Universo Perpendicular |
![]() El microcosmos de vega
(vega es la quinta estrella más brillante del firmamento. En el año 14.000 sustituirá a la estrella Polar como la estrella del norte debido a pequeñas variaciones orbitales en los equinoccios) |
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Se muestran los artículos pertenecientes a Agosto de 2006.
Tokio Blues es un libro bonito. Bonito es una palabra que parece no significar nada ya. La hemos usado tanto que la hemos gastado. Pero a mi me gusta. Y solo la digo cuando creo que es adecuada. Mi hermana opina que es un libro muy triste. A mi me pareció optimista. Curioso. Quizá sea porque yo soy optimista contra las leyes de la genética. A lo mejor estoy malinterpretándolo todo. Las 400 páginas. Japón es el país del mundo con el índice más elevado de suicidios. Siempre he tenido la sensación de que su cultura me era totalmente extraña. Que no comprendería nada. Leyendo la novela me doy cuenta de lo parecidos que somos todos los seres humanos en realidad. Aunque nuestras costumbres sean distintas. Este no es un libro que trate de explicar nada sobre la forma de vida japonesa. Cuenta una historia pequeñita, personal, de un chico desde los 16 hasta los 21 años. Simplemente. Las cosas que hace, las que piensa, lo que le pasa, la música que escucha, los libros que lee, las mujeres que le gustan, las cosas que lo entristecen, como se entristece. Cuenta muchas cosas tristes. Pero no me parece triste, porque de algún modo Watanabe, el protagonista, consigue aceptar lo que le ocurre, consigue incorporar eso a su vida, crecer, madurar, entender las cosas. Tengo la certeza de que todo le irá bien, pase lo que pase, sufra lo que sufra. Se que siempre encontrará la manera de sobreponerse, siempre encontrará alguna razón para reír a carcajadas, para seguir adelante... Por eso me parece fundamentalmente optimista. Quedan 3 horas para que suene el despertador y me he mantenido despierta para terminar la novela. Estaba tan sumergida en la atmósfera de humo y jazz, en su mundo de trenes que van y vienen de estaciones que no conozco a otras estaciones de las que nunca he oído hablar... que no quería dormirme. Y ahora no quiero dormirme y que se me olvide que a mi me pareció optimista y a mi hermana triste. No quiero que se me olvide esa sensación de tranquilidad al leer las dos últimas frases, tan preciosas, las dos últimas frases, tan bonitas, otra vez la palabra. Tan ambiguas, tan tranquilizadoras de algún modo extraño. Puede que nunca olvide esas dos frases que no significan nada si uno no ha leído todas las anteriores, pero que lo resumen todo una vez llegados al punto final. El fin de algo es el comienzo de otra cosa. La vida en Tokio Blues no es una caja de bombones, es una caja de galletas, una de esas surtidas: una en la que todo el mundo come primero sus favoritas, levanta la primera capa, busca las preferidas en la segunda, hasta que no le queda más remedio que comer las peores. Con Tokio Blues uno siempre tiene la sensación de que abrir una caja nueva es solo decisión propia. Ahora mismo pienso que uno puede decidir ser feliz, a pesar de los fracasos, las malas noticias (las galletas espolvoreadas con coco). Será quizá que debería estar durmiendo y no tecleando compulsivamente?? Puede, pero y si parte de la felicidad fuese sólo responsabilidad nuestra?? Eso tranquiliza... O inquieta?? A mi me tranquiliza. Me voy a la cama Tokio Blues: Norwegian wood es obra de Haruki Murakami. En España se ha publicado en la colección andanzas de Tusquets Chet Baker y un mediodía de verano. Una coca-cola metálica helada, los hielos tintineando. La ventana abierta, una ligera brisa (en agosto hace menos calor que en julio, el refranero español acierta esta vez...). Algo