Universo Perpendicular |
![]() El microcosmos de vega
(vega es la quinta estrella más brillante del firmamento. En el año 14.000 sustituirá a la estrella Polar como la estrella del norte debido a pequeñas variaciones orbitales en los equinoccios) |
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Se muestran los artículos pertenecientes a Agosto de 2007.
El monitor de la escuela de surf local está contento. Es martes y el mar ya no parece un plato de agua así que los niños que empezaron ayer el intensivo podrán experimentar hoy mismo la sensación de estar en la cresta de la ola. Va de neopreno negro y naranja fluorescente y el sol le ha dejado las mechas típicas de los surfistas y la piel bronceada del color preciso, acaramelado. El grupo de ocho niños y niñas lleva camisetas amarillas sobre el neopreno y hace estiramientos disciplinados y esforzados en un corro en el trozo de arena mojada que dejó la marea al bajar. Los miro sin que se den cuenta, absortos en sus ejercicios, como si no supieran aun que lo importante es dentro del agua. Sin una pizca de impaciencia que sí se nota en cambio en la sonrisa anchísima del monitor cuando dice “coged vuestras tablas y al agua”. Sé que quiere que pasen pronto las dos horas, que no amaine el viento perfecto, para meter la tabla en la furgo y subir a “los locos”, la playa que da nombre a la escuela para la que trabaja y a él, que es otro de esos locos que pierden la noción del tiempo y el peligro buscando la ola perfecta, el tubo. La sensación casi orgásmica allí dentro. Yo no sé ponerme de pie sobre la tabla, ni tengo demasiado interés en aprender. Porque puedo meterme en el mar a saltar olas a lo bestia o subirme encima, perder pie. Pasarlas por debajo. Justo igual que cuando tenía 6 años, pero con más potencia en las piernas y más control de un cuerpo que sabe hacer ondas y adaptarse, arquear la espalda a distintos ángulos, esperar la espuma a todas las alturas. Rescatar la parte de abajo de un bikini que quisiera llevarme completo de vuelta aunque sea viejo y tenga que peleárselo al mar. Hacer el pino bajo el agua mientras recuerdo a mi madre regañándome “Esta chiquilla, siempre tan al fondo, haciendo pinos y volteretas. No le tiene ningún miedo al mar. Está loca”. Una vez le respondí que el abuelo decía que no había que tenerle miedo pero sí respeto al mar y le dije también: “y yo respeto le tengo un poco, porque el otro día vino una ola muy grande, de las blancas y me dio así, muchas vueltas que ya no sabía donde era arriba y donde abajo y no veía nada y se me metió agua por la nariz, con lo que duele eso. Pero ahora ya sé que si la ola es muy gorda para que no te de vueltas hay que pasarla por debajo” Y mi madre cabeceó como cabecea aun hoy cuando algo no le gusta nada y se muerde la lengua. Por eso los entiendo a ellos, aunque no sepa ponerme de pie en la tabla. Quizá intuyo que es mejor no aprender. Porque me conozco... P.S. Las cuatro fotos: una de la tienda-escuela, otra de la playa de los locos, otra de los niños de la escuela entrando al agua en otra playa menos peligrosa y uno de los profes sobre una ola. Bonito del norte. Pescado con caña. Como en el anuncio. A la plancha y con tomate natural al lado. Simplemente. Una cosa tan sencilla solo se puede comer en temporada a la orilla del Cantábrico. El bonito que venden en la pescadería de debajo de mi casa no sabe igual. No se por qué pero no tiene ni punto de comparación: seco, insípido... y encima caro. Ahora se me hace la boca agua recordando las rodajas blanquísimas del grosor perfecto y el centro sabroso y fuerte. No es atún. Es bonito. Me gustan los dos, pero son diferentes y saben diferente. Si van a Cantabria tienen que ir a la Villa Santillana Es un restaurante estupendo, nada caro, donde hay que reservar cualquier día del año porque siempre está lleno. Mi hermana recuerda que allí comió las mejores chuletillas de su vida. Y eso dicho por una vallisoletana es mucho decir... Yo nunca sé que pedir. Nunca puedo decidir qué me apetece más. Este año me he tomado un tiramisú perfecto. Es dificilísimo comerse un tiramisú auténtico, lo tienen en muchísimas cartas, pero luego nunca es tiramisú: ni mascarpone, ni licor de café (o café y licor) ni nada. Sólo bizcocho y cacao espolvoreado por encima. Alguien sabe hacer tiramisú bueno?? Que me pase la receta ya!!. Es un postre italiano, de pobres: el pan que sobraba, el café que sobraba y la nata del queso que se hacía en casa. Restos. Para que luego digan que soy de gustos caros... mi postre favorito en el mundo es el tiramisú. Pero el bueno, claro. Como el que hacen en La Villa Santillana. La última vez que estuve (hace unos días) había unas jornadas de cocina francesa. Y una ensalada de queso y langostinos espectacular. Vayan. En serio. Seguro que les gusta. Y ya que están en Torrelavega visiten Santos. Es una pastelería de toda la vida. Hacen el mejor hojaldre que he tomado nunca. El hojaldre es una cosa muy delicada. Depende de las manos del pastelero, de los ingredientes y del clima. Parece ser que la humedad favorece el éxito (algo del vapor que se queda entre las capas). Será por eso que allí siempre está perfecto: en forma de tartas, polkas o pasteles. Aunque mis favoritas son las “torrijas” que mi madre siempre llamó “lenguas de gato” y que son jugosas y dulcísimas y pegajosas. Absolutamente irresistibles. Allí siempre está todo bueno. No suelen ser simpáticos, eso es cierto. Pero merece la pena aguantar el tono seco (luego dicen de los de la meseta...) Y no sigo con los helados de Regma porque ya he superado las calorías recomendadas por la OMS para todo el verano... Solo diré que llevan 75 años siendo los mejores helados de Santander, según dicen los lugareños. P.S. Me contó mi hermana (qué, se me nota que la echo de menos??) hace unos meses que a su jefa le encanta la playa pero siempre va al norte y luego se queja de que a veces se nubla. Dijo luego “yo no sé por qué no se va a otro lado” y al segundo añadió: “bueno, aunque yo creo que le gusta más comer que el sol...” Comer bien, se entiende. P.P.S. La foto es del diario montañés. Son bonitos del norte en una lonja. Es divertido ir a una lonja a ver subastar el pescado. Por lo menos a mi me gustó la experiencia. La de Santoña está bien... por seguir en Cantabria. Rayos, truenos y relámpagos. Empieza a bajar la temperatura. Empiezo a tener frío. La