obliga a cambiar nuestras cosas de sitio 8 veces porque tiene que fregar, y resopla y se queja y se amarga y no me calienta la leche a la hirviente temperatura que me gusta en el café, y nunca sonríe. Y nos cae fatal, a nosotras y a todo aquel que tiene la inmensa fortuna (mala fortuna, se entiende) de recibir sus atenciones trufadas de “tesoro” (son 2,40 tesoro –a mi- , no nos queda azúcar moreno, tesoro –a Sonia- , vamos a cerrar, tesoro –a un chino de los que van a por el premio de la tragaperras- , no hay pulgas a partir de mediodía, tesoro –a él que se aguanta la risa con ineficacia). La semana pasada nos hartamos. Nos sacó de quicio a las dos de todas las maneras imaginables. Y tiene mérito porque somos dos pacientes impacientes que se enfadan siempre como último recurso, o cuando ya no quedan recursos. Así que Tesoro nos hartó y nos cambiamos de centro de operaciones. El bajo relieve vuelve a mudarse. Hemos encontrado un refugio con nombre gris y ambiente pijo que no pega nada con nuestros pantalones funkeros y nuestras zapatillas de baile. Pero cierran tarde, lo que nos evitará largas conversaciones en medio de la calle molestando a los vecinos y Tesoro no está sirviendo cafés con bilis. Y seguro que el camarero es capaz de aprenderse en una semana que yo tomo el café con la leche hirviendo. Como las viejas. Así que, desde que hemos formado la banda: dos crímenes suaves: molestar a la vecina inconscientemente y responder en tono-mojama a Tesoro, justo antes de salir dando un portazo (metafórico, que allí no hay puerta). De eso somos capaces... qué lástima! Ver tocar a Quique González es lo más parecido al orgasmo que conozco. Decía él que no había hombre que soportase mi cara cuando lo escucho cantar. Yo no sé qué cara pongo, no me veo la cara que pongo cuando suena la música. La suya y la de su Aristocracia del Barrio, pero le dije a la fierecilla, al duendecillo, a Puck, al espíritu libre que vino cargado de regalos maravillosos que era sexo escénico. Que no hace falta que toquen con las pieles, con las células, con los cuerpos, porque tocan con las voces y con las vibraciones de los instrumentos por el aire. Que eso nos pasa a todos: hombres, mujeres, niños y hermafroditas de cualquier condición sexual, raza o religión (a todos los que vamos, quiero decir). Y que tenía que venir a comprobarlo. Para que pudiese ver una cara aproximada a la que yo pongo. Una nueva. Virgen en esto del sexo escénico, con la sorpresa permanente de notar como crece y crece y cada vez es mejor y acaba arriba, lo más arriba posible, y deja el regusto, el recuerdo en las terminaciones nerviosas, el temblor en las piernas. Y vino, con un cuadro precioso que ahora cuelga frente a mi cama y tiene una dedicatoria igual de bonita por detrás, con una pulsera azul brillante que ahora adorna mi muñeca derecha, con delicioso chocolate, con una quitapenas que espero no usar nunca y un periódico autografiado, para cuando sea el momento de las subastas en Ebay. Vino y fuimos a comer, a pasear, a tomar café, a reírnos, a hablar, a ponerle gestos a las voces y a las palabras y a las caras de las fotos. Ella me hizo compañía en los descansos de los exámenes, entendiendo mis manías de estudiante, mis sistemas anárquicos, mis fichitas de presentadora de la tele, mis tonterías. Mientras me contaba sus trucos nemotécnicos para aprenderse complejos nombres de complejas cosas que yo no entiendo. Traficando con iconitos de messenger que dicen hola y adiós y lanzan besos, contándonos batallitas tontas, mandándonos textos. Así empezó todo esto, mandándonos textos... allá por febrero. Hasta que empezamos a contarnos nuestras vidas, como novelas, como si nada, por fascículos, quitándole hierro a lo pesado. Y me volví a encontrar, tiempo después, explicando en un mail el día que me enamoré y me clavé las uñas en la palma de la mano derecha mientras sonaba Maria de Blondie. Vino por fin y era como si recogiese a una vieja amiga, con mis gafas de ver y una semigripe minimizada por vino blanco y arroz