Universo Perpendicular |
![]() El microcosmos de vega
(vega es la quinta estrella más brillante del firmamento. En el año 14.000 sustituirá a la estrella Polar como la estrella del norte debido a pequeñas variaciones orbitales en los equinoccios) |
|
|
Se muestran los artículos pertenecientes a Junio de 2007.
Javier Ruibal es experto en encantar serpientes. Por lo menos las mías. Anoche volvió a ser como el flautista de Hamelin, como el amansador de fieras. El que deja sin palabras con su timbre de voz prodigioso, su forma de cantar prodigiosa. El prodigio de sus músicos. Qué maravilla de bajo, que mandolina (o similar) tan preciosa, que guitarra maestra de digitación vertiginosa de arriba abajo y de abajo arriba del mástil. Pasando por todos los trastes. Por todas las partes. Y la percusión otra vez con la genética a favor. Así no vale. Así cualquiera. Con esa voz, esas canciones, esos músicos cualquiera no encanta las serpientes. Pero solo él. Sólo el puede así. De esa manera tan progresiva, tan sutil. Tan Ruibal. Tan lo que sea. Me da igual. En la tercera canción la serpiente ya estaba tiesa como una vela. Bailando al son que le tocaban, con la boca tan abierta... Con los ojos como platos, con la piel de serpiente: escamosa pero extrañamente suave. Y la lengua bífida. Y sonando a cascabeles. La música de Ruibal da ganas de quitarse la ropa: tan untosa, tan resbalosa, tan con tantas texturas. Tan maravillosa. No lo sé. No conozco los epítetos suficientes, las razones, las maneras de explicar la maestría del maestro que consigue incluso que olvide la incomodidad de una silla que resulta un potro de tortura para alguien tan inquieto y tan incapaz de estarse quieto y tan desquiciante como yo. Hay un niño del Serengueti que me mira con sus ojos desde anoche, hay un niño travieso que derrama agua, que deja correr agua, el bien precioso, hay un niño malcriado que me mira con sus ojos. Hay muchas maneras de hacer música. Hay muchos timbres de voz. Hay muchos métodos de trabajo. Hay veces en que Ruibal me parece gruñón. Anoche nada de eso. Decía que no estaba muy dicharachero pero que eso era lo de menos. Y tenía razón. Dimos palmas a descompás, destrozamos las canciones desafinando escandalosamente, alguien gritaba cualquier cosa en cualquier momento. Pedían canciones como si fuese un karaoke. No pasaba nada. Una vez un suspiro. Y seguir cantando, encantando a la serpiente que deja de pensar que ya es junio. Que se acabó lo que se daba. Que ahora encerrarse y aburrirse más de la cuenta. Cantando y encantando a la serpiente que quiere mudar de piel, quitarse la ropa, que baila sentada en una silla y comprende hasta que punto la danza del vientre cambia los ejes y los movimientos del cuerpo, por dentro y por fuera y eso sin darnos cuenta. Sin pensarlo. Sin saber aun lo suficiente. La serpiente que quiere mudar de piel y baila y se agita notando como se desliza el hombro izquierdo de su camiseta, preguntándose que pasa si Ruibal sigue tocando, obligando al movimiento, preguntándose si la piel podría caer entera... Sabiendo que no, pero deseando que sí. Porque las canciones de Ruibal dan ganas de quitarse la ropa. Y me acordé de Olga Guillot y las comparativas en “Cuando un ángel se desnuda” Y me hizo gracia que yo enviase “la bella impaciente” y luego “pa´ mi corazón” y anoche sonasen juntas pero al revés. Justo antes de “tu nombre”, de esa joya. Y un poco antes de “lo que me dice tu boca” que me salvó del tedio tantas tardes sugiriéndome historias basadas en detalles minúsculos. Y tantos puntos suspensivos... Los maestros son maestros por algo. Y se rodean de músicos que tocan las canciones como si les fuese la vida en ello, como si las estuviesen descubriendo para nosotros esa noche y no fuese un día más, una vez más. Como si no hubiese rutina. Como si no fuesen siempre las mismas notas. Hay algo en los buenos músicos que transforma una partitura en otra cosa. Que encanta las serpientes. “si cambia el corazón como cambia el aire” Siguen sorprendiéndome los ritmos y las velocidades. "Hay cosas que hago que no sé por qué hago", me miento a mi misma esta mañana. Porque esto lo hago sabiendo de sobra el por qué. Teniendo el por qué asumido, bien al fondo, tan al fondo que a veces se me olvida que está ahí. Razonado. Etiquetado. Formando parte de mi. Siendo yo. Mis porques me resiguen la silueta como una de esas tizas policiales. Y me gustan mis porqués, las razones por las que hago las cosas y casi todas las cosas que hago. Aunque algunas mañanas como estas mi primer instinto sea mentirme a mi misma, para encontrarme un segundo después sonriéndome benevolente y diciéndome "sabes de sobra por qué lo haces". Y dándome la razón que me he quitado un segundo antes. P.S. Me vuelvo a la cama. Con un platito de cerezas dulcísimas.Qué drexleriano todo. Aunque... ahora que lo pienso "no hay nada que hacer aparte de estar despiertos en la cama" (quique gonzález) Disfruten de lo inspirador de los días ociosos. Hace más de una semana que no bailo funky a cuenta de las fiestas de Getafe y de mi temporada “picos pardos”. Y tengo ganas, pero no se lo digáis al insoportable irascible. Ahora estoy en modo estudio intenso. Eso significa que estoy estudiando a lo bruto a pesar de no tener ninguna gana. Me apetece más salir a pasear por las aceras. Rutina espartana con contadísimas excepciones. Se admiten planes de des-estrés gestionados-optimizados y onzas de chocolate negro al 99% de cacao. Tratadme como en otoño, aunque sea verano y no esté deprimida. Porque el aburrimiento cuando rebosas optimismo y ganas y se abren las piscinas es casi igual de malo. A partir de ahora todo será previsible: un coñazo de días iguales y sosos. Ya sabemos lo que opina Borges de los días y las sorpresas, así que no pierdo la fe. Mi tiempo para escribir se reducirá escandalosamente hasta octubre. Así que voy a empezar a sacar post de la nevera de vez en cuando. Los guardé por diversos motivos, pero ahora todos dan igual (los motivos, no los post. No pienso poner ningún post que descartase por malo, aunque eso no significa que los que ponga sean buenos, significa que yo no los veo malos, pero sabéis