carne de gallina, manga corta, pies descalzos. Siguen sonando los truenos y relámpagos. Pero no quiero cerrar la ventana, no quiero ponerme una chaqueta. No quiero acabar con esta pausa. Con la calma de esperarte. Porque sé que vas a venir seguro. Tan seguro como que va a seguir lloviendo un buen rato. Quiero seguir aquí, quietecita, tecleando, viendo el cielo gris, esperando. Esperándote. Con las ganas inmensas de que vengas. Porque tengo ganas de que vengas. Y me cuentes. Y te cuente. Y encuentres la palabra exacta, la manera precisa, el gesto justo. Y pares el mundo poniéndote enfrente, delante, tan cerca. Encima. P.S. De la nevera (o del congelador ;-) ). Me encantan las tormentas de verano. Dicen los del tiempo que quizá la semana que viene... pero como no aciertan nunca y estoy cabreada y lo que me apetece contarles es un coñazo... les dejo con esta tormenta de hace varios veranos. Post descongelando y besos desangelados (bueno no, que esos son un asco). Besos a la carta, cada uno que decida cuál prefiere!! P.P.S El cuadro es de Francis Danby, un paisajista irlandés del XIX. Se titula "Sunset at sea afer a storm". Y me encanta. Entré en crisis. Porque soy boba. Entré en crisis de la forma más absurda por la razón más absurda. El consabido “otra vez lo mismo, no, por favor”. Y yo que quería originalidad... Pero más de lo mismo. Un asco. Un desastre. Me llama para ver que tal. Le respondo que fatal. QUE HASTA LOS MISMÍSIMOS. Y empiezo a contarle cuál exactamente es el problema. Se pone de mi parte. Como siempre. Con el apasionamiento de quererme. Me pregunta qué voy a hacer. Le digo que no tengo ni idea. Que no entiendo, que no sé, que ya veremos. Que tengo la mente en blanco, que me acaba de pasar el tren por encima y todavía no sé calibrar los huesos rotos. Y de pronto me entra la risa. Nos reímos a coro. Tontamente. De la forma más tonta y más efectiva. Y todo vuelve a estar en su justa medida: no pasa nada. Soy una nube. Colgamos. Ella entra por casualidad en messenger, la oigo pitar mientras estudio: le digo ¿tienes tiempo? microcrisis. Sabiendo de sobra que si no tiene tiempo dirá que no y buscará un rato en cuanto pueda. A la media hora hemos diseñado un plan delirante. Una manera delirante de enfrentarme al desastre. Un complejo plan de fuga como los de las pelis que me gustan. Un encaje de bolillos absurdo. Absurdo de verdad. Teatro. Puro teatro. Una llamada de teléfono. Una cama blanca inmaculada. Una tontería. Cachondeo. Darle la vuelta a la realidad. Inventarnos el cuento. Juguetear con el gatito juguetón. Otra vez los pelos del perro del mundo de Sofía. Filosofía barata. Qué poco luzco de intelectual: Proust me aburre, Madame Bovarie me pareció insufrible. No pude terminar Rayuela. Soy una simple. Bailo a Bisbal y Elena Gadel (alguien además de mi hermanita recuerda el nombre de esta chica?) en los bares. “miénteme, castígame, encadéname” canto a gritos pseudoconvencidos, como si fuese una canción buena. Como si yo no fuese una hedonista convencida que no soporta que la mientan, la castiguen ni la encadenen (existiendo la seda, por dios). Que me da igual. Que sí. Que soy una simple. Pero mírame: hace un momento quería matarte con mis propias manos. Retorcerte el pescuezo así: crack, crack. Y tú me parecías un mundo. Y ahora... me río a carcajadas. A carcajadas sinceras, refrescantes como un anuncio de desodorante con cascada de fondo. Como si no importase nada. Mientras canturreo esa de Pancho Varona y me hago una mueca irónica en el espejo. Porque la vida puede ser maravillosa aunque no tenga vacaciones, haya que estudiar, Sonia me deje “sola” un mes, las clases de baile hayan terminado hasta septiembre, y meterme contigo en la cama me de tantísima pereza. A veces lo quiero dulce. El chocolate no. El chocolate siempre al 85% de cacao... P.S. La crisis fue en un momento indeterminado entre el jueves y el sábado. Lo de dar mal de intelectual lo iba pensado el sábado camino de Getafe, después de un café muy divertido con una frase tan perfecta y tan expresiva como “es un clasismo de Cuéntame, con trajes marrones de TERGAL y bufff.....” Mi frase estrella en cambio fue: “Proust me parece un coñazo”. Para que se vaya viendo el nivel... Así no hay manera! P.P.S La cama blanca no era esta. Esta de arriba es de un hotelazo en Oaxaca: por si no saben que hacer con la pasta ni con el tiempo... Nota final: Mañana no se libran de una detallada descripción de mi domingo. Se lo voy advirtiendo... Pero ha sido un día tan bueno que quiero poder volver a él dentro de unos meses. Cuando era pequeña (bueno, no tan pequeña) tenía una cajita con tonterías de recuerdo: un corcho de botella de cava, una moneda irlandesa, una nota escrita en clase... Ahora tengo un blog... Hay veces en que los planes no salen como estaba previsto y todo es muchísimo mejor. El domingo fue una de esas veces. Me levanté temprano para ir a la piscina y por la ventana se colaba el olor a lluvia. Mierda. Llamada de teléfono para un cambio de planes mientras el cuerpo me pedía agua aunque fuese con cloro. Vamos a comer al Public, como plan B. Paseo el vestido del verano anterior con la misma convicción de siempre. Ensalada de guacamole, carpaccio, vino, la copa que se come al revés. Esa chica que va con su novio y está tan atenta a nuestra conversación que me dan ganas de invitarla a que se una. Salimos y el sol nos da en la cara como una burla o una provocación, pasamos por encima de la rejilla de los grandes números, enfrente de la terraza con ventiladores-aspersores del Círculo de Bellas Artes. Si llevo el vestido de los grandes números y paso por la rejilla de los grandes números tiendo a hacer el gran número. El año pasado alguien aplaudió mi reinterpretación de la Monroe con entrega de fan, este año algunos me rieron la gracia. De pronto decido que quiero ir a la piscina y logro arrastrar a la tropa tras de mi, así que pasamos por los hogares para recoger bañadores y toallas. De camino una nube nos empapa hasta los huesos, se me embarran las piernas como si el circo romano hubiese cambiado sin avisar a una naumaquia. Aun así insisto en la piscina cuando escampa y a lo mejor mis ojos febriles hacen que nadie me lleve la contraria. El cielo está gris, precioso. El agua caliente, casi vacía. Nado 25 largos. Más de un kilómetro y menos de lo que me gustaría (pero ya me estoy pasando de egoista). Nado 