sobre Dublin Core en mi mesa y una extraña sensación de bienestar. De tranquilidad. Recuerdos de un chiringuito de playa, un camarero argentino, jazz y chill. Agua servida en vasos azules con una fresa en el borde. Vino blanco al lado de mi hamaca al salir del mar. Cafés cargados después de comer. No hacer nada. Así estoy yo sin Mick. Los Rolling han suspendido a unas horas del concierto, cuando el aparcamiento del estadio José Zorrilla ya estaba lleno de admiradores de todas partes que no querían perderse nada. Me jode, pero no puedo decir que me sorprenda, la verdad. Qué puede esperarse de un adulto que se tira de una palmera para ver si le pasa algo o no, como broma. Estoy febril, pero la fiebre no se debe a la suspensión, me subió de golpe ayer. El finde ya anunciaba que no estoy muy católica: el viernes preparando la cena en casa me dolía todo el cuerpo, y me entró un sueño horrible esperando que sonase el timbre. El sábado podría haberme quedado dormida en la terraza donde tapeábamos. No es normal que miss insomne tenga tanto sueño... Y anoche estalló todo. Aun a pesar de encontrarme fatal tenía intención de ir allí e intentar gritar, saltar, bailar y hacer todas esas cosas que yo hago en los conciertos que me gustan, omitiendo el mareo, los sudores fríos, el dolor de huesos... Bueno me quedo con las ganas. Decepcionada. Entre asquerosos medicamentos, escuchando el CD de los Rolling Stones, para ver si en una alucinación me creo que estoy en el concierto. Ah, por cierto que no se ha suspendido: se ha pospuesto (hasta para eso tienen guasa) y la presentadora de “Informativos Telecinco” se moría de la risa dando la noticia. Me imagino que se quedó sin entrada o algo.... Es la canción de este mes de agosto y esperas. Su autor es Leo Minax. Un brasileño al que fui a ver a petición de mi hermana. Se le pusieron las orejas de punta y se le abrieron como platos sus ojos verde gato, cuando escuchó la voz de Ivan Ferreiro cantar una canción que no conocía. Ivan Ferreiro es suficiente aval para cualquier músico en su criterio (y puede que en el mío también). Así que después de verlo en directo se compró el disco. Pero hasta ahora lo he disfrutado más yo. Tempo de samba... está cantada en portugués-brasileiro. La musicalidad de ese idioma siempre me recuerda a Venus, la madre de una de mis mejores amigas, y sus conversaciones en la cocina, los chicles de canela y las fantas de uva. Me gusta mucho escuchar hablar a Venus y su eterno acento, su mezcla de palabras de los dos idiomas. Lleva más de 30 años en España y hace más de 10 que la conozco, pero sigue hablando exactamente igual que el primer día, como si hubiese llegado hace unos meses. No entiendo el portugués a no ser que me hablen muy muy muy despacio, con palabras muy muy sencillas. Muchos falsos amigos. El caso es que no entiendo la letra. Ni falta que me hace. Me da la sensación de que no es una canción alegre precisamente. Pero a mi me pone de buen humor. La escucho varias veces seguidas y en cuanto suenan los primeros acordes... Es muy evocadora. Creo que es eso. La mente se me llena de olores, sabores, colores, sensaciones. La escucho mientras friego los platos y tardo una eternidad porque bailo con el estropajo en la mano y la sonrisa en los labios y en los ojos, y en todas partes. Cuando llegué a Madrid tenía 18 años, y no conocía a nadie aquí. Ni siquiera la típica tía que tiene todo el mundo... a nadie. Los dos primeros días solo hablé con la chica de administración del campus que me explicó algo sobre el pago aplazado de la matrícula. Llovía, y olvidé mi paraguas en algún lado. No me gustan los paraguas, así que inconscientemente los pierdo todos. Me tomé un café mirando por los ventanales. El café no estaba bueno y me sorprendió que la