de mi natural benevolencia para juzgarme). Así que irán saliendo y también cosas que inicialmente no nacieron para el blog. Supongo que será un poco desconcertante leer algo que no se ajuste a cómo me siento o lo que me está pasando (básicamente nada dado que seré una ameba en una silla) o leer mi opinión sobre documentales que se emitieron hace meses. Pero también habrá presente absoluto, porque a veces, mientras estudio, algo dentro me distrae y me acelera la muñeca y los dedos. Papelajos escritos de tonterías, mecanografiados en mis dos horas libres... Espero que os gusten a pesar de todo, pero no quiero dejarlo, me gusta ver el Universo Perpendicular crecer con trocitos. Todavía no me he cansado, y mientras haya alguien leyendo al otro lado... Besos a todos. Besos antirutina, eso sí.. P.S. La imagen es solo un sitio mejor en el que estar, mejor que la mesa blanca. Compré el libro. Lo llevaba en la bolsa amarilla. Cenaba contigo. Bebía vino blanco. Hablábamos de “grandes temas en dos volúmenes”. Y la bolsa amarilla me llamaba a gritos. Me provocaba. Estaba deseando quedarme sola. A veces me pasan estas cosas... ya sabes. Por fin lo conseguí. Página al azar. No sé leer poesía empezando en la primera página y terminando en la última. Empiezo por esa página, el primer verso, sabiendo lo que viene después, intuyendo el final. Queriendo llegar al final. Tragándome las palabras sin masticarlas, acelerando las etapas. Queriendo llegar al final que imagino, que es más apetecible porque lo sé, porque estoy esperándolo. Porque se que ya está aquí, que queda menos para el estallido. Por fin la última palabra. Llegar a ese punto. Tenía razón y no la tenía. No era exactamente lo que esperaba. Tampoco mejor, ni peor. Sutilmente diferente. Ahora quiero calma, lo mismo pero más despacio, infinitamente lento, deteniéndome en cada palabra, en cada coma, en cada cosa dicha y sugerida, otra vez a empezar. Ahora. Ya. Otra vez las palabras clave. Las que se quedaron grabadas, junto a las otras, las más pequeñas, las menos brillantes, las que resuenan menos, pero realzan a las demás. Todas las frases. Todas las fases sin saltarme ni una letra. Despacio, muy despacio. Me he sentado en una terraza al sol. Esperando pausada como si no tuviese nada que hacer. Me he descalzado y he puesto los pies encima de la silla de enfrente. Sonaba Motown por los altavoces, había una ligera brisa y muchos mosquitos. El camarero no tenía intención de salir y yo ninguna de entrar, así que he tomado nada sin hielo. Olía a gardenias, y mi nariz pointer pura sangre buscaba el origen con ansia, hasta que he descubierto el parterre culpable del perfume gratuito y ha vuelto la calma. Me he quedado dormida al sol. Recostada en la silla de mimbre, soñando. Con una mezcla de música y tazas y platos y voces de gente mezclándose con mi sueño. Luego he recogido mis gafas de la óptica, he comprado un helado de yogur y se me ha agotado el recreo de regalo. La cola era larguísima. Y yo tenía prisa. Siempre tengo prisa: tamborileo con los dedos en la mesa de los restaurantes si el camarero tarda más de 20 segundos en poner la cuenta frente a mi. Me impaciento si no encuentro el mechero al fondo de mi bolso. Camino como si me persiguiesen. La cola para pasar la aduana era larguísima y yo pensaba que quizá fuese más fácil ser espalda mojada, cruzar la línea imaginaria sin sellos ni pasaportes. Por el punto débil. Estudiar el plano topográfico y poner una x, medir los niveles. Comprarme una cantimplora. Ser contrabandista sin contrabando. Ser ilegal sin necesidad de serlo. O con la necesidad de ahorrarme una cola larguísima.Entonces le vi. Estaba justo delante. Con su piel negra y reluciente. Altísimo. La camiseta blanca lo hacía aun más llamativo y dibujaba los músculos de su espalda. Ya no tenía prisa. Ahora quería cruzar la aduana justo detrás de él. Pegada a su espalda. A los diez minutos de exploración científica de sus curvas y sus relieves quise verle la cara. Mirarle a los ojos. Escuchar su voz, Comprobar si el resto me gustaba tanto como aquella espalda que ya me sabía de memoria. Las ganas, la curiosidad cotilla, morbosa y pesimista (seguro que es feo y tiene voz de contralto), pero sobre todo el aburrimiento, me hicieron diseñar el plan de ataque.Me olvidé del mapa topográfico, de las espaldas mojadas, del contrabando sin carga. Porque tenía una conquista nueva, un terreno que colonizar, una superficie de piel negra de madera africana que anexionar a mi propia piel blanquecina de venas transparentes y azulosas. Llamarle sin nombre sólo un instante después: “oye, perdona” en tono dulce, con la voz meliflua y cantarina que se emplea con los camareros muy ocupados y los niños muy pequeños. Con la voz empalagosa para que las moscas caigan en la trampa, peguen sus patitas a la miel. “Oye, perdona” y luego “¿tienes fuego?” sabiendo de sobra que tiene fuego. Expectante. Esperando el giro de tronco, quizá solo del tronco, pero puede que pronto del cuerpo entero, quién sabe...La sonrisa automática al ver que hay ojos que hacen justicia a las espaldas de sus dueños y hay voces graves y elegantes que pegan con las espaldas y los ojos negros. Y hay manos que tienden mecheros y encienden cigarrillos prendiéndole fuego a todo mientras tanto.Cruzarse la mirada cada cierto tiempo con el desconocido del que me sé la espalda, que me da ganas de saberlo todo. Que me hace rezar para que la cola se detenga. Para que alguien tenga muchísimas maletas que abrir. Haya un cambio de turno de los aduaneros, un retraso ineludible que nos obligue a permanecer uno delante del otro. Él delante de mi, regalándome la espalda todo el día.Los juegos de miradas. Querer más. Tener más ganas. Caminar hacia el servicio, después de decir “¿vienes? Alguien nos guardará la vez”. Seguir llamándole sin nombre. Y no necesitar que él me llame, solo que venga, que me acompañe, que me escolte a mi, que se aprenda también mi espalda y mi culo y las piernas pálidas y sin medias. Que se lo aprenda todo, lo memorice rápido, antes de llegar a chocar contra los azulejos verdosos y fríos que entran en calor por contacto conmigo. Mirar de reojo el