25 largos: 20 a crol, uno a braza, uno a mariposa y tres a espalda. Por la calle de al lado un chico nada, calmo. Crol también. A mi ritmo. Lento. Sale del agua un poco antes que yo. No sé que había en la ensalada, pero tuvo que ser algo, porque alguien ha dicho al imponente conductor de autobús que nos llevó a Getafe que era imponente y hay quien le dice al nadador que “en peores plazas hemos toreado” mientras lo mira elocuente. Él se ríe. O eso me dicen: sin gafas ni lentillas estoy indefensa. Ni siquiera sabía si era una buena o una mala plaza. Solo lo notaba nadando en la calle contigua. Al terminar el último largo me apoyo en el bordillo y me sale del alma un “qué paz” en un tono tan cursi que no puedo evitar recordarme a Belén Rueda anunciando leche “esta plenitud...” Así que me parodio a mi misma. Esta plenitud... digo, y alguien responde: de L´Oreal. Reflejo condicionado. Perros de Pavlov y campanillas. Si me dices Nacho me sale en la cabeza Chema por culpa de las retransmisiones de golf de la tele (uno de los comentaristas le dice continuamente al otro: Bueno Nacho, Chema parece que va mejor que en la jornada de ayer...” Y se me ha quedado el reflejo. Como a alguien con el anuncio de crema. Qué cosa más tonta: esta plenitud... (de L´Oreal) Sigo dentro del agua aunque ya no nade. Chapoteando feliz. Manteniendo la cabeza a flote con el cuerpo totalmente inmóvil. Empiezan a sonar los truenos y un socorrista nos rescata de una muerte por electrocución y nos obliga a salir del agua (nos ha dejado quedarnos cuando solo llueve, aunque va contra las normas, pero supongo que a él también le encanta el agua...). Al subirme en el coche el sol se burla de mi otra vez. En mi cara. Y me dejo hacer. Cierro los ojos: “esta plenitud...” A veces los planes salen mal y lo mejoran todo. Hoy iba a poner un post que me olvidé en junio. Pero como la vida es una cachonda y tiene estas cosillas, lo he releído para colgarlo y resulta demasiado exacto y premonitorio y encajado en la vida de dos personitas estupendas. Lo leo y es como un letrero gigantesco marcando el camino. Cada uno debe hacer con su vida lo que quiera, cada uno debe tomar sus decisiones libremente y yo no soy quién para ir poniendo señales luminosas. Y menos cuando no nacieron como señales luminosas. Así que me voy a esperar. Voy a guardarlo un ratito más en la nevera. Hasta que deje de tener ese toque que tiene ahora de profecía extraña. Y vuelva a ser lo que era cuando lo escribí: una historia sobre el cielo. Una de esas de estrellas, satélites y galaxias haciendo las cosas que hacen las estrellas, los satélites y las galaxias. A cambio les cuento una noticia que leí ayer: el telescopio Spitzer ha captado una colisión de 4 galaxias que ha esparcido miles de millones de estrellas... Buscando una imagen de la colisión múltiple he encontrado esa de arriba, que me gusta más. Son dos galaxias con las nubes de polvo y las estrellas alrededor. Se ven los detalles gracias a la cámara infrarroja. A qué les recuerda?? No me digan que no parece un antifaz (le faltan un par de plumas para ser veneciano, además). Besos cósmicos. Lo confieso. Soy Book Crosser (BC). Una de esas personas que libera libros en las junglas de las grandes ciudades y recoge otros libros liberados para leerlos, disfrutarlos (o no), y después dejarlos libres otra vez. Si juegas a este juego a lo mejor en el viaje te has cruzado con un libro “mío”. Es bonito. Jugar con el karma, el destino, las letras, las palabras y los libros. Me gusta jugar a juegos donde nadie pierde. Lo digo todo el tiempo. Un book crosser nunca pierde. Se inventa aventuras en la gran ciudad. Lo leí en El País de las Tentanciones. Me hizo gracia. Lo dejé estar al fondo de mi memoria. Luego Mercedes Milá. Después un reportaje en un programa de radio. Y dije: “voy a probar”. Me di de alta en http://www.bookcrossers.com , pero allí no soy vega. No quiero ser vega (por seguir jugando). Eso fue un sábado a medio día. Por la noche teníamos una cena de amigas. Y me llevé mi primer libro para liberar. Una aventura emocionante: buscar un buen sitio para el libro, uno bonito y adecuado. Como una partida de rol inofensiva. Y luego recoger otro. Uno que alguien puso en ese sitio. Como si fuésemos delincuentes habituales... O mejor: delincuentes debutantes. Debutamos entre risas. Me gustó. Luego leí. Seguí liberando libros. Jugueteando, toqueteando los dados del destino. Los libros que llegan a mis manos. Los que dejo en manos de otros. He decidido que a partir de ahora, cuando me vaya de viaje dejaré un libro etiquetado en algún lugar. Olvidado de mentira quizá en alguna cafetería, un banco de una plaza... Y trataré de recoger otros allí. Porque quiero que las palabras que tienen dentro recorran kilómetros y kilómetros y toquen a la mayor gente posible. Convirtamos el mundo en una biblioteca. Eso pretende book crossing y a mi me parece una buena idea. En Afganistán, Irak, Ghana, Tanzania o Etiopía también hay libros liberados. Si quieres empezar a jugar a este juego de rol tan sencillo, si quieres ser soci@ de esta biblioteca mundial, si te apetece probarlo: date de alta en bookcrossing.com, o dímelo y te daré en la mano un libro liberado, para que lo leas y cuando lo acabes puedas dejarlo en algún lado tú solo o acompañado, como hice yo... Pero deja una anotación para que podamos seguirle la pista... P.S. Veo que el otro día alguien estuvo liberando libros en diversas secciones de "El Corte Inglés" Me pregunto quién los encontraría y qué haría con ellos... Esta mañana he estado en la farmacia. Nada grave. Los labios quemados (por el sol, no por ti, ya sabes). La farmacéutica me ha vendido un stick que sabe a algún cítrico. Ayer me pasé la tarde untándome de vaselina, haciendo una capa gruesa que la piel finísima y rosa de la boca absorbía ansiosa. Ya sabes como se me ponen los labios cuando me los quema el sol. Tan apetecibles, tan hinchados, tan gruesos, tan rosaclaro, tan comestibles. Pero sabes también que me duelen, con escozor y la saliva ácida es una tortura insoportable. Por eso me he comprado el stick que sabe a... ¡mandarina!. Era eso. O mejor a tarta de queso con aroma de mandarina. Cremoso y dulce. Y ahora parezco una esquiadora en temporada alta. Con una capa gruesa que me protege la piel casi transparente, que repara las erosiones para que el dentífrico no sea una tortura y tus