cuchara fuese tan grande para la taza. Luego me di cuenta de que es algo habitual aquí. Es lo que yo llamo desde entonces “cucharilla madrileña”. Sigo haciendo esa broma. Llevaba aquel bolso azul precioso, con asa de plástico. El mismo que llevaba un año escaso después cuando lo conocí y me clavé las uñas en la palma, y me zumbaron los oídos y me mareé. Todavía no era madrileña, ni siquiera un poco. Sigo teniendo ese bolso, pero el ya no está por ningún lado, sólo los buenos recuerdos (ni siquiera los malos). Al principio Madrid era una estación de paso, un punto de cronometraje intermedio. Ahora es mi casa. Pero todo puede volver a girar. Siempre digo que todo permanece igual durante mucho tiempo y luego todo cambia en un segundo. No se cuando decidí que esta es mi casa. No se cuando empezó a gustarme todo tanto. No se cuando las distancias dejaron de parecerme eternas. No se cuando la gente dejó de agobiarme. Pero pasó. Un día fui a ver a mis padres. Bajé a la panadería y dije “hola” con tono cantarín. Todo el mundo se volvió a mirarme como si estuviese loca. No están acostumbrados a nada que no sea un tono recio, seco, cortante, como los vientos en invierno. Mi hola musical allí suena falso. Alguien me recordó donde estaba. Sigo diciendo hola como me da la gana. Sigo diciendo hola como si no hubiese vivido allí tantos años. Los primeros meses en la capital la gente me preguntaba mucho por qué estaba enfadada. No suelo estar enfadada, más bien al contrario, suelo estar de buen humor. Así que me parecía increíble que lo que sentía se pareciese tan poco a lo que los demás percibían. Ahora me pasa menos. Aunque sigo siendo mucho más seca, más borde que la media. Todavía a veces alguien cree que estoy enfadada y yo solo bromeo. Hoy Nata volvió a contarme lo que pensó la primera vez que me vio. Y el otro día Nat (que no es Nata) y yo hablábamos como hablamos siempre en su casa. Un poco a salto de mata, entre unas cosas y otras, con sus gatas caminándonos alrededor, subiéndose por encima de nosotras, dejándose acariciar, jugueteando (un día tengo que hablar de vampiro). Nata y Nat se llaman igual, y no se parecen en nada. Y a las dos las quiero mucho. Hace años mi madre me dijo que yo tenía amigos muy raros y muy distintos entre sí. Probablemente sea el mejor elogio que me ha hecho nunca, aunque ella no lo dijese con esa intención. Esa es una de las cosas que más me gustan de vivir aquí. La gente tiene el chip de conocer gente siempre encendido. Y uno se encuentra con amigos en sitios donde nunca esperó encontrarlos. Mi padre dice que los verdaderos amigos se hacen antes de empezar la universidad. No estoy de acuerdo. Los mejores amigos, como los mejores amores, como las mejores cosas... llegan en cualquier momento, y tienen que sorprenderle a uno. Si no, no vale. Así que el otro día Nat y yo hablábamos de lo humano y lo divino, de cosas que hablo con muy poca gente, sin artificios, como quien habla del tiempo, con la naturalidad de saber que la otra persona entiende... Y cuando volví a casa me sentí muy afortunada. Hace 4 años me enamoré de un palo de lluvia precioso y enorme que vi en una tienda cerca de la playa, en una de esas para turistas, en la Costa Brava. No cabía en mi maleta así que lamentándolo mucho lo dejé en su sitio. En vacaciones me compro por lo menos una cosa que no me compraría en mi vida cotidiana. El bolso carísimo, colorido, veraniego, alegre, precioso fue mi última extravagancia. Pagar tanto por un bolso rebajado me parece un delito, ah, pero... estaba de vacaciones. El amor a primera vista es así, el amor verdadero es así también: sigue encantándome, sigo pensando que no tiré el dinero, solo lo derroché un poquito. Aquel palo de lluvia debía ser mi capricho consumista, pero se fue