espejo que ocupa media pared. Tener aun un rayo de coherencia y pensar: “van a interrumpirnos, va a entrar y salir gente”. Mirar hacia la puerta y ver una papelera de aeropuerto taponándola. Una que no he visto, no he sentido, no he oído llegar ahí. Admirarle por la lucidez. Y dejar de pensar, quitarnos más ropa de la estrictamente necesaria, ver el reflejo de ébano, los músculos engrasados por el sudor, brillando, curvándose, arqueándose, volcándose contra mi que parezco un vivo en un jersey, un detalle mínimo que da color en los sitios justos. Sudar, jadear, dejar de pensar. Olvidar la hora. La cola. Saberme la espalda. Su espalda, Saberme su espalda pero no su nombre. Y querer recordar siempre la espalda pero no necesitar saber el nombre. Saber que él me sabe otros caminos como si los hubiese andado antes. Acertar con el instinto. Vestirse, quitar la papelera, salir del baño. Otra vez él delante. Como si nada. Porque nada. Volver a la cola. A esperar. O recordar, reseguir los rastros de los olores. Cerrar los ojos y seguir viendo esa espalda negra, abrirlos para encontrarme con un negativo de esa espalda.“Nada que declarar” Detrás de él. Un sello, un trámite burocrático. Pensar que la aduanera ha tenido que notar algo porque me mira irónica. Quizá haya notado que el de delante y yo... Nada que declarar. P.S. Esto nació buscándole una interpretación a la canción Aduana de Paco Cifuentes. Para responder un mensaje de su foro. Pero obviamente no es una respuesta ni una interpretación. Es un relato tonto. No quiero hacer nada más con él, así que lo cuelgo aquí. Por si no habéis oído la canción la letra dice: “Nos queremos sin rostro, y nos llamamos sin nombre, y que al pasar la aduana no se nos note en la cara lo de sabernos la espalda”. “Nos llamamos sin rostro y nos queremos sin nombre y que al pasar la aduana no se nos note en la cara lo de sabernos la espalda””Por eso. P.P.S. El dibujo es una obra anónima del siglo XIX que se llama “Estudio de la espalda de un hombre”. Pero en negativo. Gazpacho de hierbabuena, pone en la etiqueta. Y la niña caprichosa se muere por probarlo. Con tantas ganas que se plantea la posibilidad de abrir el brick en el supermercado y darle un trago allí mismo, en medio del pasillo. Como una bulímica en crisis atacando la nevera. Pero la cordura y el autocontrol se imponen. La niña caprichosa mete el brick en el carro y saliva pensando: "quizá sepa asqueroso pero tal vez sepa buenísimo..." Es ajoblanco con hierbabuena. De bote. Y está bueno. No sé que opinarán los grandes chefs y “francamente querido, me importa un bledo”. Sé que huele refrescante, sabe refrescante y deja un refrescante y curioso sabor en la boca. Y que ayer me bebí dos tazas gigantescas. Otra vez que me he despertado de la risa, hace un momentito. En el sueño Sonia y yo reinterpretábamos un anuncio de fijador de pelo, haciendo el tonto (era todo muy creíble, la verdad). Estábamos en un concierto muy raro, con una cortina al lado izquierdo del escenario por la que no dejaba de asomarse personal absurdo haciendo cosas absurdas. Más que un sueño parecía una comedia de enredo, o una obra de teatro de Mihura. Por eso me he despertado de la risa y ha vuelto a ser fantástico. La culpa la tienen el biplacismo 2.0 y las terrazas fashion que se inauguran en las noches madrileñas, que mezclan a un bombero de Mostoles que saca la lengua y nos enseña los abdominales, un ingeniero agrónomo experto (o no) en la técnica de impresión y rodeo, un par de vestidos nuevos, un maitre obnubilado, una despedida a la francesa retransmitida en directo, una zona vip como escalar al Himalaya, una moqueta ignífuga, un cotilla profesional escuchando conversaciones alto voltaje, un pedo de rosado con antihistamínicos, un trío absurdo formado por dos “amigas” boicoteándose para ligarse a un muchacho gay que se había olvidado (desgraciadamente para el resto) la ropa interior y el cinturón en casa. Sirenas gigantescas que hacen nino. Un cenicero roto. Bourbon de garrafón. Lima y curry. Fotos del aura y gente que insiste en pensar que somos hermanas, porque cuando se fusionan nuestras auras acabamos achinando los ojos y riéndonos tanto con las sonrisas gigantescas de genuina media luna. Cosillas. Imposible de contar, imaginar o prever. El biplacismo siempre, siempre, siempre nos sorprende incluso a nosotras y nos abre posibilidades aun no exploradas La versión 3.0 está diseñada. Es rompedora y promete (como siempre). Tiemblen, se lo sigo advirtiendo. Luis Ramiro llena Libertad 8 como si fuese una prueba de “Qué apostamos”. Hasta los límites de las paredes, del ingenio de encontrar huecos donde no los hay, de la paciencia de las camareras que van y vienen. Luis Ramiro llena Libertad 8 y Galileo Galilei y decide su agenda sin consultarme, así que sus conciertos suelen venirme fatal y suelo quedarme con las ganas. Pero ayer todo encajó por fin, y conseguimos dos sillas de milagro, y él llegó pronto, probó sonido en una sala ya más llena que para muchos conciertos en los que he estado. ¿Cuál es el secreto? A lo mejor que no parece un trámite, un trabajo, una excusa para tomarse unas copas. A lo mejor que se sube ahí a tocar hasta que no quede tiempo, como los grandes, a contarnos sus historias, haciéndonos reír, a cantarnos sus historias (sus story y sus history, las de verdad y las de ficción, las que son verdad pero parecen ficción y viceversa) Se sube ahí, con el flequillo y los cuadernos (conté 3 pero como acaban de enseñarme a contar quizá me equivoque) y la guitarra y su voz característica. Nos regala canciones recién salidas del horno y lo que es mejor, la maravillosa sensación de que no está calculando nada, no ha hecho ninguna lista, no tiene un bis preparado. Va a Libertad 8 a tocar canciones y sin querer nos hace un show, con monólogos hilarantes. Siempre pregunta, ya saben que siempre pregunta cómo estamos, qué tal se oye, y yo le creo siempre. Se sube ahí y me parece de verdad. Cuela. Será teatro pero no lo parece. Parece él. Gustándose mucho más de lo que reconoce. Y gustándonos mucho al resto. No soy fan de Luis Ramiro. O no sé qué significa esa palabra. Es solo que me gusta ir