labios y tu lengua sean solo una tortura, la de siempre, sin el añadido del dolor físico mezclado con las ganas ansiosas. Así que ahora ya no están tan hinchados ni tan gruesos ni tan rosa claro, pero saben a tarta de queso con aroma cítrico. Y quizá mañana estén curados, totalmente reparados. Esperando que vengas a saborear la tarta artificial... Uma Thurman entra en la habitación vistiendo un chaqué masculino y moviendo las caderas exageradamente de lado a lado de la sala. Y se para el mundo: el de los espectadores y el de Sean Penn. Siempre me pareció sexy ese contraste que se produce cuando las mujeres usan ropa masculina con la convicción suficiente. Antes de que llegase Chenoa y convirtiese las corbatas para mujeres en algo habitual y empezasen a venderlas en Pimkie, yo tuve una. Una preciosa. Sonia sigue usándolas como cinturón y me parece una idea taaan sugerente que me niego a copiarla: es suya y nadie podría lucirlas como ella. Yo he decidido que siempre puede una hacer un nudo windsord a un pañuelo y dejar que asome por debajo de una camisa (blanca, claro). Hace años que me quité el sombrero ante Saint Laurent y sus smoking para mujer. Aunque siempre me pusieron de los nervios sus vestidos rosa fucsia o verde césped, nunca pude evitar mirar fijamente a esas mujeres vestidas con ropa masculina que sin embargo no parecían disfrazadas... Uma Thurman no me resulta guapa, pero algo tiene y Woody Allen se dio cuenta cuando la eligió para sus “Acordes y Desacuerdos” una peli de 1999, cuando Saint Laurent aun no se había retirado de la alta costura, y yo andaba disfrutando de lo inesperado de la felicidad inmensa que solo empezaba. Un guitarrista de jazz (Emmet Ray) inventado por Allen, un genio loco egoísta e insoportable, que tiene como afición disparar a las ratas del vertedero y mirar pasar los trenes. Bebe más de la cuenta, tiene una fijación con Django Reinhardt, el guitarrista francés, y va pasando de una mujer a otra antes de que se le enganchen y termine “llorando en el fondo de una copa”. Hasta que llega Hattie, una muda de ojos dulces interpretada por Samantha Morton, aparentemente tonta e inofensiva, que no le quita tiempo para hablar, le escucha embobada, le conoce, le quiere y le cuida. Pero eso tampoco dura demasiado y pronto el músico se cansa o se asusta. Entonces entra en escena Uma Thurman, Blanche, con su chaqué y sus maneras, y un par de secuencias después con un vestido de seda azul, absolutamente femenino y unas medias negras con blonda solo un poco después. Una escritora que titula su relato “Acordes y desacuerdos” y se viste de blanco y negro para un atraco y conoce demasiado bien al artista insoportable. No sé si es buena o mala. Ya saben que Woody Allen es otro de esos que no me deja ser objetiva. Suena jazz todo el tiempo, de la época de los felices 20 y la gran depresión. Collares de perlas. Uma luce 4 modelos que me gustaría ponerme alguna vez, Woody Allen narra con sus gafas de pasta y sus gestos de despiste, a la manera de los documentales sobre biografías. Sean Penn está como suele. Hay momentos en que me entra la risa y otros en los que todo es tan absurdo que ni siquiera puedo reírme: sólo mirar la pantalla estupefacta. Y, claro, también hay momentos de asentir y decir “qué gran verdad” a medias sorprendida a medias acostumbrada a esa manera que tiene Woody Allen de entreverar, trenzar y dar unidad a cosas que aparentemente son imposibles de conjugar. P.S. Si no han oído tocar a Reinhardt, no saben lo que se pierden... Tenía suficiente con dos dedos de su mano izquierda...Pinchen aquí si tienen ganas de verle tocar con su maravilloso quinteto! P.P.S. Irenita: si me estás leyendo en algún momento, mándame un correo a la dirección que aparece justo encima de mi monito, tengo que decirte algo que a lo mejor te interesa... Besos para todos. Esta ha sido la semana de la timba infinita. El sábado L (de Linda) me contó que A (de Artista) dice que ella, la linda, es en el amor la mejor jugadora de cartas. Y me dijo también que está perdiendo pasta, porque él, el moreno, también juega a cartas. Ellos dos al poker. Yo al mus sin señas. Con una mano pésima. Sin apenas cartas, permanentemente de farol y sin saber qué coño hago, sin saber tenerlas en la mano. Porque mi partida me viene grande, porque lo sé y sé que el de enfrente es mejor y va a ganarme hasta el último amarraco. Y saberlo es mi mejor arma y no le quita ni un ápice de diversión y descarga de endorfinas a la partida que solo empieza... Y mientras tanto, por si la ludopatía no fuese ya preocupante, ando jugando a una mezcla de blackjack, la carta más alta y vaya usted a saber qué. En una partida intrascendente esta vez, pero eminentemente interesante y divertida donde se mezclan con gracia los detectives clásicos de novela, los nombres raros, las carcajadas salvajes esas mías: tan desmesura y tan exactas, tan merecidas. Convirtamos el amor en una partida de cartas, el deseo en strip-poker, confesemos los faroles y sigamos quitándonos la ropa. Gáname. Apuéstame y gáname. Quédate conmigo. Sigamos sin saber. Sepamos sin seguir. O no sepamos. Pero sigamos. Mira, me da igual. No hay posibilidades, ni siquiera tengo juego, quizá tú tampoco. Punto y miedo vale dos. Sácate otra. Reparte. Soy mano. Dame al menos dos reyes y acepta mi envite a grande, anda... que quiero dejar de sobrevivir sacándome la chica en paso... P.P.S. El título es una paráfrasis del nombre de una peli de Isabel Coixet (no es mi peli favorita suya, de todas formas) Mira, ¿sabes qué? Puestos a jugar esta partida suicida tuya, ¿por qué no jugamos con cartas vistas? Para darle más dramatismo. Te voy a enseñar las mías. O mejor! Vamos a hacerlo más divertido para ti. Es tu juego, ¿no? Tú eres el que tiene que pasarlo bien. Vamos a jugar con tus cartas tapaditas, tus ases escondidos bajo las mangas de la camisa. Y yo con mi mano sobre el tapete. Cartas descubiertas para mi. Sin mangas, sin ases. ¿Te gusta más así el poker? ¿Quieres apostar contra mi sabiendo las cartas que tengo?? ¿Quieres ganarme así? Así no tendría que costarte. Pero imagínate por un momento que pierdes... ¿podrías soportarlo? Es como esos exámenes en los que el profe te dejaba los apuntes y cuando suspendías te sentías tan absurdo. O cuando sacabas un 5. Sacar un 5 en aquellos exámenes era casi peor que suspender. Ramplón pudiendo haberte salido. Te