al limbo. Ningún palo de lluvia me ha sonado nunca tan bien. El otro día me regalaron uno, uno sencillo, pequeñito, que sí habría cabido en mi maleta. Y ahora juego con el en mis manos mientras intento memorizar nombres y fechas de personas y acontecimientos que me interesan más bien poco. Sin estrés, con calma, como si tuviese todo el tiempo del mundo y buena memoria. Tengo una memoria curiosamente absurda. Soy capaz de recordar detalles muy pequeños y aparentemente irrelevantes (realmente irrelevantes, incluso), soy capaz de recordar hilos argumentales completos, ideas generales de libros que leí, planteamientos de temas desde el colegio. Aquel de ciencias sociales sobre la ganadería porcina y bovina que repasamos Vane y yo varias tardes de casi verano tiradas en el suelo del patio del colegio, agarrándonos las absurdas faldas tableadas... En serio que recuerdo aquellos gráficos de tarta. Y en cambio soy incapaz de recordar números de teléfono, fechas, nombres de personas, siglas... cosas sin un gancho al que colgarme, sin un hilo del que tirar.... Así que mientras suena la lluvia de mentira en mi mano izquierda busco absurdos trucos nemotécnicos que me hagan gracia, que me obliguen a guardar los datos en el cajón correcto de mi cerebro, para que cuando los necesite salgan de ahí y se coloquen ellos solos... Empiezo a quedarme sin ideas. Se supone que mi fuerte son los ejemplos ridículos, de andar por casa... aunque ahora mismo empiezo a dudar. Yo zapeo también en la radio. Una condición fundamental de mis teléfonos móviles es que tengan radio (pija que es una) porque generalmente la escucho yendo de un sitio a otro y bastantes cosas llevo ya en el bolso... Aprieto el botón del manos libres con saña buscando algo que me interese. Lo que sea: música, noticias, información del tráfico, sesudas tertulias... Esta mañana disfrutaba con las diversas conjeturas sobre nombramientos ministeriales... Cuando iba camino de casa, a comer, descubrí que en onda cero estaban dando un reportaje para celebrar el 30 aniversario de “Libertad 8”. He ido muchas veces a libertad 8, algunas solo para hacer tiempo mientras nos llaman de Bazaar diciendo que ya hay mesa, otras para escuchar conciertos, muchas para ninguna de esas cosas. Para tomar un café (o varios) o una caña o probar de una vez todos los combinados de la carta ante la estupefacción de alguna camarera que no entiende muy bien como se puede mezclar baileys con whisky sour y quedarse tan tranquilo. Para hablar con alguien de algo, o de nada... Y pensar que en alguna de esas mesas se han sentado alguna vez escritores/as de los que admiro... Y de que hablarán ellos?? Seguro que de algo más interesante que mis nadas... las cartas de tarot y las tonterías pseudoesotéricas ciertas tardes en la mesa del fondo...Que se le va a hacer. Tiene que haber de todo. El reportaje lo hacía una chica con voz dulce e infantil. Que parecía nerviosa y encantada de que le hubiese tocado a ella en el reparto. Los cortes decían más o menos lo mismo que aquel reportaje de EPS. Pero ella parecía emocionada, como si también pasase por allí de vez en cuando... P.S. Probablemente la única cosa que no me gusta de Libertad 8 es la tortilla de patata. Y por qué nadie habla en los reportajes de las confusiones de todos los hombres con los letreros del baño?? Es que los adornos florales les confunden tanto? O es una excusa? Otro día tengo que hablar de las reacciones masculinas cuando ven a una mujer en “su” baño. (o tal vez no) P.P.S. Intentando enlazar con la web de libertad 8 veo que hay alguien leyendo las cartas en una foto (pero no es Nata, I promiss) Para la rata vampiro: Este post está en tipo de letra Garamond. Ese francés que sacó de su atonía a la imprenta de su país en el siglo XVI |