a verle tocar. Que disfruto. Que no quiero que acabe, que quiero robarle sus cuadernos, meter las narices en lo que escribe, en sus juegos de palabras. La última vez que lo vi en Libertad 8 era octubre, y yo decía que la noche había empezado hacía muchos años pero que no sabía cuando terminaría. Puede que ayer. Quizá ayer. Porque volvieron a sonar las melodías de un ventilador, porque vi ese poquito muy poquito casi nada de Quique González. Esa uñita, esa motita. Y pasó lo de siempre: que lo escuché cantar, lo miré cantar, lo disfruté, me reí con sus bromas, fruncí un poco el ceño cuando no me hacía gracia, no supe nunca que hora era y odié a cada persona que tropezó con mi silla, me golpeó la cabeza, se enganchó con mi sandalia, me tiró de uno de los rizos, pasó por el medio, volvió a pasar por el medio. Porque me sacaban de la nube, del sitio exacto en el que quería estar, del refugio que se inventaba. Pasamos demasiado tiempo en messenger, y no vamos a conciertos. Eso dice. Será eso, que no voy lo suficiente a verlo a él, a que me cuente las verdades para que yo me ría, a que me cuente las mentiras con el tono de contar mentiras, para que no me engañe. Es Mr. Cantautor. Por aclamación popular. Porque no es el más guapo, quizá no sea el que mejor cuerpo tiene, puede que no tenga el pelo más bonito, y quizá no sea el más simpático. Pero nos juntamos a votar (irónicamente vía messenger) y ganó él, que lo tiene todo, que es de esos hombres que nos encanta sin necesidad de engatusarnos. Y diga lo que diga quien lo diga el mérito de sus antebrazos no era la luz. Y saben otra cosa??? Huele tan bien... Pero lo mejor es que durante las dos horas de concierto se me olvidó por completo que huele bien, que la espalda, que los antebrazos, que mr. cantautor. Porque solo podía escucharlo, muy atenta, concentrada en no perderle entre las cabezas y la gente. No sé tus por qués ni tus para qués. Hoy no me interesa ni siquiera hacer preguntas. A lo mejor solo seguirte el rastro hasta la madriguera... Olfateando tu presencia en el aire. En los cambios moleculares de las cosas cuando las tocas, apenas las rozas... No me gusta la baraja francesa. Alicia en el país de las maravillas. Palos que no entiendo. Pero me gusta la ruleta francesa más que la ruleta rusa. Juego más a la segunda. Aunque a veces lo apuesto todo al negro. Puedes perder todo o ganar el doble. Otras hago pleno a un número: 36 veces la postura. No es mal premio. El tapete sigue siendo verde. La bola sigue girando, saltando, haciendo ese ruido Ahora que sospecho que la felicidad no tiene buena prensa, no es tendencia, voy a poner esta canción mañana tarde y noche como terapia de choque para recordarme a mi misma que esto que provoca no puede ser malo, por sencillo que parezca. Y para recordarme también que no es habitual, por sencillo que parezca. NOTA: Este post es de hace meses. Hablé de el, creo en el blog de Kika, incluso. No sé por qué no lo puse, pero lo saco ahora de la nevera. Sigo disfrutando la canción! El primer verano que me quedé en Madrid y sin playa me organizaron un plan de vacaciones urbanas. Fui a ver a los delfines por la noche. Cené en sitios nuevos, fui a exposiciones, conciertos, inauguraciones... Cada noche un plan, cada día libre una ruta de huída de la rutina. Lo recuerdo con muchísimo cariño. Este verano prometía un alto grado de asquerosidad. Pero tengo suerte. El martes Nata vino a verme. Fuimos a comer a un sitio que ya conocía, que me encanta, donde uno se prepara su propia ensalada mezclando cosas inverosímiles. Fuimos a comer al aire libre. Tomando el sol. Y nos inventamos un plan que hace encaje de bolillos entre nuestros horarios casi incompatibles y el hecho de que vivimos a una hora y media de distancia. Y nos reímos mucho, a pesar de mirar el reloj todo el rato, porque se me acababa el tiempo. Y cuando metí las llaves en la cerradura me di cuenta de la suerte que tengo. Porque saben lo que dijo Nata al despedirnos?: “Tía, me apetece este veranito”. Y se puso a palmear como una niña chica. Y esta semana además he tomado un granizado de café con Sonia (bueno, dos), mirando el calendario porque no quiere irse todo el mes de agosto a la playa sin despedirse de mi. Luego hemos empezado a comentar la web de técnicas de “ligue” (o sargeo en su troncho-lenguaje) que nos descubrió David, y ha venido un chico a pedir fuego, en una apertura clásica con calzador, que insistía en mirarme mucho a los ojos y en devolverme el dichoso mechero en la mano en lugar de dejarlo sobre la mesa, a pesar de mi mirada indicándole que lo hiciera. Y hemos concluido que esto del sargeo no les servirá a ellos de nada pero a nosotras nos sube muchísimo la moral (más todavía, sí)... Y hemos decidido que las diosas y el dios del panteón Bridget tenemos que hacer algo al respecto. Y nos hemos reído mucho. Y ayer en clase de baile sonó en los estiramientos “She makes my day”, me la eligieron para que no tuviese que elegirla yo como el día de mi cumpleaños. P. dice que soy como su madre porque llevo agua helada (literalmente helada) a las clases y porque le abro las latas de aquarius para que no se le rompan sus recién estrenadas uñas con manicura francesa. Y yo le digo que su madre pondría el grito en el cielo si supiese que bebe agua taaan friísima y que le abro las latas yo para que no tenga que pedírselo a un “chico” porque las princesitas en apuros con miedo a catástrofes en uñas no siempre necesitan príncipes azules. P. es muy de disfrazar de príncipe azul a cualquier hombre y luego lo pasa fatal y yo le veo las ojeras y la piel verdosa y no sé como decirle que le pasa como a Julia Roberts en novia a la fuga: que no sabe cómo le gustan los huevos. Pero ayer tenía ganas de verano también, enseñándonos el bikini por debajo de los pantalones a pesar de que en la calle llovía sobre el bochorno. Y P. dice que nosotras siempre nos estamos riendo, que parece que todos fuesen días buenos. Nos pone a hacer pasos macarras y no nos salen, les acabamos dando el otro toque, el nuestro. Nos riñe y dice que tenemos que hacer de macarras, que en el fondo a los tíos eso les pone. M. se ríe y me mira y me guiña el