aromatizado. Y caminábamos por las aceras y nos cruzamos con obreros “typical castizo” aunque fuesen rumanos, piropeando a gritos pero con clase. Y nos dieron un cursillo de bricolaje inútil y ella sugirió el “patex” como solución efectiva. Y se nos sentaron dos espectadores en la platea. Y vimos comer tortugas, le conté un par de historietas para visitantes, dos o tres curiosidades de esta ciudad con tantas historias que contar. Nos cambiamos en servicios públicos, nos maquillamos, nos cruzamos con ese chico que podría ser su tipo y se reía de nuestras frases potentes. Y coincidimos demasiadas veces en la palabra exacta, repetida al mismo tiempo. Demasiadas casualidades para dos teóricas desconocidas. Y conduje hacia Rivas, sin equivocar la salida, sin destrozar salvajemente la rueda contra un bordillo. Aparcando a la primera, llegando sobradas para seguir diciendo tonterías que no iban a ninguna parte y otras que a lo mejor sí van a alguna parte. Y luego llegaron Quique González y su Aristocracia del Barrio a hacer sexo escénico, a hacernos disfrutar, acelerar las respiraciones y pude entonces mirarla de reojo, ver en sus ojos negros esa luz inconfundible de estar metida en el asunto, de entender a qué me refería. De disfrutar a lo bestia. A lo grande. Desmedida desmesura excesiva deliciosa, maravillosa. Boquiabiertas, jadeantes, sudorosas, brillantes, luminosas, después de dos horas y media de cambios de ritmo, de salvajismo y suavidad. De lujo. De buena música. Y volvimos en el coche, con atascos en las carreteras a pesar de las horas, sin música, con las buenas canciones en la cabeza y la fierecilla tarareando “te lo dije”. Qué versión de “Te lo dije”, madre mía. Y yo como en flash back recordaba los grandes momentos: dos horas y media de grandes momentos!! (polvo en el aire, conserjes, fito, salitre, aunque tú no lo sepas, torres, y casi todas las del nuevo) Y ahora le debo muchas cosas: un viaje a su territorio y una visita a esta tierra de nadie y de todos, pero esta vez sin horarios ni fechas de exámenes: con tiempo para aguas de geranio, encuestas en sitios absurdos, visitas turísticas de las de foto y postal, compras compulsivas, borracheras, desayunos típicos y lo que haga falta. Qué ganas!!! P.S. Vengo ahora de despedirla y la huelga de autobuses nos ha dado material para un par de blogs, o para dos novelas. Y el chico de Localia no podrá olvidar nunca a la “amateur” que cubrió la huelga con chispa. Y sé que va de viaje, rellenando un cuaderno con palabras de las suyas y tengo ganas de que llegue a casa y enchufe el ordenata y lea esta tontería mía. Veo latir un corazón humano en un reportaje de National Geographic. Y el mío se acelera. Es raro, es feo, y es maravilloso, ver como se contrae y se expande ese trozo de carne ensangrentada, esa bomba que distribuye la sangre por las venas. “Si te transplanto el corazón seguirás siendo tú”. Dice Arthur W. Toga (profe de neurología de UCLA) en el documental, pero si algo hago en tu cerebro tu carácter, tu personalidad, tus reacciones cambiarían. Tú eres tu cerebro. Mientras tu corazón bombea incansable sangre hacia él. Hoy me he levantado con un dolor sordo en los huesos. Cansada. O lo que sea. A lo mejor son solo micro-agujetas. Puede que sea eso, o una mala postura. Me he levantado con dolor en la espalda y sé que cuando me duche con agua hirviendo se me pasará, y que la muñeca derecha cada vez me duele más, por culpa del teclado compacto del ordenador portátil. Y bostezo mientras el café se calienta, y bostezo mientras traigo el café de la cocina, lenta, con las manos rodeando la taza, y bostezo mientras me siento y me petrifico, y reacciono, bebiendo a sorbos cortos. Y recuerdo lo que me contó mi padre: sólo tenemos dos cuerdas vocales, y carraspear las irrita muchísimo pero bostezar las relaja. En las temporadas en las que fuerzo mucho la garganta bostezo más, debe ser una reacción instintiva de mi cuerpo que no va al foniatra. Igual que reacciona provocándome la risa absurda cuando estoy al borde del