voy a enseñar mis cartas: me encantas. Qué le vamos a hacer. Eres un imbécil pero me encantas. No podría pasarme ni un día entero a tu lado pero me encantas. ¿Tú lo entiendes? Lo entiendes perfectamente. Así que tengo una mano pésima. Una de las peores manos del mundo: me gustas pero no lo suficiente. ¿Cómo lo ves? ¿Qué te parece?? Me encantas y te entiendo y te interpreto y te preveo los gestos. Y sé que me dedicas más tiempo del que te gustaría, y del que confiesas. Y del que sueles dedicarle a nada. Eso también lo sé. Y que me encantas aunque me niegues treintaytresveces dejando a judas en pañales. P.S. De la nevera. Una de esas partidas absurdas que no conducen a ningún lado, donde una siempre tiene las de perder, pero la ventaja de saberlo y esperarlo... Y a veces las previsiones fallan y subes la apuesta y te descartas de un as, a lo suicida, y simplemente tienes suerte. La suerte también influye, y más cuando enseñas las cartas alegremente! Frase de película. El ultimátum Bourne. La dice el director de la CIA, y es bastante ajustada a mi “filosofía de vida” si es que yo tengo una filosofía de vida. Digamos mejor que es mi forma de verlo. Soy una optimista irreductible, pero no soy una ilusa insufrible: seguramente salga mal pero ¿y si sale bien?. Estoy rodeada de anticipadores de catástrofes, de gente a la que quiero muchísimo, muchísimo que siempre se pone en lo peor como si lo peor no fuese solo una más de las opciones, y no la única posible. Gente que sufre por anticipación. Y yo siempre les digo: vale, podría pasar. Y si pasa sabrás resolverlo, porque ya lo has previsto. Generalmente las inundaciones catastróficas se limitan a un chaparrón que solo empapa pero no destroza nada... Y cuando yo digo “tengo un presentimiento: va a ser un desastre” siempre hay alguien que me recuerda mi propia “doctrinita” y siempre hay alguien también que se pone a temblar. Porque mis presentimientos no son exactamente presentimientos, pálpitos paranormales. Es una mezcla de instinto y observación extraña: la mayoría de las veces no me entero de nada. Pero en alguna ocasión distingo una mirada o un gesto, una palabra me chirría en una frase... Algo. Y presiento lo peor. O no lo peor, pero algo malo. Y acierto. El nuevo disco de Quique González me da bastante miedito. No sé por qué intuyo que no va a gustarme excesivamente. Y deseo con todas mis fuerzas equivocarme. Quiero que pase lo que pasa casi siempre: quiero comprar ese disco el mismo día de su lanzamiento (alguna que otra vez lo compré la misma noche...) Llevármelo a casa en el bolso como un tesoro explosivo y valiosísimo, ponerlo de fondo en mi vida y quedarme ahí, anclada al parqué, con la boca abierta y los ojos muy brillantes. Pero escucho Ford Capri, escucho la que canta a medias con uno de los chicos de Pereza, escucho las gafas de Mike como las cantaron en directo durante los últimos meses y... algo falla. Es como si el poeta urbano se hubiese pasado de rosca, de poeta urbano a poeta de decorado. Demasiada pátina de cine en blanco y negro, como si todo quedase un poco demasiado lejos, al otro lado de las pantallas, sin tocar las fibras de mi vida nodepelícula. Mi vida tan normal y tan de rutina. Y justo cuando empezaba a echar de menos esas frases suyas, increíblemente exactas, potentes con la sencillez que me interesa tanto... Justo entonces descubro en You Tube una joya que dice “el poeta acaricia cicatrices, con un tacto de puta de lujo, las camareras sueñan con llenar los cines, los chicos de mi barrio con poner un turbo, yo sueño con la chica de los ojos tristes, mientras escucho cantar a los gitanos (...) como un jugador desesperado” Y me quedo parada. En el centro del salón, camino de la cocina, con una botella de agua en la mano, una que iba a meter en el congelador a medio llenar, como hago siempre y que de pronto me parece absurda ahí, en mi mano. Y recupero instantáneamente el optimismo casi incorruptible y vuelvo a confiar en Quique González y su grandeza y su talento y su forma de cantar entre dientes que deja escapar el aire justo para insuflárnoslo a nosotros y hacernos respirar de otra manera... acariciando nuestras cicatrices con su tacto de puta de lujo. Y ahora solo quiero que llegue el dos de octubre, para ver qué canciones están en el disco, cómo las han arreglado él y su aristocracia del barrio, cómo suena la nueva producción sin Carlos Raya, el maestro de los maestros de los dedos precisos y veloces y mágicos. Cómo suenan los dedos eléctricos de Javi Pedreiro y el bajo imprescindible de Jacob sin el que las cosas son siempre un poco menos consistentes... Ahora sólo quiero que llegue el dos de octubre, esperando lo mejor, pero preparada también para que pase lo peor. P.S. La imagen es una captura de la web de quique Aquí Miss Heterogénea escuchando “club music”, house, o como se llame. O mejor escuchando a Roger Sánchez en particular. Roger Sánchez me encanta. Así, sin más. Me encanta. Es productor y DJ. Hace música para bailar en las discotecas pero también mientras una friega los platos o se quita la ropa para entrar en la ducha o se ducha para salir a la calle, a comérsela a mordiscos, a pasearla serena. A lo que sea. Buena música. Creo. Me lo descubrió mi hermana. Ya saben que ella es la encargada de la sección internacional. Lo primero que escuché fue “Another Chance”. Durante mucho tiempo esa canción era la forma perfecta de subirme a las plataformas y sacarme de la zona vip de algunas discotecas. Nunca sé que es Roger Sánchez hasta después. Primero escucho una canción house y me encanta y la bailo. Luego investigo o espero o pregunto y Roger Sánchez suele tener algo que ver. Haciendo un numerito. Con escaleras y claraboya transparente. Roger Sánchez tiene un programa los sábados en máxima FM que es la única razón por la que esa emisora está grabada en una de las memorias de mi radio. Porque a veces, mientras planeo sábados de luces fluorescentes y whisky americano necesito al dios menor, al dios del siglo XXI (god is a D.J.) señalándome el destino, agrandando el agujero de las ganas de salir a bailar y bailar y bailar hasta que me duelan los pies y entonces quitarme los zapatos y seguir bailando descalza. Al ritmo de una música que, a medida que avanza la noche, se acompasa al de los corazones (o viceversa) y lo vuelve todo sencillo y evidente. Lo convierte todo en perfecto y provisional, hasta