ojo. M. y yo tenemos una complicidad extraña que sale sólo del hecho de haber sido pareja de salsa. Me parece curioso que nos busquemos las miradas y parezcamos entendernos tan bien si haber hablado nunca de nada que no sea “entonces, después del “85” hacemos un “paseo”??” Me mira y dice “sí, en el fondo los desechos nos encantan” y yo me río a carcajadas y le doy las gracias. Me lo acabo de cruzar ahora, por casualidad, o mejor me ha abordado por la espalda dándome un susto de muerte mientras yo escuchaba música y trataba de decidir cuál de los dos colores de sobre de plástico era más interesante, y me ha dicho “hola desecho, que tú ya sabes que a mi me gusta más vuestro estilillo, y que sepas que me debes un chachachá, así que te organizas la agenda y me avisas, que ya te veo como el verano pasado: corriendo como una loca”. Le debo un chachachá porque estábamos bailando juntos hace un año y nos separó el profe para ayudar a dos nuevos. Y esta noche voy a un concierto de esos de divertirse mucho con mi hermanita. Y ahora que estoy aquí sentada me doy cuenta de la suerte que tengo: porque hay gente que me hace felices hasta los días sosos. Y quiero que se sigan inventando planes, tonterías, risas, juegos en los que nadie pierde... para mi. Porque sí. Porque soy una mimosa. Una mimosa que a veces se queja de vicio: tiene razón Nata, me apetece este verano que ya me ha traído sorpresas y aún no ha empezado... Sigo admitiendo mejoras, soy avariciosa en esto. No se puede ser del Barça. Es malísimo para la salud. Si ya me lo decía mi padre: “disfruta hija mía porque mira los años que tengo y yo nunca había disfrutado tanto con el Barça”. Me hice del Barça por las piernas de Milla. O eso dije. Pero yo creo que fue algo más porque a la temporada siguiente Milla era del Madrid, tenía las mismas piernas y yo seguía siendo del Barça. Mi padre negaba su tendencia culé, igual que negó su ateismo hasta que nosotras voluntariamente elegimos coincidir con él. Y un día le dijo a mi madre: mira todos los esfuerzos que has hecho y te han salido las dos hijas ateas y del barça. Porque aunque lo niegue ella es del Madrid, por solidaridad con su madre. Aquella mujer adelantada a su tiempo que hizo siempre lo que le dio la realísima gana, que se murió de vieja con la misma mala leche que tuvo toda la vida. Que adoraba el fútbol y jugaba a las cartas como los hombres que conocía, como aquellos ganaderos pasiegos: a lo bruto y muy en serio. Total que yo me hice del Barça por las piernas de un hombre, o eso dije. Aunque nunca me recuerdo confesando cómo me encantaban Koeman y sus piernas poderosas y su nariz de cerdito. El dream team no solo nos hacía soñar con su juego, también tenía a los futbolistas más guapos o más atractivos de la liga. Ahora la cosa está un poco peor en los dos aspectos. Y conste que Ronaldinho no me parece feo. Solo que le fallan los dientes... Y lo digo en serio. Acabamos de perder la liga y nos hemos creído durante una hora y pico que podía volver a pasar lo de tantas veces. Cuando el depor falló aquel penalti en el último minuto se me paró el corazón, para salírseme del pecho un segundo después. Me gusta el fútbol. Y me gusta ser del barça aunque viva en Madrid y sea minoría, y perdamos más de la cuenta, y hagamos desastres y la gente nos tome el pelo. No sé si entiendo a los del Atletico. No sé por qué soy del Barça, qué tiene ese equipo que lo convierte en “el mío”. Es algo irracional pero controlable. Porque acabamos de perder una liga desastrosa, en una temporada desastrosa y ni siquiera estoy triste o enfadada. Solo pienso: bueno, a ver que pasa la temporada que viene, por lo menos hemos ganado el último partido con una cierta comodidad, y me he pasado una hora y pico soñando. Ser del barça te acostumbra a los desastres. A asumir el fracaso, pitar el final del partido y marcharte a casa sabiendo que habrá otro, que el próximo domingo o la siguiente temporada volverá a empezar el juego, con otros rivales o los de siempre. Y tal vez perdamos, pero jugamos bonito. O tal vez juguemos fatal y perdamos, pero una vez tuvimos a Cruyff en el banquillo comiendo chupa-chup y riéndose de las preguntas tontas de los periodistas a pie de campo “hoy el barça va a jugar con defensa zonal, verdad Johann??” y él miraba con sorna y respondía “defensa zonal??? Qué es esto??” Abajo están celebrando la victoria. Yo voy a celebrar que casi... y que Fernando Alonso ha quedado segundo. Porque ha sido el domingo más aburrido que recuerdo y es triste que lo más emocionante haya sido la hora en la que casi. Pero a lo mejor por eso soy del barça, porque hasta hoy me he reído a carcajadas y he saltado en el sofá como una niña pequeña. Hoy que casi ganamos una liga que no se ha merecido nadie. P.S. Estos de arriba son los que casi ganan la liga, pero no. ...que cuenta un viaje organizado a Italia. La culpa del texto la tiene, entre otras cosas, “Ciudades de Paso” de Mikel Erentxun. La culpa de que haya decidido partirlo en 5 trozos y colgarlo aquí la tienen unos acordes que obsesionaban a Guillermo Hoardings. No sé si es bueno esto de aficionarme a colgar por aquí cosas por entregas en plan folletín. Hay trato?? Él fue mi salvación aquel abril italiano, y como todas las cosas buenas pasó sin quererlo y sin preverlo. Todo empezó una madrugada en Pintor Rosales, subiendo a un autobús con las filas de asientos tan juntas que no quedaba apenas sitio para meter las piernas. Subiendo al autobús sin sueño y con el ánimo burbujeante de empezar un viaje con amigas. Ir de vacaciones por primera vez con alguien puede ser fantástico o dramático. Hombres, mujeres y niños. Aquella vez estuvo más cerca del drama que de cualquier otra cosa pero conseguimos sobrevivir a pesar de las incompatibilidades. Le tenía muchas ganas al viaje porque mi certeza de los últimos cuatro años acababa de resquebrajarse y verlo venir había dejado de ser todo y eso pasaba en contra de mi voluntad y Roma ya no era una más de las ciudades que quería conocer con él. No fue una huída, fue una casualidad cronológica y decidí aprovecharla. Maria y Carmen resultaron ser quisquillosas y quejicas, repitiendo continuamente frases como “yo es que si no duermo ocho horas en una cama dura con almohada blanda no soy persona” , “yo es que en una ducha sin cortinas es como si no me duchase” “qué asco de sitio, ¿no?” “qué caro es todo”. Y yo mientras tanto: “venga: somos jóvenes, ¡¡qué más da!!”