colapso. Cuando llevo mucho sin dormir y estoy realmente cansada, estresada y agobiada, cuando el cerebro empieza a encharcarse y las piernas dejan de responder, todo me da una risa tonta, como de gas hilarante, antinatural y ridícula. Involuntaria. Y de pronto las articulaciones duelen menos, el cansancio se diluye en endorfinas y puedo seguir funcionando otra temporada. Un día leí que la risa a carcajadas disminuye el agotamiento y entendí que tal vez mi risa sonase tonta, pero era sorprendentemente inteligente. Droga legal, barata, automática, eficaz y sin bajadas. Sin desequilibrios brutales, sin paranoias, sin el encasquille. Resulta que las endorfinas tienen una estructura similar a la de los opiáceos (razón por la que estos nos hacen efecto), pero claro, sin sus efectos negativos (el cuerpo deja de fabricar endorfinas si le damos un sustituto y cuando el efecto del sustituto desaparece viene la bajada, porque nos quedamos sin los naturales y sin los artificiales). Se segregan con la risa, el ejercicio físico, el sexo, el amor, el café, los masajes, y están también en la leche materna. Qué sencillo y qué barato. Mi amiga Estefanía fue al psicólogo con 9 años. Estaba deprimida o algo similar. El psicólogo la puso delante del espejo. Le dijo: “a ver, con esa cara de acelga, mírate y di ja y luego ja ja y luego ja ja ja, ya sé que te parece una idiotez, pero hazlo” Y al día siguiente vino emocionada al cole. Y nos pasamos el recreo frente al espejo de los baños del patio diciendo “ja” “ja ja” “ja ja ja” hasta que nos daba el ataque de risa. La carcajada no fingida, el bienestar. Lo recuerdo y algo cálido me recorre por dentro. Risoterapia. Chute de endorfinas. Una tontería. Puede. Pero a mi me funciona. Ya saben que yo soy una simple. Y todo esto por la presentación del nuevo reportaje de National Geographic . Se llama “La increíble máquina humana” y por lo visto moderniza uno de sus documentales clásicos estrenado en 1975. Y hoy mi increíble máquina humana lucha contra los bichitos mientras recuerda embobada las increíbles versiones de “días que se escapan” y “polvo en el aire” con las que Quique González volvió a deleitarnos. La crónica de ayer aquí. P.P.S La imágen es de la galería de la web. Ay! Cómo se le ve el plumero a Don Mariano. Preocupado lo veo en el telediario porque desde que está “Sosoman” el “aprendiz de brujo” como él lo llama, en España se discute todo. Toma ya!. El problema es que se discuta. Que haya opiniones diferentes y se manifiesten. Vamos, lo que viene siendo (como dirían los políticos) la libertad de expresión. Tiene gracia. A mi la discusión, el intercambio de opiniones, la posibilidad de no estar de acuerdo pero aun así seguir hablando para llegar a alguna parte, la empatía de tratar de ponerse en el lugar del de enfrente y procurar entender sus razones (si las hay) me parecen cosas buenas. Lo que me preocupa es la violencia, que la gente muera y mate por las ideas, que haya quien mande callar a los que no comparten las opiniones... Esas cosillas. Mira, un ejemplo: Birmania, que es la siguiente noticia. Un dos tres, respondaotravez Y voy a seguir minutando el telediario, que es lo que debería estar haciendo, pero es que a veces oigo algo y me hierve la sangre... Duermo como un bebé. Esa es la noticia bomba. Después de años de remedios caseros y no tan caseros, negándome a los somníferos que te receta el médico porque me parece peor el remedio que la enfermedad, después de años de noches eternas de ojos abiertos todo se soluciona (por lo menos de momento) de la forma más tonta. Al final de la clase de Body Balance, (que “trendy” todo) hay unos minutos de meditación-relajación. Es algo que he hecho antes y suele dejarme tranquila y bien, pero no me ayuda a dormir. Solo a llevar mejor el insomnio desesperante cuando al día siguiente van a sonar los despertadores. Pero aquí se acompaña de una especie de música que nosotras dimos en llamar “el cuenco nepalí”. Son vibraciones graves que a veces se vuelen agudas, y que me provocan un sueño sorp |