que al salir a la calle se ha hecho de día, y hay hombres recién duchados camino del trabajo que miran el rimel corrido, los ojos enrojecidos y las sonrisas exultantes y sonríen ellos también, benévolos o contagiados. Hasta que al bajar del autobús o salir del metro nos cruzamos con esa mujer que va a misa y nos pregunta si vamos a comer al centro, porque no se ha dado cuenta de que no hemos dormido, llevamos más de 24 horas sin parar y lo que queremos es un café con leche y meternos en la cama a repasar como un rosario la noche mágica, mientras en la cabeza y en el fondo del pecho sigue sonando ese remix de Roger Sánchez que dice “last nigh a D.J. saved my life” P.S. La imagen es la portada de un single de Pink que se titula “God is a DJ” como el clásico de Faithless. Faithless son otros de esos que hacen buena música para discotecas, una mezcla entre hip hop y dance. Y la canción de Pink no tiene nada que ver con la de Faithless nada más que porque ella dice: "si dios es un dj, entonces la vida es una pista de baile, el amor es el ritmo y tú eres la música..." Los que me conocen ya saben que mi favorita de Pink es “Just like a pill” otro día les cuento por qué. Las matemáticas siempre me gustaron. Nunca entendí eso de “ser de ciencias o ser de letras”. ¿De dónde era Leonardo da Vinci? Siempre hubo y siempre habrá genios. Pocos. Muy pocos. El resto, los simples mortales que tenemos que elegir, que hacemos lo que podemos. Aprendemos lo que podemos, lo que nos da tiempo. Sabiendo que nunca será suficiente, que siempre nos faltarán capacidades, horas en el día. Siempre nos sobrarán limitaciones. Eso se comprende muy rápido en una familia como la mía llena de cerebros privilegiados, con elementos que hablan cuatro idiomas, tocan dos instrumentos y terminan ingeniería industrial recibiendo por el camino todos los premios que existen y aparentemente sin despeinarse (o sin peinarse). Eso se asume muy rápido cuando estudias al lado de tu hermana y ella tarda la mitad en casi todo y tú sabes que no eres excesivamente lenta. Solo que hay mentes portentosas. Y una genética cabrona que, sin embargo, ha sido muy generosa también conmigo. Eso se aprende muy rápido cuando una oye hablar un par de noches lisboetas a ese profesor de caminos y comprende la inteligencia cristalina de algunos. Y también se entiende muy rápido que los más brillantes son siempre los más sencillos y no necesitan demostrar nada porque es todo tan evidente... así que usan palabras sencillas, construcciones simple para explicarnos a los normales lo complicado y acercarnos un poco a su nivel estratosférico. Como Guillermo Martínez. Argentino, doctor en matemáticas, escritor, 45 años. Una de sus novelas está siendo adaptada al cine por Alex de la Iglesia. Los crímenes de Oxford, se titula. En ella se explica el Teorema de Gödel con la simpleza brillante de las mentes privilegiadas demostrando cuanta razón tenían mi hermana y ese profesor de ojos bondadosos. Los Crímenes de Oxford es una novela policiaca envuelta en matemáticas que se lee en 3 horas, atrapa sin artificios y no se recrea en ninguna suerte. Ni falta que hace. Porque hay cosas que se ven incluso aunque no te las señalen Iba a ponerles hoy un relatillo en lugar de esto, pero lo dejo para mañana. Relegado por una lista tonta... Desde luego, hay que ver como soy! La imagen es un collage de todas estas tonterías de arriba... “Y evidentemente a mi manera las cosas no funcionan” Eso decía el final de la nota. La encontró rebuscando en los cajones. Era una de esas notitas que se enviaban durante las clases, esas que los profesores fingían no ver. Ya no recordaba haberla enviado, pero al leerla le vino todo de nuevo a la cabeza. Pensó en Elena, aquella chica de la que no se había separado apneas en dos años. Eran íntimas: unidas por un fanatismo musical y dos “chicos malos”, dos “repetidores”, dos “adultos” oscuros y peligrosos de los que usaban chupa de cuero y fumaban en los recreos. Elena empezó a fumar justo entonces, a los 14, sin tragarse el humo, para salir a la puerta con su chico malo. Marta no fumaba, ni salía a la puerta en los cambios de clase. Leyendo la nota se daba cuenta de que ya entonces se notaban las diferencias. Su chico malo se esforzaba por sacar buenas notas en física porque era la asignatura favorita de Marta, para impresionarla. Y cambió las partidas de rol de los jueves por tardes en la biblioteca con ella, alargando hasta el infinito aquel trabajo de genética. Ella nunca le pidió ninguna de esas cosas como tampoco ser su pareja en el torneo de mus. Pero jugaron juntos, la única pareja mixta. La única pareja. Ya había diferencias entonces, pero todavía no se daba cuenta. Leyó toda la nota, la larguísima nota escrita en un folio plegado hasta el límite, transportada a un pasado lejanísimo. Era de la semana en que su chico malo desapareció sin dejar huellas, cinco días sin pisar por casa, ni por clase, ni decir dónde estaba. Y la madre del chico malo llamó a Marta para que “confesase” y cuando ella dijo llorando que no sabía nada, la madre se puso en lo peor. Ese día comprendió que era importante para su chico malo. Y también que la cabra siempre tira al monte. Faltaban dos semanas para que cumpliese 15 años. Pronto para algunas lecciones. Recordó la angustia de aquellos días. Esperar las malas noticias. Vivir pendiente del teléfono. Él seguía sin aparecer ni llamar aquel miércoles que ella escribió la nota aconsejándole a Elena que se lo pensase antes de dejar a su chico malo en un arrebato, le explicó que era un hombre muy orgulloso (en aquel momento le parecía un hombre de 17) y que si hacía eso entonces ya no tendría arreglo, y lo que ella quería no era dejarlo, era arreglarlo forzando mucho la máquina. Las máquinas van mejor suave. Y aquella nota terminaba así “pero esa es mi manera. Y, evidentemente, a mi manera las cosas no funcionan”. El jueves ya no estaba tan segura. Al doblar la esquina de la calle de su instituto lo vio con la melena color vino y la chupa. Subido en el tejado. De pié. Muy quieto, mirando hacia abajo. Y se lanzó corriendo en dirección a la puerta metálica, muerta de miedo. Y subió volando los 4 pisos de escaleras hasta aquella ventana que él le había enseñado en una de las muchas pellas que hacían juntos. Aquella ventana que daba acceso fácil al tejado plano como un solarium de su instituto de