. Pero daba. La primera noche en Niza encontré un piano bar delicioso y las arrastré dentro usando todo mi poder de convicción ante la mirada divertida de un portero muy guapo. Bailé. Bebí un Martini y fui obligada a volver temprano a la cama. A la mañana siguiente chapurreando un francés tan penoso que ni siquiera era francés logré que me dieran de desayunar a mi sola, sin tener que esperar al resto del grupo. Él bajó también sin compañía 10 minutos después, cuando a mi me servían ya el segundo café. Se sentó en mi mesa. - Te vi anoche en el piano bar - Yo a ti no - Ya. El café está delicioso y todavía estamos en Francia. Y yo sonreí aliviada por su buen talante que contrastaba con el de mis amigas. En Florencia todo fue bien. Mi manejo del plano, el David de Miguel Ángel, la Catedral y cinco italianos que nos siguieron llamándonos “bella” a gritos como manda el tópico tuvieron a las niñas muy contentas. Accedí a comer en un Mc Donalds a cambio de cenar en aquella Trattoría y poco después me dejé secuestrar por cuatro gallegos para irme de marcha mientras mis compañeras dormían sus 8 horas reglamentarias. Yo no dormí ninguna. Curiosamente mi humor era infinitamente mejor al día siguiente. Otra mañana en Florencia. Otra Trattoría, más museos, escaleras, iglesias y más iglesias: esa minúscula en la que Dante conoció a Beatrice, esa otra con la cúpula como un cielo nuboso y perfecto, azul, colorido. Iglesias y más iglesias con obras de arte para regalar, tumbas célebres, el Ponte Vecchio, Santa María Novella y su mármol blanco, hombres gritando “spagnola bellísima” sin ton ni son, mientras nosotras pasábamos por palacios renacentistas que tenían enfrente tiendas de diseño... Lido di Jesolo. Interior noche. El dueño del hotel le cruza la cara a su mujer en medio de una recepción repleta de turistas. Ella es una belleza del este y pasa algo con el cacao del capuchino, algo muy grave, por lo visto. La rabia me supura. En las habitaciones las toallas de ducha tienen tamaño de pañuelos. Bajo a quejarme airadamente. El hombre dice que no me entiende, que hable en italiano. La mujer me guiña un ojo a su espalda y se pone el dedo en los labios mientras con la otra mano me muestra una llave. Subimos juntas en el ascensor y me encuentro con él que me mira estupefacto mientras yo chapurreo en nada con la rubia. “¿Dónde vas?”, dice. "A por una toalla decente, ¿te vienes?" . Y se nos une, caminando hasta el fondo del pasillo. Conseguimos dos toallas gigantescas, nuevitas, suaves, esponjosas y con olor a suavizante y recibimos instrucciones sobre como devolverlas para evitarle a ella otro guantazo. Por la noche house italiano, una camisa blanca, un caballero andante al rescate de las garras de un pinchadiscos local. Yo dejándome rescatar como si me hiciese falta. María y Carmen queriendo irse a la cama y obligándome a mi: “sólo hay una llave y yo no pienso abrirte”. “Será por camas” me dijo al oído. “Deja que se vayan, no sé como las aguantas”. Y se fueron. Compartir una toalla perfecta. Desayunar bollitos recién hechos con guiños cómplices a una rubia del este y esconderlos bajo la servilleta cuando llegaba el ogro del bigote. Como diría Nortia: por dos euros díganme temas recuerrentes en los telediarios veraniegos, un dos tres responda otra vez: P.S. Belén, que ya, que ya sé que “Telediario” es un término registrado que alude solo a los de TVE, que no se me ha olvidado. Pero es que si no me quedaba muy repetitivo... Guía de lujo. Llevándome por las salas de los museos como a mi me gusta: rapidito y parando solo en lo que me llama la atención. Incluso me explicó el por qué del techo de aquella sala. Cosas sobre artesonados y zapatas de pilares de madera. Recordándome muchísimo al profesor de arte que espesaba la atmósfera de los museos y me hizo disfrutar tanto con todo aquello. Y me puso la nota más alta que he sacado en mi vida: 11 sobre 10. La motivación extra dando sus frutos. Fue un guía perfecto que mejoró una ciudad que nunca será de mis favoritas. Por la tarde volví al redil de las 8 horas de sueño. Al paseo en góndola, el regateo, comprar pasta teñida de azul cielo. Murano. El puente de los suspiros. Y perdernos cuando era ya noche cerrada, se encendían las farolas, caía la niebla sobre San Marcos. Perdernos justo entonces para descubrir un poquito , una esquina de la otra Venecia: una panadería de barrio, calles que no salían en los planos, casas con desconchones, canales estrechísimo y un poco de miedo. Nuestros pasos resonando con eco de agua en aceras vacías. Dormir en el autobús camino de Roma. Aparcados en un área de servicio. Cambiar de sitio con alguien que quería descansar. Él y yo susurrándonos uno junto al otro toda la noche. Escapando del autobús como delincuentes: “verás, hay un botoncito rojo aquí...”. Y él tenía razón: había un botón rojo que abría la puerta y nos permitió salir del autobús, no despertar a nadie y caminar muy juntos hacia la cafetería del área de servicio. Perder la cuenta de las copas y después “espresso” a chorro. El kit de superviviencia de mi bolso demostrando su eficacia. Volver al bus a las 6 de la mañana para ser los primeros en llegar al Vaticano. Una eterna visita guiada. Todo el mundo con el cansancio de dormir retorcido en un asiento incómodo después de muchos días de trote. Cafeína en vena. La piettá entre cuatro paredes de metacrilato. Un guía con pinta de ateo e ironía a raudales que hablaba un español con acento italiano muy musical y que consiguió grabarme en la cabeza que en la Basílica de San Pedro no hay ninguna pintura. Una comida deliciosa en el reino de Dios. Una siesta deliciosa en una cama de hotel enorme y sin dioses. Una ducha templada. Los secadores sonando en todas partes a través de las paredes de papel de fumar. Una llamada de emergencia para una reunión de chicas: maquillaje, manicura, cepillos redondos para alisar