ladrillos. Salió al tejado a buscarlo. A decirle que se apartase del borde. A gritarle, por desaparecer sin más y asustarla así. Pero no pudo gritarle, porque él la abrazó muy fuerte y lloraba mucho, entre hipidos. Como un niño muy pequeño. P.S. No exactamente de la nevera: del anteúltimo cuaderno. La imagen son dos fotos de photbucket puestas juntas (gracias Kika, por el descubrimiento, aunque estés en la playa y no me leas) Mi abuelo es (era) un abuelo de libro. Si uno busca en el diccionario “abuelo” sale una foto del mío. Fue un padre estricto para mi madre, pero en cambio nos mimaba a sus dos únicas nietas de forma sistemática y estudiada. No sé cuál es el primer recuerdo que tengo de mi abuelo igual que no sé cual es el primero que tengo de mis padres. Estaba siempre ahí. Pasaba los inviernos en mi casa y quizá por eso me guste tanto el invierno y las navidades. Porque venían él y su mujer, mi abuela, una abuela muy poco típica, en cambio, que se desentendía de nosotras porque no sabíamos jugar al tute. Mi abuela usaba ropas de colorines chillones, se pintaba como una puerta y tenía una intensa vida social de timba en timba. Mientras tanto mi abuelo nos sacaba a pasear, nos llamaba Pirovishko y Chiviroshky y hablaba con nosotras en “chino cantonés” por las aceras de una ciudad de provincias donde todo el mundo se volvía a mirarnos. Cuando tenía mucho frío me calentaba la naricilla chata con su mano enguantada. Siguió haciéndolo hasta que se murió. Todos los inviernos. Cuando me entra frío por las calles tirito y me castañetean los dientes. Y él siempre decía que eso era por la nariz, que el frío entra en el cuerpo por la nariz. Yo era una niña insoportable, ya entonces apuntaba maneras: no me callaba ni debajo del agua (por qué, por qué, por qué, no lo entiendo, tú crees??) y un día él dijo “pero si estamos a veinte pasos” y yo le dije: “¿¿veinte, abuelo?? Y él me miró calculando hasta qué número sabía contar yo por aquellos entonces y dijo, hombre 20 no, pero trescientos sí. Y allí que nos fuimos, conmigo contando los pasos en alto. A los 301 dije “¿lo ves abuelo como hay más de 300 pasos? Y él se rió. Porque ese mismo verano nos quería hacer trampas con los pasos también. Dijo: “cuando lleguemos al puesto de mantecados (que es como en Cantabria llaman a los helados por extensión de un sabor que en el resto de España yo no he encontrado) “os compro un cucurucho, pero tenemos que dar un paso hacia delante y dos hacia atrás” Y mi hermana y yo dábamos una zancada hacia delante y dos pasitos muy chicos hacia atrás. A él le hacía mucha gracia. También nos compraba chucherías, pero solo regaliz negro, porque era lo que más le gustaba a mi madre, y mi abuelo siempre siempre siempre se acordaba de mi madre para esas cosas (cuando llegaron al mercado los tronquitos de regaliz rellenos de una crema blanca le costó convencerse de que a mi madre también le encantaban). Y casi nunca nos lo daba en mano. Lo escondía por la casa y nos decía “han venido los duendes” o “ha venido Txiringuín”. Txiringuín era un niño aventurero que viajaba por todas partes huyendo de la bruja Cachirula. Esos eran los cuentos que nos contaba a su hora de la siesta que era mi hora de meterme en la tienda de campaña que formaban sus piernas largas y huesudas cubiertas por la manta de cuadros azul y verde. Se dormía y al día siguiente continuaba donde lo había dejado. Luego me di cuenta de que se lo inventaba todo sobre la marcha. A mi me encantaban las aventuras de aquel niño. También nos enseñó el poco euskera que sabemos. Lo primero fue la retahíla de por la mañana: “egunon” etc. Todas las mañanas manteníamos el mismo diálogo en euskera “buenos días, como estás? Yo bien y tú? Yo bien también. Invariablemente. Solo que a veces empezaba él la retahíla y otras yo. Y se repetía cuando se levantaba mi hermana. Mientras, él preparaba su extraño desayuno en “su” cazo. Un cazo pequeño que estuvo por casa los mismos años que él, doblado y hecho polvo pero “su” cazo. Madrugaba mucho, y yo también (ya era insomne en la infancia). Así que las mañanas de los sábados desayunábamos juntos y él me proponía planes para cuando se levantase mi hermana. Venció su miedo a las escaleras mecánicas para acompañarnos a comprar los regalos navideños y, claro, engordar notablemente nuestro presupuesto (a estas alturas no veo la pantalla ya) Es el mejor abuelo del mundo. Cuando la metástasis empezó a afectar aquel cerebro rápido que tenía, vino un día, indefenso ya, con sus ojos grises y me dijo “hija, apúntame vuestros nombres en una hojita, porque no me acuerdo ya de ninguna cosa y no quiero que se me olvide como os llamáis” Y yo, que ya era mayor de edad, pensé primero en decirle “abuelo eso es una tontería” pero vi la cara de preocupación y decidí simplemente anotar nuestros nombres en un papelito y dárselo. Lo guardó en el bolsillo de su bata y lo repasaba continuamente, a cada rato, como yo la víspera de un examen. Un día me dijo: me da pena morirme sin verte terminar la carrera ni casarte. Y yo le dije “casarme no se si me casaré, pero terminar la carrera te garantizo que la voy a terminar”. Luego se le olvidó leer y escribir, pero no el gesto, así que se sentaba a la mesita del hospital y fingía que escribía. Y no nos reconocía. Cuando se murió me acordé de una cosa que nos decía de pequeñas, supongo que preparándonos para la muerte: “un día me iré al cielo, me iré antes que vosotros, porque tengo que buscar una parcelita buena una que le guste a vuestra mamá, con piscina, y arreglarlo para cuando lleguéis vosotros, para que esté todo bien”. Él era ateo y no creía en ningún cielo parcelado, y yo soy atea pero sí creo en un cielo y un infierno: lo digo siempre que se muere alguien. El cielo y el infierno es para mi cómo nos recuerdan los que nos conocieron, cómo hablan de nosotros a los que nunca tuvieron la suerte (o la desgracia) de conocernos. Así que mi abuelo está en el cielo, porque hay mucha gente hablando bien de él y contando cosas buenas a los demás, y acordándose. Yo me acuerdo mucho de él. Muchísimo. Por ejemplo cada vez que escucho esa de Miguel Dantart que dice “el boomerang de las raíces, bendito navarro”. Por ejemplo P.S. Se lo prometí a mi hermana hace unas semanas. Lo había guardado para otro momento, pero lo he visto hoy, me he acordado de que A. hace poco que perdió a su abuelo favorito y yo no supe