melenas. Carcajadas. Coca-colas robadas abiertas con los marcos de las ventanas. María y Carmen chispeantes y tranquilas después de dormir en condiciones. Cotilleo. Ganas. Una perfecta noche romana. Perfecta. Preciosa. Fuentes-esculturas por todos los lados. Dos monedas lanzadas sin pedir más deseos que volver a Roma. Santa Maria dei Fiore y una terraza. Restaurante con mesas en la calle, combinados, tatuajes callejeros, estrellas en el cielo. Un trozo de tela precioso de regalo. Una perfecta noche romana, sí. De verano anticipado. Los ojos tan brillantes que me daba miedo mirarme en los espejos. Me hacía sentirme fría ser tan feliz. Estar tan en paréntesis. Que todo diese igual, que todo se acabase sin haber siquiera empezado. Exprimir el tiempo con olor a naranjas confitadas. Al día siguiente más museos, más paseos, dos líneas de metro. Un punto de encuentro. Las ganas de cruzar al Trastévere. La plaza de España, fotos en la escalinata. Colarnos en los autobuses con osadía para descubrir que era el “modus operandi” romano. Una despedida triste: “vamos a decirnos adiós en tierra italiana. El avión ya es España” Una última noche de whisky con hielo y sin refresco en una taberna de pueblo, que parecía un refugio de piratas, todo forrado de madera oscura y con una balaustrada de barco sin bandera. Abandonar el barco los primeros y sin excusas, con el ansia de descontar el tiempo. Una mañana más de café y bollitos. La última. - Toma mi número -dijo - No, que te llamo - Dame tu número entonces - No. Que no llamas. - Estás loca - Sí, pero sé lo que me hago... Cerrar el paréntesis un 12 de abril. Y no arrepentirme de nada. Comprender que lo de fuera del paréntesis ya no tenía arreglo, que la perfección a veces deja de funcionar. Y punto. Apagar el radar. “Un viaje organizado. Todos son iguales.” Eso dijo todo el mundo. Mientras yo sonreía en silencio intuyendo que en el fondo no todos son tan iguales. Esta sensación de ser visitante en casa me gusta. Todo es familiar y a la vez extrañamente fuera de la rutina. Siempre digo que Pucela es una ciudad fea, pero quizá no sea cierto. No lo sé. Qué más da. El fin de semana de San Juan. Fiestas paganas, hogueras, ritos, noches cortas que se alargan. Esta vez con autorización municipal de ese alcalde-ginecólogo a cuya consulta no iría jamás. Ni aunque me fuese la vida en ello. Madrugar un sábado. Estudiar dos temas fáciles y correr hacia la peluquería vestida para matar y para que me de el sol a voluntad. Caminando sinuosa, escuchando música. Gafas de sol nuevas: unas que son aun más actriz en Cannes que las anteriores. Ir a la peluquería hace años que dejó de ser traumático. Acabó la adolescencia y empezaron a gustarme los rizos grandes e indomables, la melena de león brillante. Acabó la adolescencia y aprendí incluso a apreciar mis piernas y mi culo de negra zumbona. Una de las chicas me sorprende aprobando mi reflejo y se ríe divertida, como si me hubiese pillado hurgando en los cajones de mamá. Duda de que mi pelo sea rizado, porque he ido con el moño de estricta gobernanta o de gimnasta olímpica: tirante y brillante. Le aseguro que los rizos saldrán solos cuando deje el pelo quieto y me mira incrédula, igual que me miran incrédulos los que me conocen en invierno cuando me escuchan decir que me pongo morena muy rápido. Estoy guapa. O me veo guapa. O las dos cosas. Salgo pisando fuerte por las aceras con mi pelo nuevo, mis gafas nuevas, mi camiseta nueva y las ganas de siempe. Caminando bajo un sol abrasador hacia el “Avec Moi”: el sitio trendy, el café-lounge, el punto de encuentro fashion para un día “Sexo en NY”. Lo hacemos todas las chicas del mundo, creo. Incluso antes de que apareciese la serie. Vermú blanco en copa de vino. Terraza. Más sol. Esos chicos que se iban pero ahora se quedan. Luego tenemos una reserva para comer en ese sitio también fashion, también con nombre francés. Siempre empezamos suave: tu padre?, tu hermana?, tus sobris? El curro? Estudias mucho? Cuando tienes vacaciones? El autobronceador de Dove. Este vestido me lo compré en Candem. Ah! Este finde es Candem en La Latina y un bobby te cambia euros por libras. El alcalde cabezota y las hogueras. Luego, comiendo con vino, Pi nos llama guarras porque nos gustan las espinacas y en general “la verdura”. En la mesa de al lado hay dos chicos. Oli intenta ligar con uno mientras yo le hago gestos de que aborte la operación. Es gay. Vamos ya por el postre. Él quiere probar la crema de Baileys y Chocolate y el helado que nuestra mesa alaba y saborea. Tiene esa sensación tan frustrante de haberse equivocado en la elección. Quizá tenga razón, porque a mi su tarta no me da ningunas ganas. A estas alturas los que andan alrededor ya nos han oído decir cosas como: “me lié con fulanito otra vez, te acuerdas?, mucho mejor que antes, lo que pasa es que ahora estoy mediosaliendo con un chico. El finde pasado tuvimos esa conversación tan tonta de “tú y yo qué somos? Como cuando teníamos 15” “A mi me gustan esas conversaciones. Mejor eso que sobreentendidos y malentendidos” “Ya, pero el problema es que desde ese día tengo ganas de tirarme a todo lo que se menea” “Para mi que ese chico no te pone” “No, no, desde luego, pero no ya sexualmente, es que ni siquiera... no sé. Hablando me parece sosos también. Sé que no vamos a durar nada pero...” “A ti no hay quien te entienda: sales con un chico que no te gusta?” “A las 7 tengo un curso de energía universal” “Y eso qué coño es?, como lo de los chakras y tal??” “Sí, eso, eso. Lo de los chakras. Estoy en el nivel avanzado, cuando lo acabe os podré tratar. Me dejaréis ensayar??” “Duele?” “No, no, que va... se abre el chakra, se trata, se cierra y listo: así me curé yo las anginas el otro día” “Oye, y lo que se ahorra uno en médicos” “Joder, el profe de salsa al que voy está buenísimo. Lo paso fatal en sus clases, se me pega tanto, tanto tanto... A ver, tú que también bailas salsa crees que es necesario pegarse tanto?. Es que mira, ponte de pie. Así, así, no, pero más, él se pega más. Pégate más” “Ya, pero conmigo no funciona por causas fisiológicas” “Ah, claro, las tetas, qué tonta. Bueno, pues eso” “El chico de las mariposas está matando las mariposas. Y mira que me jode con lo difícil que es sacarlas de la crisálida” “Pero qué hace?” “El gilipollas, como todos, tratar de tener el control. Ingenuo. No ve que yo tampoco lo tengo?, pero bueno... que le vamos a hacer” “Se arrepentirá. Todos se arrepienten, aunque a veces es demasiado tarde” “A lo mejor simplemente se ha cansado” “De ti?? Eso es imposible, no se han dado casos” “La excepción que confirma la regla?, yo qué sé” “Uf, ha sonado a él sabrá: el mantra infalibe: ponerlo en sus manos” “Lo que sea, da igual, paso palabra” “Cotilleo jugoso: a que no sabéis quién ha vuelto de Chile??” “Tu jefe” “Ex jefe” “Aquel cabronazo??” “Sí, sí, ese. Y me ha contado Maite que le ha presentado a sus padres a Marta. Los padres tienen que tener un lío ya... que no sé como se aclaran” “Sí, sí, otro que tal baila: todo lo cabrón que quieras pero luego se comportó como un niño cuando vio que había perdido a su jueguecito” “Generalmente ellos son los únicos que juegan, ya sabes. Así no hay manera de perder” “Ja ja ja. Como J. Joder qué se creía? Que no nos lo ibamos a contar??” “No, creo que pensaba que no me lo ibas a contar” “Y hablando de cabrones: Fernando se casa y mi perro nuevo se ha comido su jersey” “Qué listo tu labrador, me encanta” “Y qué dice Jose del perro?” “Que de hijos nada” “Y tu?” “Que ni de coña, que nada, que paso” “Pero no iba a ser yo la madrina del primero?” “Sí, bueno, hipotéticamente pero no me imagino con niños” “Tampoco te imaginabas hipotecada y comprometida, tú, oh reina del picoteo!” “También es verdad” “Tenéis que probar las bolas chinas con mando a distancia. Y darle el mando a distancia a él” “Mira, no querían el poder?” “Jajajaja. Toma tú el mando, cariño, pero no el de la tele” “Imaginaos esa comida familiar... diosss” “A tu suegra le da algo que esa seguro que se entera de todo”. El camarero tira los cubiertos durante la explicación del funcionamiento del aparato, al recogerlos tira un plato. Es la señal. Hay que pedir la cuenta y cambiar de escenario para las burradas. Café con hielo. Licor con hielo. Subiendo (más) el tono en esa terraza. Nos despedimos y nos vamos cada una por su lado. Yo pienso que esta vez, por culpa del curso de “energía universal” no hemos fingido que nos encantaban prendas horteras en las tiendas. Lo hacemos para ver la estupefacción del resto de clientes y luego sus risas cuando comprueban que solo bromeamos. Y pienso también si voy a cambiarme para la noche. La noche más corta. O con más luz, con mas magia, con más ritos paganos: apuntas en un papel las 3 cosas malas del año y los 3 deseos para el próximo. Lo quemas con fuego de la hoguera y dejas que el agua se lleve las cenizas. Confías. No sirve, pero es divertido. O sí sirve porque te obliga a pararte y pensar y entenderte. Después de las hogueras se alarga la noche... P.S. La foto es de un rinconcito de la Plaza Mayor de Pucela. No fue nuestra terraza fashion pero he estado ahí sentada con ellas (y con otras personas) muchas veces... y está bonita la plaza... Entre los socios de Danny Ocean no hay mujeres. Y yo quiero ser de la banda. Quiero ser una de esas de camisa y guante blanco. Quiero robar con ellos, vengarme con ellos. Ser de los suyos. Ser parte del engranaje. Dicen que la peli es mala. Seguramente. Yo no lo sé. Yo solo sé que a mi me gustó. Que ADORO a Steven Soderbergh y su forma de construir las historias, y los saltos en el tiempo y el espacio (no. Solaris no me gusta :P) y los primerísimos planos agresivos y la pantalla dividida en trozos que a veces no significan nada y otras todo y esa atmósfera espesa donde casi puedes olerlo todo... Solo sé que me vuelve loca Clooney, George Clooney. Que las camisas blancas de cuellos duros me hacen perder el control de muchas cosas y las historias de ladrones inteligentes y con clase me gustan desde la infancia. Ya saben que mi peli favorita es “El Golpe”... qué le voy a hacer. Y que disfruto como una enana viendo una y otra vez “Atrapa a un ladrón” (dicen los expertos que es una peli “menor” de Hitchcock). Yo es que de cine tampoco entiendo... Oceans 13 me ha gustado: será una americanada, será muy obvio, estará muy visto todo. Pero me encantan las suites orientales del casino. Ocean y sus secuaces. Todos sus secuaces. Los teje-manejes, el juego de muñecas rusas. El “quien roba a un ladrón tiene 100 años de perdón” . Eso que dice Pérez Reverte del código ético del hampa. Incluso entre los delincuentes siempre hubo clases. Y Danny Ocean tiene clase para regalar: con sus trajes bien cortados, ese andar extraño y la eterna cara de guasa. Que no se estire, que no se retoque las arrugas, por favor. Me gusta así: como salía en esta: con la frente sembradita, ojeras oscuras, patas de gallo. Me gusta como lo saca Soderbergh: tan de cerca que podemos leerle los ojos tramposos. Los críticos no le ponen casi estrellas a esta peli. Yo le voy a dar los 5 diamantes. Porque me da la gana. Porque he disfrutado otra vez viéndoles poner las trampas y el queso, pero sobre todo viendo a Danny Ocean decirle al ratoncito: te has quedado sin queso: por avaricioso. Le voy a dar 5 diamantes porque Al Pacino no parece Al Pacino y no parece tampoco Al Pacino intentando no parecer Al Pacino para llevarse premios. Porque Ellen Barkin está estupenda. Porque hay caras que pone Brad Pitt que algunos actores no serán capaces de poner nunca, por mucho Stanislavsky que apliquen. Porque Matt Damon crece y encoge y hace meta-interpretación y lo borda. Porque todos lo hacen bien, muy bien. Y nadie dice nada. Porque se les nota que son amigos y la química traspasa la pantalla. Estas pelis son intrascendentes y para ganar dinero. Pero yo pago la entrada y salgo del cine sonriendo y con la cabeza todavía dentro de su mundo de mentira. El cine es fantasía... Así que: 5 diamantes. Y que se forren el riñón, porque yo quiero ser el socio nº 14 de Ocean. Ya me estoy viendo: experta en planes de huida. Esa quiero ser yo: la que les saque de la ratonera justo un segundo antes de que salte la trampa: para que dentro solo quede el ratoncito intentando alcanzar el queso, que no es queso... solo parece queso. |