qué decir (una nunca sabe qué decir en estos casos) y dije eso tan burro pero tan cierto que le he oído tantas veces a mi padre "que estas cosas vayan por el extremo que toca". Y mi madre llamó para decir que ella se ha saltado varios turnos... hemos jugado juntas muchas veces, mi abuelo la conocía, tenía un año menos que yo, era guapísima. La última vez que la vi, trabajaba en una excavación en México y venía de vacaciones, como yo. Estaba ilusionada. Y tampoco supe qué decir cuando mi madre me lo contó. Se me puso toda la carne de gallina y un nudo en la garganta. El agosto pasado fue él, y ya nunca me cruzo con sus ojos negros de moro de la morería cuando voy de visita... Qué no nos toque, por favor, que no nos toque hasta que la edad esté más cerca de los 100 que de cualquier otra cosa... ...si siglos después serás capaz de hacerme vibrar como una cuerda bien tensada. Con esa capacidad mágica de llenar el aire de mis propias perversiones a base de vaciarte de recuerdos. Eres tan provocador con tus ojos casi negros... Tus trucos sobados que siguen funcionando. El nuevo silencio, el viejo deseo de cuerpos rodando, de manos rasgando, de bocas arañando... P.S. De una de mis múltiples “libretas para bolso”. Algo parecido a borracha. Había una botella de agua escarchada esperándonos a mi y a mi sed desmedida y desbordada... y todo olía, sabía y era como debía ser. Y a esa hora no importaba lo importante... No iba a poner nada. Pero lo he encontrado por casualidad y me ha sorprendido y algo ha hecho clic en algún lado, algo que quizá rondaba ya ayer por la tarde tomando granizado de café en la calle Arenal... Ayer todo el mundo estaba muy guapo. Qué quieren que les diga: las vacaciones, la luna creciente, las lluvias torrenciales y los vientos de bochorno favorecen. Miguel Dantart rejuvenecido y aun más divino que nunca. Alejandro Martínez guapísimo con su pelo al cero (y dejándose sobetear el cráneo con paciencia, lo que hay que aguantar a las fanes locas como yo). Lucía Caramés y sus ojos negros y sus rizos prietos. Un concierto. Galileo Galilei. Un verano hablando del tiempo (atmosférico). Dantart acompañado de Anguela al bajo, Jorge “el canario” a la batería y Alejandro Martínez y sus diez “deos” encima del piano (Paco Cifuentes dixit). Qué ganas teníamos. Todas. Las tres. Qué ganitas, frotándonos las manos. Yo no había dormido, había pasado la noche en vela, la tarde estudiando, y estaba muy cansada, pero muertita de ganas... Una renovada “Cuando todo esto era campo” con ritmo diferente y modificaciones en la letra que dejan a “Rosarito sumergida en el caos de la Gran Vía” y la sacan de un pueblo “tranquilo, con dos bares y un casino”.Mejor todavía. Nervioso pero sereno. Atreviéndose con todo. Hasta con una versión arriesgada y exitosa del “Corazón Partío” de Alejandro Sanz. A mi me gusta Alejandro Sanz. Yo es que soy una simple, ya saben, pero me parece bueno. Y aunque no es de mis canciones favoritas, me gustó verles a Alejandro Martínez y a él tan convincentes después de haber bordado ese “Humo y vinagre” que Alejandro cantó mejor que nunca con una especie de suavidad desconocida, aterciopelada (sigo abducida, observen). “Esto no es Hollywood” Ni puñetera falta que nos hacen los finales con violines. Esto es Madrizz, así con zeta. Agosto-a gusto con Miguel Dantart y sus juegos de palabras, sin amores de telefilm, con partidas tontas de cartas, palabras de colores y miradas más transparentes de lo que nos gustaría algunas veces. Esto es Madriz, y el artista creciéndose como se crece siempre que no tiene tigres detrás de los que esconderse. Dicen que no se extinguen. Las fans tigresas esperamos que sobrevivan y repueblen nuestras vidas de su mezcla de voces, chistes, sonidos y puntos de vista. Esto es Madriz, este es Miguel Dantart enfrentándose a un Galileo Galilei mucho más repleto de lo previsto, arropado por un sonido potente, buscando y encontrando un camino por el que quiere ir. Los pájaros saben mundo. Y él es un pájaro (como dice mi padre con admiración cuando alguien le busca las vueltas) que nos lleva a Salvador de Bahía siempre que quiere, nos transporta y nos cura los dolores. El año pasado pulverizó mi depresión otoñal con este texto sobre Brasil. Léanlo, es de una sencillez abrumadora y preciosa. Vayan a escucharlo cantar y tocar sus canciones: las nuevas como si fuesen viejas y las viejas como si las descubriese ahora mismo, como si le diese nuevos sentidos a los versos añejos, le sacase sabores nuevos al vino. A veces pasa. A todos nos pasa. Rejuvenecido. Ya lo he dicho. Rejuveneciendo, como si empezase ahora. Con las mismas ganas locas. Y yo quiero verle recomenzar todas las noches. Como esta. P.S. Este agosto ha sido anémico en conciertos. Sólo dos. Pero ah... calidad. Septiembre también se presenta obligándome a renunciar a más de lo que me gustaría. Pero a lo mejor, con un poco de suerte, en octubre me empacho. Me harto, me lleno los oídos y todo lo demás de tigres en conservación, juntos o separados, cantautores en general, jazz del bueno, Quique González. Rock and roll. Blues, ska... Hasta que no me quede hueco para más música. Si los planes salen bien será entonces (también) el momento de leer y leer y leer y leer todo lo que no estoy leyendo ahora. Literatura, quiero decir, sin apellidos, no como la “literatura gris” que frecuento tanto últimamente. (La literatura gris son documentos que no siguen los canales habituales de publicación) Y claro, será el momento también, de ese fin de semana que te debo... Paciencia. Ya queda menos. P.P.S. La imagen es una captura de su web vieja. La nueva la ha diseñado MoMe. Estará colgada pronto!! Impaciencia. Levantarse tarde. Paladeando una de las canciones de anoche. Colgar la crónica deprisa. Entrar en la ducha eligiendo algo que ponerme mientras me lavo el pelo sonriente. Otro palabra de honor, otro collar, otros pendientes. F1, no cocinar, no fregar, no estudiar. Un domingo perfecto y extraño a la vez. Como si no fuésemos exactamente nosotros y hubiésemos adoptado rutinas antiguas que aprendimos con otros. Suele pasar. Lo sé. Te ríes. Te ríes y te ríes. De mi, conmigo. De ti. Conmigo. Me río y me río. De mi. Contigo. Atardece y el domingo me parece una especie de agujero gris con los grises de Velázquez. Un agujero gris maravilloso donde no pasa nada y pasa todo. Una elipsis cinematográfica perfecta. |